La España de las memorias desahuciadas
«Cuarenta años después parecen haber vuelto los peores demonios de nuestro trágico pasado de la mano de quienes ni siquiera se rozaron con el franquismo»

Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de la fuerza aérea de la II República. | | Archivo gráfico del Círculo Aeronáutico
Junto a la lápida posan orgullosos Daniel Quinteiro, Pedro Martínez Nevado, Agustín García Yepes y Joaquín Calvo. Todos ellos fueron aviadores republicanos, represaliados tras el fin de la Guerra Civil, exiliados, retornados a España y sometidos al ostracismo, confinados en campos de concentración o condenados a severos castigos —a la pena de muerte, luego conmutada, en el caso de Quinteiro—. Joaquín Calvo, junto con otros miembros de la escuadrilla de Francisco Viñals, fue acusado de haber asesinado al as de la aviación franquista Carlos de Haya y se libró de la ejecución porque la viuda de Haya, en un gesto de inaudita decencia moral que ha recordado Pedro Corral recientemente, declaró ante el Tribunal que su marido había muerto en una de tantas lides de la guerra. En 1984 Calvo fue reconocido con el grado de coronel gobernando Felipe González.
Corre el 29 de octubre de 1994 en el cementerio antiguo de Santa Isabel de Vitoria y los cuatro aviadores republicanos miran a la cámara. La foto la publicó la Revista de Aeronáutica y Astronáutica en su número de enero-febrero de 1995 (p. 145). En la lápida se lee: «Ignacio Hidalgo de Cisneros y López-Montenegro. General de Aviación. Héroe del Pueblo Español. 1894-1966». Los restos del que fuera célebre piloto, jefe de la fuerza aérea de la República, destacado miembro del PCE, sospechoso de haber participado en la «desaparición» del líder del POUM Andreu Nin y marido de la no menos célebre Constancia de la Mora (la aristócrata nieta de Antonio Maura), habían sido repatriados desde Bucarest, ciudad en la que vivía exiliado y donde había fallecido, por su sobrino Ignacio Hidalgo de Cisneros Alonso.
El padre de este, hermano por parte de padre del aviador republicano, fue Francisco Hidalgo de Cisneros y Manso de Zúñiga, teniente general del Ejército de Tierra, nombrado director de la Academia de Zaragoza en 1942 y posteriormente gobernador militar de Asturias. Falleció dos años antes que su hermano. Su hijo Ignacio Hidalgo de Cisneros Alonso contó en una entrevista en Radio Vitoria allá por 2014 que su padre le había hablado de su tío, de cómo más de una vez durante la Guerra Civil desde el campo de batalla en Brunete había ametrallado a los aviones republicanos pensando que en uno de ellos podría ir su hermano al que eventualmente abatiría. Tiempo después, ya en la década de los cincuenta, los dos hermanos lograron concertar una cita en Hendaya, y allí se vieron por primera vez tras muchos años sin saber el uno del otro. La familia, narraba Hidalgo de Cisneros Alonso, logró apostarse en Irún, cerca de la frontera española para asistir a la escena y con prismáticos pudieron advertir que los hermanos se fundían en un abrazo.
Desde aquel momento Hidalgo de Cisneros Alonso empezó una relación epistolar con su tío Ignacio que le escribía con seudónimo y le pudo hacer llegar las cartas gracias a la intercesión de los enlaces del PCE. Aprovechando la circunstancia de que el trabajo de Hidalgo de Cisneros Alonso le hacía viajar por Europa, tío y sobrino se citan y se encuentran finalmente en el hotel Crillón de París en 1962. Cuando Ignacio Hidalgo de Cisneros y López-Montenegro fallece en Bucarest su sobrino es oficialmente invitado a asistir al funeral, una ceremonia que revistió honores de Estado. La peripecia que, según contó en aquella entrevista radiofónica de 2014, vivió para poder llegar a la capital rumana a través de la Embajada de Rumanía en París y de los buenos oficios y auspicios del PCE, ya debería haber sido filmada y programada por Netflix.
Historias como las de los Hidalgo de Cisneros no son infrecuentes entre los españoles de hoy y de ayer; como tampoco lo fueron durante unos cuantos años, los inmediatamente posteriores al advenimiento de la democracia, los gestos, y, más que los gestos, los textos (jurídicos), las decisiones, las reformas que propiciaron la reconciliación en el afán de superar las heridas abiertas por la Guerra Civil.
«’Las Cortes consagraron la reconciliación nacional’ titulaba el periódico ‘El País’ la crónica de 15 de octubre de 1977»
Las Cortes consagraron la reconciliación nacional, titulaba el periódico El País la crónica de 15 de octubre de 1977 firmada por Bonifacio de la Cuadra a propósito de la aprobación de la ley de amnistía. Mientras en el hemiciclo se abrazaban el republicano Justino Azcárate, casi recién llegado de su exilio venezolano, y el monárquico Joaquín Satrústegui, los diputados y senadores prorrumpían en aplausos (como hasta hacía bien poco acostumbraban a hacer los procuradores franquistas), y una voz marginal exclamaba en el hemiciclo: «¿Y de Paracuellos, qué?».
Recién estrenada la década de los 90 del pasado siglo, Mercedes Odina hizo para Televisión Española una serie —Los años vividos— que reunía a los protagonistas de la vida española que habían nacido y vivido en las décadas anteriores. En los episodios dedicados a los años treinta, la Guerra Civil y el primer franquismo, se convocó a Serrano Súñer y Marcelino Camacho; Emilio Romero y José Luis Sampedro; a Paco Rabal y a Juana Ginzo con Vizcaíno Casas… y así unos cuantos más. ¿Y qué decir de los programas de La Clave, en los que, a propósito de la muerte de García Lorca conversaban un Ian Gibson con Luis Rosales (junio 1980); o sobre los sindicatos (1979), Marcelino Camacho con José Solís, exministro de Trabajo franquista; o sobre los extranjeros en la guerra civil (1979) el historiador franquista Salas Larrazabal con el brigadista Arthur London; o a propósito del Valle de los Caídos (noviembre 1983) Gregorio Peces-Barba del Brio, con Mónica Plaza, procuradora en Cortes y ex consejera nacional del Movimiento de la Sección Femenina… y podría seguir.
Coincidiendo con el 50 aniversario del 18 de julio, el Gobierno socialista presidido por Felipe González emitió un comunicado en el que se leía que la Guerra Civil era «… definitivamente historia, parte de la memoria de los españoles y de su experiencia colectiva. Pero no tiene ya —ni debe tenerla— presencia viva en la realidad de un país cuya conciencia moral última se basa en los principios de la libertad y la tolerancia». Pero además, el Gobierno, insisto, socialista, recordaba también «con respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también sacrificaron su propia existencia». El Gobierno socialista mostraba, sí, frótese los ojos, respeto a los que lucharon en el bando «nacional».
40 años después, al solar patrio parecen haber vuelto los peores demonios de nuestro trágico pasado de la mano de quienes, sin haberse siquiera rozado ni con el postrero franquismo, son capaces de señorear altivamente frente a no se sabe qué fantasmas y herederos sempiternos del franquismo como si hubieran resistido el bombardeo en alfombra en el alto del Mazuco; aguantado las cárceles o las torturas en la DGS; resistido a los grises a caballo o negociado las leyes de reforma política, amnistía y la Constitución de 1978.
«Sobrecoge que detrás de esos flautistas de Hamelín desfilen tantos que, por edad u oficio, sí deberían tener memoria y conocer la historia»
¿No se les mueve ni el rabo de la boina cuando piensan y recuerdan que aquellos que sí fueron víctimas y protagonistas de la reconciliación no tuvieron empacho en «compartir espacios» —como se viene diciendo con cursilería estomagante— conversación, acuerdo y vida civil y política con los «vencedores», ora auténticos ora supuestos a conveniencia? Claro que para recordar se tuvo que haber sabido, y no puede uno evitar pensar que tal no es el caso en muchos de quienes se han apropiado de ese banderín de enganche de la (mal) llamada «memoria democrática».
Lo grande no es este desahucio de la memoria reciente, del diálogo o del debate, de la tolerancia en suma hacia los distintos; lo que impresiona no es esta refracción frente a lo que tengan que decir o argumentar quienes muchas veces simplemente se limitan a poner algunos peros a los dogmas de fe, a una arcádica II República que pudo tener muchas más sombras que luces, o a las enseñanzas de un catecismo para el buen izquierdista que puede resultar perfectamente incompatible con los valores de nuestra hodierna democracia constitucional, si es que no del pensamiento progresista mismo. Lo que sobrecoge es que detrás de esos flautistas de Hamelín desfilen, impasible el ademán, tantos que por profesión, edad u oficio, sí deberían tener memoria y conocer de qué va, y ha ido, la historia.
Si uno visita el cementerio de Santa Isabel en Vitoria puede contemplar la lápida de Ignacio Hildalgo de Cisneros y López-Montenegro con el mismo epitafio que mantuvo en el cementerio de Bucarest hasta el año 1995. Si pasea por la localidad de Getafe, en Madrid, quizá se tope con el Paseo Ignacio Hidalgo de Cisneros, entre las calles Buenaventura Durruti, la avenida de Juan Negrín, la avenida Francisco Largo Caballero, el Paseo de Diego Martínez Barrio, la Calle de Rodolfo Llopis y la avenida Manuel Azaña, que enlaza, pasada la rotonda, con la avenida Adolfo Suárez.
La célebre calle del Capitán Haya en Madrid se llama ahora Calle del poeta Joan Maragall. Cosas de la (ley de) memoria democrática.