The Objective
Carlos Granés

Transición y trenes

«Para retomar la ruta de la modernidad habrá que dejar la batalla identitaria, el hechizo sectario y la política de trinchera»

Opinión
Transición y trenes

Ilustración de Alejandra Svriz.

Desde la otra orilla solía verse como un ejemplo, o mejor, como la demostración de que el mundo hispano no estaba condenado a la demagogia, al patrioterismo cutre, a la voz altisonante de conductores delirantes y autoritarios, ni a los sectarismos y dogmatismos ideológicos que envilecen y empobrecen. España se había sacudido de todas esas taras; había logrado democratizarse y modernizarse muy rápidamente, y esa aventura de la libertad y de las nuevas costumbres y valores también se había convertido en una veta rica para la cultura. En sus primeras películas, Pedro Almodóvar plasmó con mucho acierto y mucha gracia las vidas de hombres y mujeres lanzados de golpe, sin amortiguadores ni referentes familiares, a la aventura de la vida urbana y de la libertad cosmopolita. Como el taxista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, España empezaba a rodar a ritmo de mambo, con una estética estridente que acompañaba lo moderno como bien podía, rumbo a la integración con Europa y Occidente.

Desde la otra orilla, insisto, eso se veía como un fenómeno esperanzador. La Transición había secado los pozos de resentimiento, y las identidades políticas, esa forma de religión laica tan proclive a despertar y atizar odios, se había debilitado. Más importante para los ciudadanos era la modernización política, la modernización cultural y la modernización de las infraestructuras, y eso, en efecto, fue lo que primó el momento determinante. La Transición se convirtió en símbolo de la primera, Almodóvar, la Movida y toda esa generación de creadores españoles, en la segunda, y el tren, en la tercera. España se revelaba como un país de referencia. Había hecho virar a una sociedad forjada en el franquismo hacia la democracia, inventaba una cultura joven y vibrante, transgresora y libérrima, y sus carreteras y vías férreas eran el sueño del desarrollo concretado en la geografía nacional. 

La gran sorpresa es que todos estos logros, que parecían haber fijado la imagen de un país que salía metamorfoseado de una crisálida reaccionaria, se muestran hoy reversibles. La cultura, lejos de aquellos gritos libertarios y de ese desparpajo transgresor, se ha vuelto bienpensante y moralista, llena de lemas y causas, y además está con el poder y le canta al poder. Lo elogia, lo defiende y, peor aún, lo justifica. Repite la misma prédica, el mismo no pasarán cuando ya han dejado pasar al narciso con mayor predisposición al caudillismo y al trampantojo iliberal. La política española se ha convertido en un juego de estrategia plagado de marrulleros mentirosos y mediocres, de adictos al poder envilecidos como Dorian Grey, pero al revés. Se afean ellos a medida que embellecen sus discursos, porque en el trasfondo de sus palabras predomina el odio, las bajas pasiones, la cizaña, el desprecio al ciudadano. 

De los consensos necesarios que hacen avanzar las sociedades ya no hay ni sombra, solo nuevas identidades políticas, la del progresista y la del patriota, que son máscaras inútiles que solo sirven en el campo de batalla, en las trifulcas culturales y la guerra del relato. ¿Qué esperar de una política de ese calibre, identitaria y sectaria, chamánica, carroñera y ficcional? Lo obvio: que lo real y lo material se deteriore. 46 personas murieron en los trenes, y con esa imagen España saca un pie del primer mundo, desdice los augurios y coquetea con el peor destino latinoamericano: una política mediocre e infraestructuras aún peores.

Las evidencias están ahí para quien quiera verlas: Almodóvar, lejos de criticarlo, le declara su amor al poder, y la política, antes un asunto serio, de gente honorable, anda hecho un estercolero populista en la que a falta de ideas y de políticas públicas, sobran gestos, jugadas, narrativas, timos, tuits, culto al líder, alianzas suicidas, ataques a los pactos del 78 y degradación de cada una de las instituciones que garantizan la igualdad y la libertad del ciudadano. Para completar, el símbolo del desarrollo material español, los trenes, ahora está bajo sospecha. Que tiene arreglo todo esto, sin duda. Pero para retomar la ruta de la modernidad habrá que dejar la batalla identitaria, el hechizo sectario y la política de trinchera. Puede que ese escenario parezca lejano, pero tarde o temprano la gente se hartará de la mediocridad y la ineficiencia, de trenes impuntuales e inseguros, de las mentiras y el cinismo estratégico, y entonces revocará con su voto a esta estirpe populista para que un nuevo ciclo de desarrollo vuelva a empezar.

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