The Objective
Juan Lobato

¿Está rota la soldadura (de la política española)?

«La polarización se ha adueñado incluso del debate sobre la realidad de los hechos objetivos. En cuanto opines de algo serás ubicado en uno u otro espacio del muro»

Opinión
¿Está rota la soldadura (de la política española)?

Ilustración de Alejandra Svriz.

Si ves estos días en la tele a un político que no conoces defendiendo vehementemente que el accidente de tren se produjo porque se rompió el carril viejo o el nuevo, ya sabes de inmediato si es progobierno o antigobierno. Y así con todo.

La polarización constante que se promueve por parte de algunos dirigentes políticos ha conducido al límite de observar cómo se defiende una posición —y la contraria— sobre realidades objetivas comprobables. Ni siquiera se trata de debates sobre juicios de valor u opiniones. Y además, se pretende que esta actitud se replique por parte de los ciudadanos en el gimnasio, el bar o el trabajo.

Hace tiempo que muchos de los partidos y dirigentes políticos utilizan la estrategia de la polarización. Algunos por convencimiento, otros por puro interés electoral y otros porque se han dejado llevar por algo que consideran inevitable («si los otros actúan así, nosotros también tenemos que hacerlo, no podemos poner la otra mejilla»).

El problema es que esta polarización se ha extendido y adueñado de todo tipo de debates, incluido el debate sobre la realidad de los hechos objetivos. Lo estamos viendo estos días con la tremenda desgracia del accidente ferroviario.

Observamos continuamente posiciones absolutamente alineadas por parte de diferentes actores políticos y mediáticos sobre cuestiones como dónde se rompe una vía o si se renueva o no totalmente. No existe ni un mínimo espacio entre una posición y la contraria para la aclaración objetiva de una realidad medible e identificable. Hay que posicionarse rápidamente y arrastrar a todo el mundo a esa posición. La única condición es que ayude al relato de tu bloque político. El resto —la verdad sobre la realidad objetiva— es secundario.

«No existe interés en la realidad y, además, se tensa al máximo el nivel de intensidad del debate»

Además, no solo es que se fijen las posiciones según el interés político del momento —evitando mirar la realidad objetiva— sino que parece que en cada asunto hay que posicionarse «a muerte» frente a los otros. Es decir, no existe interés en la realidad y, además, se tensa al máximo el nivel de intensidad del debate. Ya no hay temas de mayor o menor gravedad en la discusión política. Da igual que estemos hablando de cómo se rompe una vía de tren, de los ataques en Palestina, la regularización de personas migrantes, la política fiscal o de los currículos falsos de algunos políticos. Todos los temas generan exactamente la misma carga máxima de intensidad en el debate y las mismas acusaciones mutuas con tonos elevados y palabras gruesas.

Si no piensas exactamente lo mismo que el Gobierno sobre, por ejemplo, un pequeño cambio en el código de circulación vial eres un facha traidor. Y si no atacas al Gobierno con toda tu fuerza por una sencilla modificación en la normativa de herbicidas eres un colaboracionista con el anarco-comunismo de Sánchez… Y así todo el día.

¿Cómo pueden ser igual de graves todos los temas de discusión?

Se le da tanta intensidad al debate y tanta trascendencia a tener una u otra posición férrea en cada asunto que cualquier simple duda o matiz es considerada una traición.

«Si la posición oficial varía, se exige el inmediato viraje de todo el bloque»

Pero es que, además, a este nivel de tensión se le añade la circunstancia de que todo puede cambiar en cinco minutos completamente. Si la posición oficial varía, se exige el inmediato viraje de todo el bloque. Y el mismo nivel de intensidad en la defensa de la posición contraria a la que se tenía ayer. Sin un milímetro de espacio ni tiempo para acomodar el giro.

Esto puede ser consecuencia —o incluso causa— de la eliminación, en la práctica, de los espacios parlamentarios, mediáticos, académicos, sociales o en los propios partidos para la reflexión, el análisis crítico y la conversación.

La democracia se basa en respetar a las personas que tienen diferentes opiniones y estar dispuesto a discutir esas opiniones. Y la supresión de estos espacios supone una merma importante en términos de convivencia y democracia.

«Para algunos el único problema que hay es la mera existencia del rival»

Fruto de esta polarización que vivimos desaparecen los asuntos discutibles, sobre los que se podía conversar, reflexionar, e incluso cambiar de opinión. Ya no se puede opinar de nada. Porque en cuanto opines de algo serás ubicado en uno u otro espacio del muro y ya no podrás opinar de nada más de forma mínimamente diferente.

¿Esto tiene solución?

Algunos ni siquiera la buscarán. Entienden que esto es lo deseable. Interpretan que estamos en una guerra contra lo que sea —el fascismo o el socialcomunismo— y que toda energía y esfuerzo debe ir encaminado a destruir al rival. Por lo tanto, el único problema que hay es la mera existencia del rival. No se ocupan de tratar de entender a quien pueda tener razones para opinar, en alguna cuestión y en algún momento, de forma diferente.

No es sostenible socialmente vivir en un ambiente así. No solo no genera convivencia armoniosa, sino que, además, limita la libertad, la seguridad y la prosperidad de las sociedades.

La razón principal de algunos dirigentes para actuar de esta manera es el deseo de poder. Se han convencido de que es la mejor manera de conseguir o conservar el poder. Y precisamente ahí está la solución a este problema.

«El respeto a las minorías y al rival político, el diálogo y el acuerdo son las bases del sistema»

Debemos hacer ver, y demostrar, que en una democracia liberal el poder se consigue —y debe ejercerse— de otra manera. El respeto a las minorías y al rival político, el diálogo y el acuerdo son las bases del sistema. Pero es que, además de la ética política, hay que empezar a demostrar que la ciudadanía premia esta actitud respetuosa y propositiva.

Es cierto que hay momentos del ciclo político en los que la tensión activa al electorado propio. Pero en el medio plazo el desgaste de ese tipo de actitudes en el ejercicio o en la búsqueda del poder es evidente.

Afortunadamente, hay esperanza para la buena política. Ya hablábamos hace unas semanas de algunos síntomas que nos hacían ver el apoyo popular creciente a posiciones, que pueden ser más o menos radicales en sus programas ideológicos, pero que son respetuosas en sus formas y actitudes políticas:

A estos síntomas que veíamos se une ahora el ejemplo de Portugal. Frente a todo pronóstico demoscópico, se constata que un socialista conciliador y moderado en las formas, que no en el fondo, obtiene un respaldo muy mayoritario de los portugueses. Miremos más a nuestros vecinos.

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