The Objective
Jasiel-Paris Álvarez

La izquierda masoquista y la derecha sádica

«Con la regularización de medio millón de inmigrantes, estamos entre una izquierda masoquista que sirve a los ricos y una derecha sádica que odia a los pobres»

Opinión
La izquierda masoquista y la derecha sádica

Ilustración de Alejandra Svriz.

Masoquismo es el placer de recibir dolor, sadismo es el de provocarlo. Y aunque sadismo y masoquismo parecen cosas contrarias, son dos mitades necesarias de un solo cuadro mental: el sadomasoquismo. Pasa igual con izquierda y derecha, también supuestos contrarios en el espectáculo de la democracia, pero partes inseparables de un mismo cuadro clínico.

Hay veces en que la izquierda es la sádica, ensañándose con la corrección política y la cancelación del disidente, incluso —o quizá especialmente— con el que proviene de sus propias filas, convirtiéndolo en hereje —peor, pues ni se le concede el posible perdón que el hereje puede recibir del religioso—. A veces la masoquista es la derecha, lamentándose de la pérdida de una sociedad conservadora, con valores como el esfuerzo o instituciones como la familia, mientras promueve un liberalismo (político, filosófico y económico) que ha protagonizado la destrucción de esa sociedad, esos valores y esa familia.

Sin embargo, esta semana con la regularización de medio millón de inmigrantes estamos entre una izquierda masoquista —que lo es porque sirve a los ricos— y una derecha sádica —que lo es porque odia a los pobres—. La izquierda masoquista vende como un logro proletario facilitarle la mano de obra barata a la patronal, mientras que la derecha sádica odia cualquier regularización, pero de la misma forma en que odia subir el SMI o prohibir los desahucios.

Es normal alegrarse, en lo personal, de que los inmigrantes irregulares pasen del trabajo clandestino a acceder a un contrato —si es que esto es cierto, porque en la práctica es pasar de una precariedad sin contrato a un contrato precario—. Sí entiendo que pueda haber tímidas razones para que se alegre el irregular, la gente de izquierdas y también las organizaciones de cristianos, que están (o deberían estar) más allá del burdo eje izquierda-derecha. Precisamente por estar fuera de ese eje, las asociaciones cristianas no deberían coincidir siempre con las derechas y, de vez en cuando, está bien que se mezclen con las causas de las izquierdas. Quizás yo preferiría que esta mezcla tuviese lugar en cuestiones como la vivienda y que la Iglesia animase directamente a tomar el látigo contra los mercaderes de alquileres, hipotecas e inmobiliarias. También estaría bien que alguna vez ocurriese al revés y fuese la izquierda quien, bajándose un poquito de su superioridad moral, apoyase a los cristianos en algún punto, como lamentar el aborto masivo por pretextos vitales-económicos (el mayoritario), que no es logro emancipatorio sino abominación tardocapitalista.  

Creo que no hay cristianismo peor que aquel que se centra en la moral sexual o en la pureza ritual mientras descuida las exigencias de la justicia social. Sin embargo, tampoco me convence el cristianismo «ONG» idealista y bobalicón de fronteras abiertas y manos unidas, que descuida el realismo político y la razón de Estado. Son también aparentes contrarios pero dos partes del mismo defecto. El pensamiento cristiano serio siempre ha sabido que el deber de acogida tiene por límite natural la capacidad de acogida. ¿Acaso puede un país en precariedad y decadencia laboral, social e infraestructural promover —en nombre de la acogida— una competición brutal entre nacionales y extranjeros por vivienda, salarios y servicios? Incluso los obispos más optimistas con la regularización, como Argüello, añaden a renglón seguido que esto no soluciona el enorme problema de la dificilísima integración sociocultural de los inmigrantes, ni la necesidad imperiosa de regular los flujos migratorios. No es posible resolver la cuestión de la inmigración masiva regularizando periódicamente todo lo que llegue.

«Curioso, por cierto, que los fachas en Italia estén haciendo la misma política regularizadora que los progres en España. ¿Será que unos y otros tienen los mismos amos?»

Incluso los más honestos entre la izquierda ven el problema. El economista consultado por el diario Público para cantar las alabanzas de la regularización confiesa que «hay segmentos donde la inmigración sí presiona a la baja los salarios y al alza la precariedad». ¡La inmigración como arma del capitalista contra el obrero no es una teoría de la conspiración de la ultraderecha! También Unai Sordo, entre celebraciones de CCOO, confiesa que las patronales «saben que las regularizaciones pueden ser una herramienta para tirar a la baja los salarios». Pero se confía en que más adelante podrán «evitarlo aplicando convenios colectivos». ¡Esto sí que suena a teoría de la conspiración!  

Confían en que los recién regularizados pasarán a militar en sindicatos que lograrán tales convenios colectivos, cuando la patronal recurre al inmigrante -regular e irregular- precisamente como alternativa al trabajador nacional. El inmigrante no pudo o no quiso optar por organizarse en su país de origen y generalmente ha venido aquí buscando una salida individual y no una lucha colectiva. La lógica de la izquierda masoquista es «regularización ahora, luego ya veremos cómo les damos derechos laborales» —derechos que van perdiendo incluso los de aquí—. Es como si en los antiguos EEUU esclavistas se celebrase que los barcos negreros descarguen legalmente su «mercancía», diciéndose «ya veremos en las siguientes décadas cómo abolimos la esclavitud».  

Nos puede alegrar que la izquierda comparta luchas con los cristianos, pero nos debe hacer desconfiar que los sindicatos las compartan con la patronal. El grueso de la izquierda parece haber entrado en una fase masoquista, sirviendo al modelo neonegrero de pauperización de las clases medias-bajas españolas, que solían ser la base electoral de dicha izquierda. Y digo «solía», porque comienza a bascular hacia ser base de la derecha sádica que recoge sus frustraciones y angustias.

La derecha sádica se inspira en Trump y sus redadas contra inmigrantes trabajadores y honrados, detenciones de niños, familias enjauladas y deportaciones humillantes con grilletes y cadenas. «Catapultas», como escribía Carlos H. Quero en redes sociales hablando sobre inmigración: lanzar a los inmigrantes de vuelta a su país, si hace falta con instrumentos de asedio medieval. Si la izquierda masoquista es aún reacia a coincidir con los cristianos, la derecha sádica es una fuerza abiertamente anticristiana, que llama «oligarquía» al obispado, «ciudadano» al Papa y «estercolero» hasta a la pequeña parroquia que refugie a un puñado de inmigrantes, y no por desprecio al extranjero —cosa ya de por sí grave—, sino por desprecio general a cualquier atisbo de justicia social, sea para extranjeros o nacionales.  

La derecha sádica promoverá el odio —especialmente al musulmán, cuando el 90% de los beneficiarios de la regularización son de las Américas—. La derecha sádica dirá que la pensión de la abuela se pierde en los 400 euros mensuales de un mena, no en los miles de euros diarios que se lleva el asesor del partido. La derecha sádica no quiere cerrar fronteras para que el trabajador nacional viva mejor, sino para que se vea obligado a vivir igual o peor que el inmigrante. La derecha sádica expulsará a los extranjeros que sobren, pero dejando a los que les sirvan a ellos, como hace la Meloni en Italia. Curioso, por cierto, que los fachas en Italia estén haciendo la misma política regularizadora que los progres en España. ¿Será que unos y otros tienen los mismos amos?

Publicidad