'Ritornello'
«La generación que hizo la guerra sabía que la culpa no era de un bando; sabía que la culpa se había ido cocinando lentamente hasta estallar y cubrir a todos»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hace 20 años, en el 70 aniversario del estallido de la Guerra Civil, publiqué una Tercera en el Abc titulada Las lágrimas de Aníbal. Cuentan las crónicas antiguas que después de cada batalla, Aníbal lloraba y lo hacía por todos los muertos, los cartagineses y los del enemigo, fueran romanos o tribus vecinas. Sus lágrimas no distinguían a unos de otros y todos le merecían el mismo respeto y provocaban el mismo dolor.
Supongo que un sentimiento así solo se podía conocer en la victoria porque, además de que en la derrota se está muerto y ya no puede uno sentir nada, la generosidad añade victoria al victorioso y su contrario solo añade venganza y por tanto vileza. Aníbal lloraba en silencio y quien haya conocido a supervivientes de la Guerra Civil, ha conocido el silencio, un silencio parecido al de Aníbal y contrario a la charlatanería, tan habitual hoy en día. Nadie hablaba porque habían conocido el horror. Sí, el mismo horror de Conrad: el que sumió a su generación y a las anteriores en el abismo. Como habían conocido el inquietante poder de las palabras: las palabras matan porque le abren camino a la muerte. Y ellos —de un bando y otro— callaban para no dejarles ese horror a sus hijos como herencia y que pudieran vivir en paz, sin pesos ni fantasmas.
«La justicia —o el afán justiciero— sobre el pasado es un torpe vicio de la naturaleza humana»
La generación que hizo la guerra sabía que la culpa —entonces aún existía la culpa— no era de un bando; sabía que la culpa se había ido cocinando lentamente hasta estallar y cubrir a todos, durante mucho tiempo, con su corrosiva viscosidad. Y esto no era equidistancia. No hace tanto, los programas de televisión sobre la guerra civil americana —1861-1869— acababan a bofetadas. Siglo y medio después y acababan a bofetadas. Se ve que la justicia —o el afán justiciero— sobre el pasado es un torpe vicio de la naturaleza humana. Pero acumular teorías es un modo de llenar el vacío que deja la muerte y ese vacío se arrastra todo el tiempo. De ahí puede salir literatura —buena y mala— o puede salir cualquier otro arte —bueno y malo—, pero de la reescritura de la Historia solo sale una deriva a lo Sísifo, venga a subir la piedra y vuelta a empezar.
Porque los hijos de los que hicieron la Guerra Civil supimos que una vez murieran todos sus protagonistas —cosa que ya ha ocurrido— llegaría la desmemoria y ahí la reescritura, la falsedad y la impostura bailan el minué. El olvido del horror enzarzaría el discurso público con aquellas palabras de poder inquietante y con el tejido del tapiz por el envés. Y ha pasado. Unas veces desde el resentimiento —inventado o no— y otras desde el cálculo. Lo que me recuerda algo que me dijo hace años un amigo de juventud: «Cuando entró el caballo, entró la mentira» y no se refería al de Espartero. Ahora no ha entrado el caballo de nadie, pero vivimos en la época del cálculo y el quedar bien en la foto y ganar seguidores como quien acumula ejércitos fantasmagóricos. Y una vez ha entrado el cálculo, la mentira es una generosa diosa a la que adorar: ayuda en todo y es la patrona de todas las estrategias.
La otra noche veía un programa en la televisión pública que debatía sobre la cancelación del congreso sobre la Guerra Civil, organizado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra en Sevilla. El presentador-moderador del programa afirmó sin moderación —al menos intelectual— que «en un bando estaban los demócratas» (sic) y «en el otro los fascistas» (sic). «Y eso está claro» remató tan satisfecho. 90 años después y con lo que hemos visto y estamos viendo, afirmar eso sin despeinarse ni avergonzarse daría para unas risas si no fuera sobre un asunto tan doloroso. Pero, sobre todo, tal afirmación equivale a subrayar que el título que sus organizadores dieron al congreso cancelado —1936: la guerra que perdimos todos— es acertado. Bastante más acertado que los argumentos de sus críticos y desertores.
Basta ver lo que ha desencadenado un recién llegado.