The Objective
José Antonio Montano

El entierro de Tierno

«Sin él la ciudad perdía encanto, algo se quedaba hueco, como si Madrid valiese menos de repente. Muchos años después supe que todo había sido una farsa»

Opinión
El entierro de Tierno

Ilustración de Alejandra Svriz

La semana pasada tenía pensado escribir sobre Enrique Tierno Galván, en el 40 aniversario de su muerte, pero necesité ocuparme de la catástrofe ferroviaria. Lo hago ahora.

Tengo algunos recuerdos de aquel 19 de enero de 1986. Veo que era domingo. Cristóbal, Jurdao y yo habíamos salido a dar nuestro primer paseo juntos tras las vacaciones de Navidad. Solíamos tirarnos horas charlando y caminando, incluidas la ida y la vuelta al colegio mayor. Fue justo aquel anochecer (qué curioso que tenga situado el momento) cuando cumplimos el canónico ritual bohemio de mear en la puerta de la Academia; tal vez porque habíamos leído La novela de un literato, en la que todos los fracasados eran malagueños.

Otra imagen situada: mientras cruzábamos un semáforo, el transeúnte verde mutó en el hombre ámbar intermitente y Jurdao se puso a imitarlo dando saltitos con los pies juntos y las manos pegadas al cuerpo. Creo que hicimos como él. Ya en la Ciudad Universitaria, antes de recogernos, entramos a tomar una cerveza en el Isabel de España, entre las chicas, y allí, en la tele del bar, nos enteramos de que se había muerto el alcalde.

Nos habíamos ido a Madrid en parte por él. Todavía en 1983 la ciudad en la que hubiese querido vivir era Barcelona, pero desde 1984 ya fue Madrid. Tierno Galván pertenecía al paquete atractivo, con la Movida. Cristóbal imitaba sus celebrados bandos de retórica arcaizante. Se dijo que cuando llegó el papa Juan Pablo II, poco después de la primera victoria socialista en 1982, Tierno le habló en latín. Su foto junto a la teta al aire de Susana Estrada señalaba el cambio de los tiempos. Y encima había traducido el Tractatus de Wittgenstein.

Solo me recuerdo sintiendo una simpatía acrítica por él: de antemano, como una premisa. Sin él la ciudad perdía encanto, nos parecía. Algo se quedaba hueco, con una ligera sensación de estafa, como si Madrid valiese menos de repente. Aunque, en verdad, de la Movida solo restaban las crestas de colores de los punkis en la Gran Vía y Malasaña, los conciertos gratis del Paseo de Camoens, el fluorescente de La Vía Láctea y las postales en los quioscos con las leyendas «Madrid me mata» y «De Madrid al cielo».

«Había una sensación de acontecimiento histórico, que es lo que queríamos sentir»

El martes 21 fuimos a ver el cortejo. Venía con nosotros Checa, el único compañero con vocación periodística. En los noventa nos dijeron que trabajaba en el Teletexto y no supimos más de él. Nos colocamos en el parterre que hay frente al Banco de España, con la Cibeles a nuestra izquierda. Aguantamos entre la multitud hasta que pasó el coche fúnebre. Entre los que caminaban detrás destacaba el presidente Felipe González: más alto, más cetrino. Lo miré con desprecio porque me parecía un traidor. Hoy me costaría explicar a qué, quizá a la pulcritud política. Solo lo vi de nuevo en un mitin.

En un lateral que no alcanzábamos a ver, creo que al comienzo del Paseo del Prado, hablaron algunos, entre ellos su sucesor en la alcaldía, Juan Barranco. Y luego emprendimos la marcha hacia la Almudena, recorriendo la larguísima calle Alcalá hasta el cementerio, adonde no he vuelto nunca. Había una sensación de acontecimiento histórico, que es lo que queríamos sentir.

Muchos años después supe que todo había sido una farsa. Tierno Galván era un maniobrero que se había fabricado el personaje de «viejo profesor» por cálculo. El PSOE no podía con él. Alfonso Guerra, el mejor motejador de España junto con Federico Jiménez Losantos, le puso un mote invencible: «víbora con cataratas». Y encima su traducción del Tractatus era defectuosa.

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