El silencio sobre Irán*
«Constituye un deber democrático el ejercicio de la solidaridad con los iraníes que luchan y mueren por la libertad, contra el régimen islamista de Teherán»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Después de unos días de desesperación y de muerte, las protestas en Irán han sido sofocadas. La amenaza de intervención de Trump solo sirvió para provocar más víctimas y el Guía de la Revolución, Alí Jamenei, le acusó además como responsable de todo, al mismo tiempo que cantaba victoria. La reivindicación de la libertad había sido otra vez ahogada en sangre. Una estimación inicial dio una cifra de casi 3.500 manifestantes asesinados. Jamenei habla de «varios miles de muertos» y Time de muchos más entre las víctimas, lo mismo que Mai Sato, informadora designada por la ONU sobre Irán. Los detenidos, posiblemente decenas de miles, serán juzgados «con la mayor rapidez» y «sin la menor clemencia», según acaba de asegurar la máxima autoridad iraní de Justicia. Ante este anuncio, seguir guardando silencio equivale a complicidad.
A partir de la protesta universitaria de junio de 1999, y hasta la última explosión de diciembre, hemos asistido a una trayectoria en ascenso de enfrentamientos entre ciudadanos disconformes y fuerzas de represión de la República Islámica. Sus rasgos se repiten, en cuanto a movilización inicialmente pacífica y represión implacable, sangrienta, que acaba imponiéndose. La regularidad a lo largo de casi tres décadas, nos dice que se trata de un problema de fondo no resuelto desde los orígenes del régimen, que por la activación de detonadores ocasionales da lugar a sucesivas confrontaciones, siempre resueltas a favor de la dictadura religiosa por el recurso a una brutal violencia.
Desde el principio, el poder religioso se sirvió de una represión a ultranza para borrar el pluralismo de la etapa revolucionaria. Como sucediera con la Revolución rusa respecto del zarismo, la sucesión de encarcelamientos, torturas y ejecuciones, pronto superó a la denostada represión del Sha. Y a pesar de ocupar el liberal Mohamed Jatami la presidencia en 1996, suscitando una ola de entusiasmo popular, pudo constatarse que a todo indicio de protesta seguía una represión implacable. Así sucedió al ser sofocada la agitación universitaria de junio de 1999 en defensa de la libertad de expresión. Incluso cuando en 2009 encabezó las manifestaciones una figura del régimen, Hosein Musavi, por fraude electoral, la respuesta a la «revolución verde» fue su aplastamiento.
Jomeini había montado un simulacro de democracia, con elecciones al Parlamento y a la presidencia de la República Islámica, las cuales, por un momento, con Jatami, crearon grandes ilusiones. Se vieron disipadas al constatar que el poder absoluto religioso, del Guía de la Revolución y del clero chií, era refractario a toda reforma e invulnerable. A sus órdenes, ejército, policía, jueces, y un cuerpo paramilitar con cientos de miles de miembros, los basidjis, omnipresentes para la represión.
Anunciado por las de 2019, nacidas de la penuria, el último ciclo de protestas pasó ya a una oposición frontal al régimen. La opresión de la mujer se tradujo en el estallido de septiembre de 2022, al morir una joven tras ser detenida por llevarlo mal puesto. Ahora el detonador ha sido económico. El empobrecimiento de las clases medias, más la conciencia de los privilegios económicos detentados por el clero y por los paramilitares, explica la intensidad de las movilizaciones, a pesar del riesgo mortal que encerraba salir a la calle para pedir libertad. Irán es hoy una sociedad desesperada. De ahí la intensidad de los enfrentamientos con muertos entre las fuerzas del orden, encabezadas siempre por los paramilitares (los basidjis). Con más violencia aún que en 2022, siempre con fuego real, la teocracia ha respondido al pueblo con la muerte.
«Es la ocasión para comprobar la complicidad del feminismo radical en España con la represión de las mujeres en Irán»
Se impone una primera constatación. Las variantes de Estado islámico surgidas en el último medio siglo, la teocracia chií de Irán, el Daesh y el régimen de los talibanes, por encima de las diferencias doctrinales, se muestran dispuestas a ejercer una represión sanguinaria frente a cualquier oposición política. El muro de Alá es infranqueable. Resulta inútil esperar que admitan cambios que pongan fin a su control totalitario de la sociedad. No cabe, en consecuencia, idealización alguna acerca de su incompatibilidad con la vigencia de los derechos humanos.
Al mismo tiempo, tampoco puede olvidarse que la transgresión sistemática de los derechos de la mujer viene siendo el emblema del control social ejercido por tales regímenes. Aunque sea con rasgos menos opresivos, también en Irán. Lo prueban las masivas movilizaciones femeninas de septiembre de 2022, aplastadas finalmente. Esta también es la ocasión para comprobar, no solo la pasividad, sino la complicidad abierta del feminismo radical en España, con la represión ejercida contra las mujeres por la República islámica. Unas con el silencio, activamente por parte de Unidas Podemos, en 2022 y aún peor hoy, impidiendo con Sumar en el Congreso una declaración institucional de apoyo a la movilización iraní. Y el Gobierno, pasivo, Irán no es rentable como Gaza y enturbia el maniqueísmo anti-israelí.
Constituye, pues, un deber democrático el ejercicio de la solidaridad con los iraníes que luchan y mueren por la libertad, contra el régimen islamista de Teherán. No basta un gesto diplomático de nuestro Gobierno ante un embajador. Hace falta ejercer una presión eficaz para impedir las previsibles ejecuciones, exponer lo que sucede a la opinión pública, poner de manifiesto que el régimen de los ayatolás era y es pura opresión, de sus ciudadanos y de las mujeres en particular, rechazando la falacia de absolverlo por ser enemigo de Israel. Y recordar, en fin, que su soñado acceso a la energía nuclear, en la era Jamenei, sería el eslabón ausente de la cadena que nos arrastra hacia otra guerra mundial.
* Este artículo ha sido suscrito también por Fernando Savater, Félix de Azúa, Antonio Elorza, Francesc de Carreras y Nicolás Redondo.