The Objective
Ricardo Cayuela Gally

Lecciones de la Guerra Civil

«Paz recordará que la guerra deshumaniza no solo al adversario, sino también a quien necesita convertirlo en abstracción para poder matarlo»

Opinión
Lecciones de la Guerra Civil

El premio Nobel de Literatura, Octavio Paz. | Wikimedia Commons

La guerra civil española fue para Octavio Paz una lección moral clave en su itinerario, la experiencia que le abrió los ojos y le permitió encontrar su lugar entre los grandes intelectuales del siglo XX. Paz llegó a España en 1937, junto a Elena Garro, con la que se casó precipitadamente para poder hacer el viaje juntos. Era un poeta joven, con tres libros publicados, compañero de ruta del comunismo, aunque crítico del arte comprometido.

Los hechos vividos durante su estancia —que podemos sintetizar en tres episodios— sembraron una inquietud, una sombra que tardaría años en madurar, pero que acabaría situándolo entre aquellos escritores para quienes la lealtad a una causa no debe imponerse a la verdad desnuda de los hechos.

Uno de esos episodios es la anécdota ligada al poema Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón. El poema está dedicado a José Bosch, amigo de Paz en la secundaria. Los padres de Bosch eran anarquistas catalanes refugiados en México desde los años 20. Mayor que él, Bosch le abre las puertas a la literatura revolucionaria. Al estallar la guerra, Bosch regresa a España y se alista como voluntario en las milicias antifascistas. Por una noticia confusa, Paz piensa que ha muerto combatiendo en el frente de Aragón. El poema participa del tono sacrificial de la literatura militante: el camarada cae «en el ardiente amanecer del mundo», imagen que condensa la fe en la violencia como partera necesaria de una humanidad nueva.

Sin embargo, como el propio Paz contará más tarde, durante un recital en Barcelona, en el otoño de 1937, descubre entre el público al propio Bosch, demacrado y perseguido. Bosch no había muerto en el frente, sino que vivía oculto por su militancia en el POUM, partido proscrito y perseguido por los comunistas. Poco después desaparecerá, y Paz asumirá que fue víctima de las purgas internas en la retaguardia republicana. El poema queda así atravesado por una doble falsedad trágica: ni el amigo murió heroicamente, ni el enemigo era quien el poema proclamaba. La elegía se transforma retrospectivamente en el testimonio involuntario de la ilusión ideológica y en una lección sobre el poder destructor de la ortodoxia. No era el fascismo quien mataba a Bosch, sino una checa comunista, como a Andreu Nin. (Tras años de investigación, Guillermo Sheridan descubrió que sí sobrevivió a la guerra, pero esa es otra historia.)

Un segundo episodio decisivo es la manipulación del Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia y Madrid en 1937 y del que Paz era el más joven de sus asistentes. El congreso, presentado como una defensa de la cultura frente al fascismo, funcionó en realidad —como ha mostrado Stephen Koch— bajo la influencia indirecta de las redes de propaganda soviética articuladas en torno a Willi Münzenberg. La consigna tácita era evitar cualquier crítica a la Unión Soviética, lo que equivalía a colaborar con el enemigo. En ese contexto se produce la condena pública de André Gide, autor de Regreso de la URSS y Retoques a mi regreso de la URSS, libros en los que denunciaba las contradicciones del sistema soviético. José Bergamín impulsa un manifiesto de repudio que los participantes son presionados a firmar. Paz, junto con Carlos Pellicer, expresa una resistencia tímida, pero finalmente cede y permite que su nombre figure entre los abajofirmantes. Según Sheridan, este episodio dejó una huella profunda en el nobel mexicano: siempre se lamentó de haber carecido de la fuerza moral necesaria para decir que no, para sublevarse ante el consenso obligatorio.

«Su experiencia española no produce una conversión inmediata, pero sí inaugura un largo proceso de desencanto que culminará en su ruptura con el comunismo en 1949»

Elena Garro ofrece en Memorias de España 1937 una mirada cruel sobre aquel joven Paz militante. Escrita medio siglo después de los hechos y como una forma de venganza contra su exmarido, el libro de Garro tiene, sin embargo, una especial importancia porque desnuda la doble moral de muchos de los defensores del bando republicano. Y también porque incluye algunos retratos deliciosos, como la incomodidad del joven homosexual Luis Cernuda en la homófoba Valencia republicana.

El ambiente del Congreso se refleja también en un episodio recordado por Garro y confirmado por otros testigos, como Stephen Spender en sus memorias: la parada en Minglanilla, durante el traslado del comité de intelectuales de Valencia a Madrid. Los escritores son agasajados con paellas y vino, discursos de las autoridades, retórica encendida; pero en cuanto se retiran los dirigentes, el pueblo se acerca a los restos del banquete a recoger las sobras. Garro convierte Minglanilla en un símbolo del divorcio entre la guerra vivida y su administración retórica por parte de las élites culturales.

La tercera enseñanza decisiva es el descubrimiento de la humanidad del enemigo, durante una visita a las trincheras de la Ciudad Universitaria de Madrid, que ya he relatado en estas mismas páginas. En un momento de aparente calma, Paz oye risas y voces procedentes del otro lado del frente. Al preguntar quiénes son, le responden: «son los otros». Los enemigos también tienen voz humana, también ríen, lloran, cantan y se lamentan. En Itinerario, Paz recordará este instante como una enseñanza definitiva: la guerra deshumaniza no solo al adversario, sino también a quien necesita convertirlo en abstracción para poder matarlo.

Estos descubrimientos no lo conducen a una renuncia a la causa republicana, a la que será fiel toda su vida, pero sí introducen una grieta irreversible, una salida a la lógica maniquea del debate intelectual. Es lo que trataron de hacer con la ponencia colectiva los jóvenes poetas de Hora de España, con los que Paz se identifica desde el principio (Ramón Gaya, Manuel Altolaguirre, Juan Gil-Albert…), como ha estudiado con lucidez moral Andrés Trapiello en Las armas y las letras.

A partir de estos episodios —la falsa muerte del camarada, la complacencia ante el consenso impuesto y la humanidad del enemigo— puede entenderse la posición singular de Paz frente a la Guerra Civil. Su experiencia española no produce una conversión inmediata, pero sí inaugura un largo proceso de desencanto que culminará en su ruptura con el comunismo en 1949, tras conocer las denuncias sobre los campos de concentración soviéticos por David Rousset, pero no con el socialismo democrático, como ha estudiado Enrique Krauze en El poeta y la revolución. España fue para Paz el lugar donde se revelaron las contradicciones entre ideal y realidad.

Paz se sitúa, así, en una tradición de escritores para quienes la Guerra Civil fue un bautizo de fuego contra… las consignas. Georges Bernanos, católico y conservador, denuncia el terror franquista en Los grandes cementerios bajo la luna, enfrentándose a los suyos y rompiendo el silencio ante la feroz e indiscriminada represión del bando nacional con los republicanos en Mallorca. George Orwell, militante antifascista, relata en Homenaje a Cataluña la represión estalinista contra el POUM y la manipulación de la verdad en la zona republicana, pagando ese gesto con el ostracismo de buena parte de la izquierda.

Paz no escribió una obra testimonial equivalente, pero su trayectoria intelectual lo emparenta con ellos. Como Bernanos y Orwell, aprende que la fidelidad moral exige, en ocasiones, traicionar a la tribu, decir no, dialogar con los otros. Y como ellos, entiende que la grandeza de la literatura de la Guerra Civil reside precisamente en quienes se atrevieron a mirar el horror sin excusas, incluso cuando ese horror procedía del propio lado. La experiencia española de Octavio Paz no es la del combatiente ni la del propagandista, sino la del testigo que descubre, apretando el puño izquierdo en el bolsillo, que ninguna causa redime la mentira ni el crimen, y que el primer deber del escritor no es obedecer, sino ventilar la casa. La península de las casas ventiladas, esa fue la España de la Transición. Esta semana ganaron terreno los de las casas vacías.

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