The Objective
Félix de Azúa

Aprender de la desgracia

«El análisis político es ahora es esencial para poner en marcha mecanismos de defensa contra el fanatismo y los abusos de la extrema izquierda chiflada»

Opinión
Aprender de la desgracia

Ilustración de Alejandra Svriz.

Algún día soltará el poder. Habrá que despegarlo con agua hirviendo y no es impensable que después de vender todo lo que quede de España les venda el Vaticano. Los separatistas, cegados por la codicia, a lo mejor se lo creen. También es posible que declare la Guerra Civil Dos, pero la perderá igualmente. Para entonces habrá que tener algo preparado. El país habrá quedado hecho unos zorros.

No hay aún ninguna propuesta que realmente alivie un poco esta tortura. El PP cree que no es necesario hacer nada, ni ahora, ni nunca. Y Vox de momento es una incógnita, como Trump: nadie sabe por dónde va a salir dando porrazos. Quizás por eso está llevándose a todos los jóvenes en plan flautista de Hamelin. A los chicos les encanta no tener ni idea de lo que les espera y hacerse ilusiones con los ilusionistas y los prestímanos. Son románticos.

Por eso es urgente que alguien en algún partido comience a sacar conclusiones. Dado que habremos sufrido una destrucción parecida a la del 36/39 durante ocho años, bueno será precaverse para que no vuelva a suceder. El análisis político es, ahora, esencial para poner en marcha mecanismos de defensa contra el fanatismo y los abusos de la extrema izquierda chiflada.

Como ya han subrayado muchos comentaristas, no vivimos en una democracia sino en una partitocracia. La primera medida ha de ser limitar el poder de esas cadenas opresivas y de sus cúpulas autocráticas. Sé que es muy difícil porque ningún partido va a querer autolimitarse, apegados como están sus empleados al silloncito estatal. El nuestro es un país de funcionarios, es decir, de pesebristas, de modo que será costoso que los partidos colaboren en su propia restricción. En resumen: se ha de proponer desde fuera, a la intemperie democrática.

Lo mismo sucede con la mayor de las desdichas de la Constitución, el estado de las autonomías. Sigo en esto el lúcido análisis de Fernando del Pino el 22 de enero pasado y su exacta crítica de la Transición. Lo peor que nos cayó encima fue esa multiplicación de funcionarios que son las Comunidades, convertidas en pequeños Estados a imagen y semejanza del que se supone unido por ellas. Cada una de las comunidades autónomas tiene sus feudales, sus cortes y su muchedumbre de empleados. ¡Y son 17 comunidades! Va a ser casi imposible deshacer ese disparate, pero por lo menos debe abrirse la discusión y el estudio de su disolución. Quizás haya que empezar por un estadio intermedio suprimiendo las diferencias entre «naciones y nacionalidades», un invento oportunista y dañino, así como reducir los 17 feudos a cuatro.

«Hay que poner en marcha mecanismos que limiten el poder del jefe de Gobierno para que no pueda convertirse en un tirano»

Ya imagino los gritos de horror de miles y miles de empleados de estas abstracciones con poderes irracionales, diversos y en ocasiones contradictorios, además del crujir de dientes de los separatistas vascos, catalanes y gallegos. Sin embargo, solo estoy proponiendo una discusión pública hasta que algún partido, antiguo o nuevo, acoja la cuestión en su programa.

Y sin duda hay que poner en marcha mecanismos que limiten el poder del jefe de Gobierno (que no es ni un presidente ni un jefe de Estado) para que no pueda convertirse, como ha sucedido, en un tirano a partir de sí mismo. También, como complemento, medidas especiales para cuando un demente se considere por encima de la ley o una mafia corrupta se apodere de las instituciones del Estado, como sucedió en la Italia de los años de plomo que tuvieron como consecuencia la desaparición del Partido Socialista.

Tampoco es tan difícil: la mayoría de las naciones europeas ya lo entendieron así y pusieron a punto sistemas de defensa. Pero en un país colectivista como el nuestro, enemigo de la tradición liberal y del individuo responsable, será mucho más arduo. Así que cuanto antes empecemos…

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