The Objective
Javier Benegas

Por qué toleramos lo intolerable

«El problema no es solo la mala gestión pública. Es también un problema de expectativas colectivas y, en última instancia, de cultura política»

Opinión
Por qué toleramos lo intolerable

Ilustración de Alejandra Svriz.

Durante demasiados años, las incidencias en la red ferroviaria han formado parte del ruido de fondo del país. Retrasos, averías, interrupciones del servicio, mensajes por megafonía que advierten de una incidencia, pero no la explican. Molestias que hemos ido asumiendo con una mezcla de resignación y humor. Nada que invitara a pensar en un deterioro estructural de fatales consecuencias.

Hasta que todo cambió. Un descarrilamiento seguido de un choque y 45 muertos. A partir de ahí, reducciones generalizadas de velocidad por motivos de seguridad, denuncias de los propios maquinistas, desconcierto en los centros de control y una sensación creciente de que algo esencial ya no funciona. Ya no se trata del acostumbrado goteo de incidencias, sino la revelación de que el sistema, sencillamente, ha colapsado.

La indignación inútil

El shock, pese a todo, es más emocional que racional. Los sistemas complejos, como el ferroviario, no se vienen abajo de repente. Se degradan lentamente, a la vista de todos, hasta que un día la suma de descuidos, malas decisiones, corruptelas y responsabilidades desemboca en el desastre.

Falta de mantenimiento, externalizaciones mal supervisadas, estructuras administrativas que se solapan, competencias fragmentadas hasta el punto de que, cuando algo falla, resulta extraordinariamente difícil reconstruir quién debía haber actuado y cuándo. Realmente, no hay misterio técnico, por más que los expertos y los medios den una y mil vueltas a la fatal fractura de un riel. La clave es un patrón de pésima gestión prolongado en el tiempo.

«España mantiene desde hace siglos una relación ambigua con el poder y con la libertad»

Lo verdaderamente revelador no es que el sistema ferroviario muestre síntomas de fatiga. Lo llamativo es la forma en que el país reacciona cuando el desbarajuste es imposible de disimular. Estalla entonces una indignación intensa, pero breve, se cruzan reproches, se anuncian auditorías, se exige depurar responsabilidades y, salvo que la presión social alcance niveles críticos, el debate se diluye casi con la misma rapidez con la que surgió. Quizá durante algunos días, puede que incluso un par de semanas, el caos ferroviario goce de un espacio preferente en los medios y en el debate público. Pero, con el paso del tiempo, dejará de importar.   

¿Por qué? Porque el problema no es solo la mala gestión pública. Es también un problema de expectativas colectivas y, en última instancia, de cultura política.

El sucedáneo de la libertad

España mantiene desde hace siglos una relación ambigua con el poder y con la libertad. Por un lado, espera mucho del Estado. Infraestructuras, empleo, protección social, orden, estabilidad, seguridad. Por otro, desconfía de su funcionamiento y asume, casi como irremediable, que sus acciones serán lentas, ineficientes y arbitrarias.

Se reclama la presencia constante del Estado, pero al mismo tiempo se descuenta su proverbial incompetencia. De esa combinación nace una actitud muy característica: aprender a moverse dentro de los márgenes con estrategias individuales. El contacto adecuado, el gestor que conoce las trampas del procedimiento, la llamada oportuna, la excepción conseguida a base de perseverancia y astucia. El español no exige transformar las reglas, aprender a circular por el estrechísimo pasillo que le dejan.

No es la libertad del campo abierto, del terreno de juego con normas iguales para todos, sino la libertad del pasillo angosto en el que cada cual avanza como puede, a base de discretos codazos, silencios estratégicos y puertas entreabiertas. Una libertad quizá útil para ir tirando, pero completamente inútil para alcanzar una prosperidad extensa y duradera.

«El pícaro no es un revolucionario, ni siquiera un reformador. Es un especialista en la adaptación al entorno»

Este individualismo de luces cortas no es nuevo. La literatura de la picaresca la retrató con una lucidez que hoy contemplamos como mero costumbrismo. El pícaro no es un revolucionario, ni siquiera un reformador. Es un especialista en la adaptación al entorno. En El Lazarillo de Tormes, el protagonista no cuestiona el orden social que lo oprime; aprende a burlarlo. En Guzmán de Alfarache, la astucia convive con la amarga resignación. Y en El Buscón, de Quevedo, la desconfianza mutua es tan profunda que la cooperación es imposible.

Así, si algo funciona para uno, no se convierte en norma general: se protege como privilegio. La racionalización jamás va más allá del interés inmediato y estrictamente particular. El resultado no es la libertad política, sino la supervivencia individual. Que uno vaya tirando a cualquier precio, incluido el de la dignidad o la decencia.

A Rolex y a setas 

Esta vida en los márgenes no evolucionó hacia una cultura reformista. Todo lo contrario. Durante siglos, España combinó esa astucia cotidiana con una fuerte reverencia al poder. La Corona, la Iglesia y, más tarde, el Estado moderno, no eran vistos como estructuras que debían ser controladas, sino como pilares incuestionables. El poder no se discutía; se asumía. A efectos prácticos, se le rodeaba, pero no se le impugnaba en lo esencial.

De ahí surge una idea de libertad fragmentaria y defensiva: muy personalista en el ejercicio, pero poco interesada en evolucionar hacia reglas compartidas. Una autonomía parcial que no termina de traducirse en instituciones impersonales, estables y fiscalizables.

«Se busca el favor, la mediación, la excepción. Las reglas generales iguales para todos no son una prioridad política»

Cuando el Estado crece, primero de forma limitada durante el franquismo y después de manera masiva con la democracia, no se topa con una sociedad acostumbrada a la cooperación, sino propensa a la negociación particular, al apaño personal. El viejo reflejo permanece: se evita al poder cuando resulta conveniente y se lo reverencia también cuando resulta conveniente. Se busca el favor, la mediación, la excepción. Las reglas generales iguales para todos no son una prioridad política. La democracia se vive como un régimen para estar, a la vez, a Rolex y a setas.

Este corsé cultural explica no solo por qué se deterioran las infraestructuras, sino también por qué prosperan perfiles políticos tan incompetentes. Resulta tentador asumir la proliferación de ministros exageradamente incapaces y con comportamientos grotescos como simples anomalías personales o, a lo sumo, degeneraciones ideológicas o partidistas. Pero, en realidad, son productos de algo mucho más grande: el ecosistema cultural español.

La política y los cafres

En un sistema donde el ascenso depende menos de la competencia o de la vocación de servicio que de la habilidad para maniobrar en los pasillos, prospera quien mejor domina el arte de filtrarse por los resquicios. No quien concibe el cargo como una grave responsabilidad institucional, sino quien lo entiende como el trofeo en la carrera de la adaptación oportunista.

El problema no es solo el cafre que ocupa el ministerio, sino la lógica que hace primero posible su ascenso y después su permanencia, aun después de la tragedia. Una lógica que encaja al milímetro con ese entendimiento de la libertad como margen privado para maniobrar en la oscuridad, no con la libertad a plena luz compartida, con base en reglas y responsabilidades exigibles para todos, también a los propios.

«Se discute el error concreto. No el entramado institucional y cultural que lo permite sin consecuencias para los responsables»

Cuando descarrilan los trenes, cuando colapsan los sistemas eléctricos o cuando se encadenan episodios de pésima gestión y corrupción, el debate tiende a quedarse en la superficie. Se discute el nombre propio o las siglas, el error concreto, la barbaridad del momento. No el entramado institucional y cultural que permite que los errores se acumulen sin consecuencias para los responsables. Un efecto llamada que convierte la política en terreno abonado a los desgarramantas.

La libertad con reglas iguales para todos proporciona enormes beneficios, pero exige algo culturalmente costoso: renunciar a parte de la ventaja individual a cambio de reglas previsibles, aceptar controles impersonales incluso cuando afectan a los políticos de nuestra preferencia, y asumir que la autonomía para hacer, para prosperar, solo es sostenible si la reconocemos como un derecho en los demás. Exige, en definitiva, pasar del pasillo estrecho y sinuoso al campo abierto y nivelado.

Mientras ese salto no se produzca (y no se producirá si no lo demandamos) seguiremos sorprendiéndonos por colapsos que se fraguan durante años, confiando en que el problema es siempre puntual, partidista o personal, y reaccionando con la mezcla habitual de indignación, olvido y resignación. Un proceso que se repetirá una y mil veces sin que nada cambie en lo fundamental. 

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