The Objective
Marta Martín Llaguno

Periodismo y relato

«El patrón es reconocible: cuando una información incomoda, el Gobierno intenta desactivarla no con pruebas, sino con desprecio. Que respondan y paguen»

Opinión
Periodismo y relato

Ilustración de Alejandra Svriz.

En España, las tragedias con responsables siguen, desde hace años, un protocolo: todavía no se ha cerrado el recuento de daños y ya se está montando el relato.

Hace poco más de una semana, el accidente de Adamuz truncó el viaje de decenas de familias: 45 muertos y 123 heridos llevamos.

A las pocas horas ya había dos conversaciones en marcha.

-Una, técnica: ¿qué falló?, ¿cuándo?, ¿cómo?, y ¿por qué?

-Otra, propagandística: ¿quién «cuenta»?, ¿quién «sabe»?, ¿quién «miente»?, ¿quién «tiene la razón»?

La primera va de procedimiento, trazabilidad y rendición de cuentas. La segunda, de encuadre: de imponer una versión. Para la primera, el periodismo —el de verdad— es decisivo. Para la segunda, lo es el manejo de la propaganda (y el periodismo de pesebre).

El Mundo ha puesto el foco en una hipótesis incómoda: que el punto crítico del accidente de Adamuz estaría en un raíl seccionado y, sobre todo, en la unión de tramos.

¿Qué se fracturó? ¿Por qué? ¿Cómo se soldó? ¿Cuándo? ¿Qué controles se hicieron? ¿Cuánto se invirtió? ¿De dónde? ¿Quiénes eran los responsables? ¿Por qué no saltó la alarma antes de saltar el acero? Ese es el núcleo serio.

La información ha escocido. Y ahí entra la segunda conversación: en vez de discutir lo mollar, el Gobierno discute al mensajero. De pronto la cuestión no es la soldadura, ni el dato, ni la inversión, ni la pregunta: es el «bulo»; la «intoxicación»; «los de siempre». Puente lo formula divinamente en una frase: «Desgracia, seguida de intoxicación». La información y las fotos de El Mundo, según el ministro, era un «bulo como una catedral».

«Lo nuclear es el truco: convertir una investigación periodística en polémica, y la polémica en la coartada»

Para sostener su réplica, el ministro ha defendido que el carril era nuevo y ha difundido documentación… ¡que va en sentido contrario!

Pero lo relevante, y esta es la clave —es que ni siquiera lo nuclear es «ganar» la verdad en Twitter—. Lo nuclear es el truco: convertir una investigación periodística en polémica, y la polémica en la coartada. Frente a la única pregunta decente que cabe —¿se puede verificar lo que se ha publicado y conduciría a la explicación?—  lo que han hecho es responder con ruido.

Nada nuevo bajo el sol. En febrero de 2025, tras el señalamiento y el acoso a una periodista, por la publicación de las exclusivas sobre el caso Koldo y Ábalos en THE OBJECTIVE, la Asociación de la Prensa de Madrid tuvo que conceder amparo a Ketty Garat. El patrón es reconocible: cuando una información incomoda, se intenta desactivarla no con pruebas, sino con desprecio. El famoso «Ojete» de Puente.

El periodismo de calidad hace dos cosas que el poder detesta: la primera, pregunta lo que nadie quiere responder y hechos y documentos… y nombres. La segunda, es que, si se equivoca, rectifica.

«La propaganda no demuestra: etiqueta. Nunca pide perdón y, si puede, ridiculiza»

La propaganda, en cambio, no demuestra: etiqueta. Nunca pide perdón y, si puede, ridiculiza. Y lo hace para manejar a la opinión pública con el único fin de blindarse en el poder.

Pedro Sánchez ha respaldado públicamente a Puente. No es raro: entre ellos se protegen. Lo inquietante es cómo lo hacen: atacando al mensajero y rebajando hechos a «relato».

Pero al margen del ruido, quiero creer que queda otra España: la que instruye, la que perita, la que firma autos, la que investiga con seriedad.

Confío en el buen hacer de la jueza. Porque quedan las víctimas. Y las víctimas no necesitan relato. Necesitan respeto, reparación y verdad.

El buen periodismo y la justicia independiente son, hoy por hoy, los únicos bastiones que nos quedan. Sin ellos no habrá reparación, ni prevención, ni Estado de derecho.

Que investiguen.

Que expliquen.

Que respondan.

Y que paguen.

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