Sánchez y el pueblo español
«Mientras España lloraba con las víctimas de Adamuz, el presidente grababa un vídeo en inglés para mejorar su reputación en el mundo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El jueves pasado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decidió ausentarse del funeral por las 45 (ya 46) víctimas del accidente de Adamuz, una de las mayores catástrofes ferroviarias de España. Los familiares no querían que estuviera allí. Debe de ser muy difícil para cualquier ser humano sobreponerse a la evidencia de que toda esa gente que acababa de perder a sus seres queridos te detesta tanto que, ni siquiera en esas circunstancias tan extremas en las que el dolor lleva a la circunspección y el perdón, toleraban tu presencia junto a ellos.
Lejos de toda aflicción, el viernes Sánchez hizo público un vídeo en el que defendía en inglés la política migratoria de su Gobierno. No es demasiado arriesgado imaginar que, debido a la lógica preparación y entrenamiento que requiere la elaboración de ese video, el presidente lo hubiera tenido que ensayar, quién sabe si incluso grabarlo, casi coincidiendo con el momento en el que toda España compartía el pesar de quienes se reunían a rezar en Huelva.
Es indiscutible que el vídeo no estaba pensado para ellos. No estaba pensado siquiera para los ciudadanos españoles, puesto que fue emitido en un idioma que solo unos pocos conocen. ¿A quién iba dirigida, entonces, esa grabación? La respuesta es tan clara como cruel: a la gloria de Pedro Sánchez.
Sánchez está rodeado de suficientes asesores —muchos más que ningún otro presidente del Gobierno anterior— como para haber detectado con facilidad que la decisión de Sánchez de legalizar a medio millón de inmigrantes irregulares había tenido un considerable impacto en las noticias internacionales. De hecho, una de sus ministras lo destacó en cuanto pudo en una entrevista radiofónica: «Ha sido portada en The New York Times».
La medida iba a contramano de la política restrictiva de la inmigración ilegal que actualmente se impone en Estados Unidos y todos los países europeos. De ahí que el anuncio del Gobierno español causara sorpresa y levantara aplausos en los ambientes políticos y mediáticos de izquierdas en muchos países que no tienen otra cosa a la que agarrarse. Cómo debe de estar la izquierda en el mundo como para que una medida oportunista de Sánchez, movida por mero cálculo político interno, se convierta en un gesto noble y valiente a los ojos de quienes lo ven desde fuera.
«Es difícil entender el proceso mental por el que el máximo líder político de un país se siente autorizado a inhibirse de participar en ese homenaje y decide enviar a una representación»
Mientras se colocaban las sillas en el funeral de Huelva, en Moncloa se vio esa reacción internacional como una gran oportunidad de robustecer la imagen de Sánchez, muy maltrecha dentro de nuestras fronteras por la corrupción, la debilidad parlamentaria, los reveses electorales y la propia responsabilidad política del Gobierno en el accidente a cuyas víctimas se rendía homenaje a esa misma hora.
Es difícil entender el proceso mental por el que el máximo líder político de un país se siente autorizado a inhibirse de participar en ese homenaje y decide enviar a una representación. A mí me resulta imposible entenderlo y creo que es un gesto que pasará a la historia como uno de los más desalmados que haya protagonizado un dirigente de nuestro país.
Pero aún me cuesta más comprender cómo es posible que, en medio de ese terrible drama emocional, que debería ser también un drama personal por todo lo dicho anteriormente, a Sánchez le quedaran fuerzas para hacerse grabar en inglés un conjunto de consignas y frases hechas con las que cree que salva su imagen ante la historia.
No soy yo nadie para juzgar la calidad humana de alguien capaz de algo así. Pero sí es importante que los ciudadanos españoles nos preguntemos para quién gobierna hoy Sánchez. El presidente ha perdido el apoyo popular y sabe que nunca volverá a ganar unas elecciones, igual que sabe que no puede pisar la calle sin una descomunal escolta que lo proteja, como le ocurre a cualquier déspota. Pero da la impresión de que todo eso ya le da igual, que ya no trata de ganarse el favor de los españoles, que ya lo único que cuida es su nombre ante la historia. Y para eso es mejor dividir, quedarse con un puñado de fanáticos y arrogarse el papel de héroe y mártir que escuchar al pueblo español y sacrificarse o sacrificar algo de su propia e inmensa vanidad en pos de la unidad de la nación. O más sencillo aún: pensar alguna vez, aunque solo sea una vez, en para quién gobierna.