The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Viento idiota

«Para los envidiosos y los que sufren por la conciencia de su propia insignificancia, el espectáculo de altas y orgullosas torres cayendo resulta muy consolador»

Opinión
Viento idiota

Ilustración de Alejandra Svriz.

El caso de la denuncia contra Julio Iglesias recuerda la que sufrió en 2021 Bob Dylan.

Saltó la noticia de que una anónima denunciante —hoy día eso ya equivale a «víctima»— le acusaba de haberla encerrado en una habitación del Chelsea Hotel de Nueva York, durante unos días de 1965, y haberla sometido a un estricto régimen de drogas, alcohol y violaciones. Cuando, además, ella era menor de edad.

Durante los siguientes días y semanas la prensa internacional, incluida, naturalmente, la española, se puso las botas con la noticia bomba. El caso ocupó todas las portadas. Dylan, el premio nobel, el renovador del rock, la mayor figura de la cultura pop norteamericana, ¿era otro varón blanco, heterosexual, poderoso, abusador de una jovencita desvalida, sin recursos, a la que había arrebatado la inocencia en el altar de su egolatría de estrella?

Claro que todos los artículos que se cebaban en el tema y especulaban sobre lo que el músico hizo o dejó de hacer en aquellos días de 50 años atrás incluían el sintagma «la presunción de inocencia…» A renglón seguido venía el oleaje de insidias y sospechas. 

Aquella prosa periodística, aquellas sospechas razonadas, insinuaciones y especulaciones más o menos insidiosas, pero siempre, o casi siempre, formuladas con el paréntesis de «respetando la presunción de inocencia» e invocando la sagrada misión del periodismo, pilar de la democracia, y del derecho de la ciudadanía a saber cómo son de verdad sus ídolos, y si tienen algún muerto en el armario, rezumaban la gran satisfacción del humilde pescador que ha arponeado a la ballena blanca. Para legiones de envidiosos y para los que sufren por la conciencia de su propia insignificancia, el espectáculo de altas y orgullosas torres cayendo resulta muy consolador, curativo.

El aquelarre duró una semana. Exactamente hasta la mañana en que los abogados de Dylan hicieron público su diario de actuaciones, que documentaba con precisión dónde había estado durante aquellos días de 1965: y no era violando a nadie en el hotel Chelsea, sino de gira por Inglaterra, dando unos conciertos que por cierto ahora son célebres y sustanciaron la película Don’t look back.

El gran ruido y furia de la sospecha mundial cesó de golpe. No se volvió a hablar del tema. Silencio sepulcral.

Los abogados del cantante amagaron con denunciar a la anónima acusadora por falsaria y por el daño infligido a la reputación de su cliente, pero acabaron absteniéndose, sin duda para no dar más carnaza a la llamada «opinión pública». No todo el mundo tiene que comulgar con el lema de Dalí, «que hablen de mí, aunque sea bien».

Es curioso porque una de las grandes canciones de Dylan, Idiot wind (lit.: «viento idiota»), de mediados los setenta, empieza precisamente así: «Alguien la debe haber tomado conmigo, están plantando historias en la prensa./ Quien quiera que sea, ojalá que pare, pero sabe Dios cuándo lo hará./ Dicen que maté a un hombre llamado Grey, y que me llevé a su esposa a Italia,/ y cuando ella murió yo heredé un millón de dólares./ ¿Qué le voy a hacer, si tengo suerte?»

«La gente me ve todo el rato y siguen sin saber cómo actuar. ¡Hasta tú, ayer, me tuviste que preguntar qué hay de cierto en ello!» Etc., etc. El tipo se había vuelto paranoico.

En fin, es la sombra de la fama. Esto de la fama tiene muchas ventajas, pero, como todo, puede ser una lata. Y cuando se exhibe demasiado la fortuna, se exacerba la envidia y se provoca la aparición de aprovechados y cazafortunas.

No es ya recomendable para los ricos y famosos exhibirse bronceados, junto a la piscina, en compañía de mulatonas en bikini. Ya que luego te puede venir la mulatona y decir que es una pobrecita muchacha desvalida, de familia muy humilde, y te va a llevar a los tribunales por trata de blancas, te va a destruir la vida si no aflojas la bolsa.

Antes, para impresionar al respetable, eso de exhibirse sonriente bajo las palmeras del jardín de tu mansión quizá valía, pero antes es antes y ahora es ahora. Ahora, más le vale a cualquier gran triunfador mantener lo que se dice «un perfil bajo». O, mejor aún, difundir imágenes de sí mismo que dejen bien claro, sin sombra de duda, que es una buena persona.

Por ejemplo: fotos «robadas» en las que se les «sorprenda» dando limosna a un mendigo. O ayudando a un ciego a cruzar la calle. O llevando la bolsa de la compra de una viejecita. O sentado en un camión de la Cruz Roja, junto a una enfermera, donando sangre. O en un hospital, visitando a los enfermos… y tocando la guitarra para ellos. Todo esto sí que queda muy bien, gusta mucho.  

Si no se acoraza uno con un blindaje así, se expone a que cualquier día un periodista la tome con él «respetando, claro está, la presunción de inocencia».

 

 

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