The Objective
Jorge Mestre

Adamuz, la dana y la gran coartada

«Si aceptamos que todo fue destino, mañana volverá a serlo. Y pasado. Y el siguiente. La fatalidad, cuando se institucionaliza, deja de ser accidente»

Opinión
Adamuz, la dana y la gran coartada

Ilustración de Alejandra Svriz.

La fatalidad absoluta es un refugio comodísimo para el poder.

Es mullido. Tiene cojines. Y, sobre todo, tiene coartada. Cuando todo es destino, nadie es responsable. Cuando todo es inevitable, nadie dimite. Y cuando la tragedia se convierte en fallo técnico o en conjunción astral, la política se lava las manos con agua bendita institucional.

Por eso hay tanto nervio cuando alguien osa mirar en la misma dirección la tragedia ferroviaria de Adamuz y la riada que devastó Valencia en 2024. «No se puede comparar», repiten, como si lo hubieran ensayado delante del espejo. No se puede. Está feo. Es oportunista. Es indecente. Curiosa alergia comparativa en un país donde la comparación política se usa como navaja jamonera.

Porque lo que incomoda no es la comparación. Lo que incomoda es el patrón.

La izquierda —esa izquierda que hoy pide silencio comparativo— ha sido durante años la campeona olímpica del «esto recuerda a». El 11-M y la foto de las Azores, como si entre una instantánea diplomática y una masacre terrorista hubiera una línea recta trazada con rotulador grueso. Feijóo y una foto de hace tres décadas con un narcotraficante, rescatada del pleistoceno político cada vez que al PSOE le estallan los sobres en la mesa. El accidente de metro de Valencia con la propia dana. Ahí comparar era memoria histórica. Pedagogía democrática. Conciencia crítica.

Ahora no.

Ahora Adamuz es un accidente y Valencia fue Mazón. Hierro por un lado, la derecha por otro. Tornillos versus PP. Nada que ver. Circulen.

«Comparar no es banalizar el dolor. Es tomárselo en serio. La política empieza donde alguien responde por lo que no se hizo»

Y, sin embargo, los expertos —esa especie que se invoca como oráculo cuando confirma el relato y se convierte en sospechosa cuando lo cuestiona— han dicho lo mismo en ambos casos: había margen de prevención.

En Valencia, el barranco del Poyo llevaba años esperando obras de encauzamiento y limpieza. Informes, advertencias, proyectos. Todo correctamente archivado en el mueble más influyente de la política española, el cajón. Pero no un cajón cualquiera. El cajón de la Moncloa, ese mueble donde lo urgente es la aritmética parlamentaria y lo importante casi siempre puede esperar. Infraestructuras, previsiones, mantenimiento… todo cabe ahí dentro, salvo que sirva para apuntalar el voto de los independentistas en el Congreso. Entonces el cajón se abre con una agilidad pasmosa.

El agua en Valencia hizo lo que el agua hace desde que el mundo es mundo: bajar.

La diferencia no estuvo en el cielo, sino en la tierra, en lo que no se hizo y en lo que siempre se dejó para después. Pero políticamente fue reconvertida en otra cosa, en argumento para inculpar a Mazón y eludir responsabilidades desde el Gobierno. La naturaleza como acusación selectiva. La lluvia como sujeto penal. La riada convertida en arma arrojadiza. Y, mientras tanto, el problema de fondo —lo que no se había hecho durante años— diluido en el barro.

«Los trenes no descarrilan por poesía meteorológica, sino por infraestructuras deficientes»

El expresidente valenciano asumió responsabilidades y se fue. Ese es el camino en cualquier democracia adulta. Lo que no puede ser es que una riada sea negligencia personal porque gobierna uno y fatalidad cuando unas vías férreas revientan cuando gobierna otro.

En Adamuz, no fue un golpe de viento. No fue un capricho del clima. Los trenes no descarrilan por poesía meteorológica, sino por infraestructuras deficientes. Por el mantenimiento que no llega. Por revisiones que se espacian. Por prioridades que se desplazan hacia lo vistoso y dejan lo esencial para después.

No, no es lo mismo una riada que un tren. Tampoco es lo mismo un hospital que un puente. Pero sí comparten la misma lógica. La del «ya se hará», la del informe que duerme, la del presupuesto que se desvía a amaños en licitaciones. La metáfora es sencilla: el cajón. Ese cajón donde caben carreteras, cauces, vías y, al final, también responsabilidades.

Y aquí es donde la comparación deja de ser un ejercicio retórico y se convierte en algo mucho más molesto, un espejo. Porque en ese espejo no se ven solo víctimas —que son lo único que de verdad importa—, se ve una forma de gobernar. Una cultura administrativa donde la prevención es aburrida y la gestión de la tragedia, en cambio, es épica, televisiva, llena de chalecos reflectantes y declaraciones solemnes.

«La fatalidad, cuando se institucionaliza, empieza a parecerse demasiado a un modelo de gestión»

La fatalidad es una gran aliada del poder.

La lluvia no vota. El hierro no comparece en comisión. La mala suerte no pide dimisiones. Pero el mantenimiento sí tiene responsables. Las obras que no se ejecutan tienen firma. Las prioridades presupuestarias tienen nombre y apellidos, aunque luego se diluyan en el relato.

Comparar no es banalizar el dolor. Es, precisamente, tomárselo en serio. La política empieza donde alguien responde por lo que no se hizo. Porque si aceptamos que todo fue destino, mañana volverá a serlo. Y pasado. Y el siguiente. La fatalidad, cuando se institucionaliza, deja de ser accidente y empieza a parecerse demasiado a un modelo de gestión.

Y eso —más que el agua o el hierro— es lo que convierte la tragedia en sistema.

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