Una ley de memoria para juzgar al chavismo
«Augusto Pinochet pasó sus últimos años de vida en arresto domiciliario y Jorge Rafael Videla, el devoto dictador argentino, murió en la cárcel con 87 años»

Ilustración de Alejandra Svriz.
«Mucho más temprano que tarde, las grandes alamedas por donde pase el hombre libre» también se abrirán en Venezuela. Parecía que ese día ya había llegado, que el pasado 3 de enero, con Super Bigote y su señora, la «Cilita» Flores, mudados de urgencia a Nueva York, comenzaba una nueva era democrática. Pero, otra vez, la alegría devino en decepción, porque un rato después Donald Trump nos descubrió con asombro que Delcy Rodríguez, sumisa y colaboradora, era su nueva chica y que los demócratas venezolanos tendrían que seguir peleando en soledad para recuperar su libertad.
Sin embargo, en esas horas de confusión hubo quien quiso ver en Delcy a nuestro Adolfo Suárez y un plan para desmantelar el régimen desde dentro, como ocurrió en España con el famoso «harakiri» y la aprobación por las Cortes franquistas de la Ley para la Reforma Política. Demasiadas ensoñaciones sobre las verdaderas intenciones de un ególatra imprevisible de la dimensión de Trump, cuya estatura moral ha quedado retratada por la indignidad de aceptar que María Corina Machado le entregase su Premio Nobel de la Paz.
Pero si París bien valía una misa, Caracas bien vale también el regalo de un Nobel. A pesar de los 27 años de cleptocracia y tiranía, los demócratas venezolanos no tienen más remedio que aceptar las nuevas reglas del juego, incluida la humillación, e intentar aprovechar las fisuras y los agujeros del régimen. Porque, a pesar de las soflamas desafiantes, el chavismo también vive en el desconcierto, pendiente de averiguar quién de ellos ha sido más traidor.
Ahora, su única aspiración es sobrevivir, desesperar a la oposición y que pase el tiempo, para intentar llegar vivos al final del mandato presidencial de Trump. Y hasta es posible que lo consigan si en los próximos meses los EE. UU. se dedican únicamente a hacer caja con el petróleo y no aceleran la puesta en marcha de un verdadero proceso de transición democrática. Hay que reconocerles que, en lo suyo —la conservación autoritaria del poder—, los chavistas son muy buenos. Han aprendido de los mejores, de los maestros cubanos que, después de 67 años, aún siguen explotando el cadáver pestilente de la Revolución.
Se benefician, además, de que no son políticos al uso, exigidos por el control periódico de las urnas y de la opinión pública. Por el contrario, son gente muy peligrosa, lo más parecido a una cuadrilla de bandidos. Han robado elecciones, expoliado la riqueza de la nación, tienen trato con el narco y son responsables de llenar las cárceles de presos políticos y de que millones de venezolanos hayan tenido que abandonar el país. Que ahora se comporten como ratoncillos asustados, dispuestos, como en las películas de Walt Disney, a bailar obedientemente al ritmo que les marque el maligno gato naranja norteamericano, no les absuelve de sus crímenes.
Pero María Corina Machado también tiene sus armas. La primera es la legitimidad de que su candidato ganó contundentemente las últimas elecciones presidenciales, aunque eso suponga ahora tan poco para los zapateritos de la izquierda española. Además, dispone de la herramienta de los presos políticos, que según pasan los días atañerá más a Donald Trump que a las autoridades venezolanas. Si él se ha autoproclamado presidente de Venezuela y Delcy cumple a satisfacción todas sus demandas, únicamente será suya la responsabilidad de que los presos sigan encarcelados o que salgan a cuentagotas.
Y después de los presos, lo siguiente tendría que ser la presión para que regresen al país los líderes exiliados. La operación no está exenta de riesgos, porque Diosdado Cabello no es el Rodolfo Martín Villa que detuvo al Santiago Carrillo de la peluca en 1976. Pero cuando se produzca esa vuelta, ¿qué hará el régimen?, ¿dispararán contra Machado o Edmundo González, como ocurrió en 1983 con Benigno Aquino en su regreso a las Filipinas controladas por la dictadura de los Marcos? Y si los detienen y los llevan a la cárcel, ¿asumirá Trump el descrédito de que encarcelen a la líder política y moral de la oposición que le regaló el Nobel?
Pero una transición política, además de excarcelar a los presos políticos, permitir el regreso de los exiliados, una prensa libre y fijar un calendario para convocar elecciones, implica también que el espacio público sea de todos. Por eso, también es responsabilidad de Trump, como administrador del país, que desaparezcan de las calles los grupos criminales paramilitares y que la oposición pueda hacer política, incluida la convocatoria de todas cuantas manifestaciones se le antoje contra el poder chavista.
Después, en algún momento, cuando la democracia se haya restaurado y todas sus instituciones sean legítimas, los venezolanos tendrán que decidir qué hacen con todo ese pasado criminal: si olvidan y perdonan o si, por el contrario, exigen hacer justicia. Si Zapatero y Sánchez han impulsado sendas leyes de memoria histórica en España, presuntamente para dignificar a las víctimas del franquismo, no van a ser menos los torturados, los asesinados y los expoliados de Venezuela, que tan recientes están.
Ese es el miedo que tienen y el riesgo que corren los hermanos Rodríguez, los Vladimiro Padrino, los Diosdados y toda la hueste de gusanos que ha devorado el país. Bien saben ellos que las leyes de punto final cada vez sirven de menos y que son pocos los lugares idóneos para esconderse y disfrutar del botín robado. La historia reciente de la región también está en su contra: Augusto Pinochet pasó sus últimos años de vida en arresto domiciliario y Jorge Rafael Videla, el devoto dictador argentino, murió en la cárcel con 87 años.
Todas las dictaduras tienen un final. «Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre», profetizó Salvador Allende mientras se despedía de la vida y del pueblo chileno. Pero tuvieron que pasar 17 años para que se cumpliese el vaticinio y que otro presidente electo volviera a gobernar. Es el mismo derecho que ahora les asiste a los demócratas venezolanos, aunque sorprendentemente muchos de los más combativos y feroces antipinochetistas sean los más indulgentes y comprensivos con los crímenes del chavismo.