The Objective
Antonio Agredano

Boinas y sombreros

«Los libros no nos harán libres, y las jornadas de la Guerra Civil menos. Escritores con ínfulas, oportunistas y pasivo-agresivos los habrá siempre. Siempre ganan»

Opinión
Boinas y sombreros

Ilustración de Alejandra Svriz

Son los enemigos los que dan la medida de la batalla. David Uclés no parece alguien especialmente amenazante para el star system cultural de nuestro país. Un novelista, uno más, que ha encontrado el baratísimo aplauso de la progresía con un libro sobre la Guerra Civil. Que ha ganado algunos premios. Con intervenciones sencillas, sin demasiadas dudas, sin matices, sin aristas. Que se está buscando la vida, y parece que bien, en un ambiente fértil para sus discursos algo maniqueos. Literatura para esos que dicen Anatop cuando hablan de Feijóo y alaban a Rufián desde Córdoba. Un superventas de Úbeda. Poco más.

Por eso no entiendo la fijación de algunos columnistas punkis contra él, porque Uclés no hace nada distinto a lo esperado. No dice nada desconcertante, nada extraño. Usa palabras que cientos de escritores, actores y cantautores dijeron antes que él. Su rebeldía no es incómoda, tampoco su literatura, y no encuentro diferencia entre su boina y el sombrero de Arturo Pérez Reverte, porque todo complemento tiene algo de impostura. 

Cuando Uclés, con argumentos un poco pueriles en mi opinión, y con cierto interés en llamar la atención, cosa legítima en nuestros días, decidió bajarse del cartel de 1936: la guerra que todos perdimos, los organizadores decidieron mostrar su desengaño en público. Señalarlo. Sin medir, quizá, que ahora lo menosprecian por los mismos motivos por los que hace unos meses lo habían fichado para uno de los actos. Uclés es el mismo. Sus libros, su guita como cinturón, sus discursos romos, su novela algo frágil. Nada ha cambiado en él, pero a su alrededor todo el mundo se ha vuelto loco.

Las jornadas se han cancelado por amenazas de la ultraizquierda, leo en el comunicado. No sé si serán las mismas señoras que intentaron boicotear una presentación de Juan Soto Ivars en la ciudad. Tinte caoba, camisetas moradas y un odio blando. Y hay otras cosas más raras, como que la afirmación «la guerra que todos perdimos» era en realidad una pregunta, pero se olvidaron de los signos de interrogación. Hubo cierto desorden en la nómina de invitados. Información poco fluida con los ponentes. Algunas deserciones a rebufo de la polémica. Y un cartel que daba imagen de algo que, por lo visto, no era: revanchismo, equidistancia y bulla. 

Me sorprende que muchos librepensadores de esos que critican de siempre el guerracivilismo de la izquierda se hayan lanzado a esta batallita cultural que huele a naftalina, a discurso resobado y a una polarización que está convirtiendo España en un país averiado, liviano y perdido en su propio ombligo. El totalitarismo de izquierdas se batalla con arrojo y presencia. Ahí estuvo bien Soto Ivars yendo a donde tenía que ir a la hora en la que debía estar. El resto, esperemos a las explicaciones, es un poco sucumbir, de forma floreada.

«España no es ni de Uclés ni de Pérez Reverte. España está en los polígonos y en el Oysho»

Pese a todo, creo que Uclés es el menor de los problemas de este país. La cultura se ha demostrado incapaz de cambiar las cosas. Ya viendo a nuestro ministro se ve que toda elevación es utopía. Muy al contrario, el sanchismo ha logrado domesticar a buena parte de nuestros intelectuales. «Intelectuales», debería haber escrito. Siguen los de siempre donde siempre. Es agradable mirar, en estos días, a los ganadores del certamen de poesía, cuento y demás de los bien pagados premios que daba Renfe. Explica tantas cosas. Dibuja una foto de lo que somos. De nuestra ternura. El engorde artificial del pato.

Los libros no nos harán libres, las jornadas de la Guerra Civil menos. Escritores con ínfulas, oportunistas y pasivo-agresivos los habrá siempre. Les va bien estar posicionados. Siempre ganan. Están a favor de la paz y en contra del cambio climático. Creen en la redistribución de la riqueza, menos cuando les ingresan el premio. Pagan sus impuestos, como hacemos todos, pero lo convierten en un ejercicio trascendente (cumplir la ley como revolución, ese es el nivel). Y cuando hay una tragedia, piden no politizarla. 

Pero haríamos bien eligiendo a nuestros enemigos con más tino. España no es ni de Uclés ni de Pérez Reverte. España está en los polígonos y en el Oysho. España sale a faenar cuando aún es de noche. España se revuelve en la calle contra Mercosur. España está emocionalmente aún en Adamuz y en los funerales y en las dolorosas despedidas. España está en las reuniones de comunidad, en las terrazas de la Avenida de Miraflores, en el aguagym, en la sala de espera del ambulatorio, esperando a que abran la puerta de los colegios. 

Uclés escribió sobre una España que solo existe en su cabeza. Se llama literatura. Ha brindado con vino, pese a que es abstemio. Celebra haber puesto bajo su suela el cuello de Pérez Reverte, Vigorra y compañía. Es un David con boina venciendo a un Goliat con sombrero y fular. Las cosas volverán a su cauce. El rey recuperará su trono. Pero el bochorno de lo que estamos viviendo nos lo podríamos haber ahorrado.

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