La derecha que reacciona
«Tomar lo reactivo a las políticas de ingeniería como algo negativo es comulgar con la religión del progreso, que no es más que la ideologización de un futuro obligatorio»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Leo en el diario oficial del sanchismo que el PP está muy mal porque no tiene ideas, y que vivir a la contra, por pura reacción al sanchismo, invalida para ser alternativa. La falta de innovación, de arriesgarse a incorporar ideas nuevas y rompedoras, es un defecto que los puede llevar a Moncloa sin saber qué hacer. Dos columnas más allá, o antes —qué más da—, se dice que Vox es la derecha «ultra» que ha innovado con el identitarismo patriótico y el populismo nacionalista. La conclusión es que el partido de Abascal, como el PP, también está inhabilitado para ejercer el gobierno. No importa que entre los dos saquen más de 200 escaños, según las encuestas. La moraleja es: ¡Viva el PSOE!
La equidistancia es muy práctica para nadar y guardar la ropa en el proceloso océano del análisis político. Ahora bien, resulta feo ocultar que las dos derechas abarcan todo el espectro de ideas contrario a la izquierda. En ese grupo diverso se agrupan conservadores, liberales y «patriotas» que tienen mucho en común aunque discutan.
La primera coincidencia es la reacción a la ingeniería política y social de la izquierda. De hecho, Burke sentó las bases del pensamiento conservador como respuesta al rodillo de la Revolución Francesa. La reacción al jacobinismo y a sus herederos autoritarios produjo, con vaivenes visibles en la Europa del siglo XIX, modelos de libertad y progreso que poco o nada debieron a los socialistas. Es más, cuando el socialismo fue real, no produjo nada más que miseria y muerte. A esto podemos sumar que el modelo socialdemócrata es el causante de la decadencia actual en términos geopolíticos, tecnológicos y culturales. Esta es la razón de que Trump, Putin y Xi Jinping se rían de la Unión Europea. Véase la cuestión de Groenlandia.
La reacción no es algo negativo, sino natural en el hombre y en las comunidades políticas. Tomar lo reactivo a las políticas de ingeniería como algo negativo no es más que comulgar con la religión del progreso que no es otra cosa que la ideologización de un futuro obligatorio. La tergiversación es tal que parece desconocerse que sin reacción al ataque a las libertades no hubiera habido Revolución Norteamericana en 1776. O que el «movimiento obrero» se construyó como reacción a la revolución liberal, industrial y tecnológica. No en vano, por ejemplo, la Nueva Izquierda de la última mitad del siglo XX se construye sobre la idea de la resistencia contra el capitalismo y su mentalidad.
«Es lógico que la sociedad conservadora y liberal reaccione frente al ataque a su modo de vida y al recorte de libertades del ‘wokismo’»
La política funciona así, como el flujo entre la acción y la reacción. Lean a Georg Simmel, que decía que los partidos en democracia se constituyen en oposición a otros, y que la hostilidad al adversario confiere cohesión interna y refuerza la identidad. Es lógico, por tanto, que la sociedad conservadora y liberal reaccione, por ejemplo, frente al ataque a su modo de vida y al recorte de libertades del wokismo. Es simplón pensar que el wokismo es justicia mal ejecutada. El planteamiento woke no nace solo. Es el resultado de las teorías críticas para «deconstruir» los fundamentos de la civilización occidental. Del mismo modo, la reacción soberanista se produce por la insistencia desde Bruselas en la disolución de la tradición identitaria de cada nación europea.
No es un fenómeno español, del PP y Vox, sino occidental. Estamos globalizados y esto no se debería desconocer. ¿O es que la derecha occidental no está creciendo como reacción a la asfixia que produce la hegemonía progresista en su feminismo contradictorio, en su política lingüística, en su cancelación a lo David Uclés, en su medioambientalismo absurdo, en la pérdida de identidad colectiva o en su distancia respecto a la gente de la calle?
Lo mismo ocurre con el liberalismo de Milei: ha sido una reacción al fracaso del populismo de izquierdas en Argentina. La izquierda lo tiene aquí por un «fascista», pero ganó las presidenciales y en octubre de 2025 obtuvo más del 40% de los votos. La recepción del modelo de Milei en las derechas españolas ha sido muy desigual, sin un encaje total en ninguno de los dos partidos y con ciertos complejos en parte del PP. Sin embargo, sí ha dado pautas para desmontar la idolatría del Estado y el peso de los ingenieros sociales. Desde luego, el proyecto de las derechas no está concluido; en política nada está nunca terminado del todo ni listo para gobernar. Por eso no conviene nunca desautorizar a la oposición.