The Objective
José García Domínguez

La izquierda quiere extinguirse

«Es peregrino pretender que el Estado del Bienestar saldrá reformado merced a seguir incorporando a cientos de miles de inmigrantes sin cualificación alguna»

Opinión
La izquierda quiere extinguirse

Ilustración de Alejandra Svriz.

Milton Friedman, que fue un gran economista liberal y también un gran cínico, dijo en cierta ocasión que la inmigración ilegal era muy buena para Estados Unidos, pero solo a condición de que siguiera siendo ilegal siempre. Y lo peor de todo es que llevaba razón. Friedman, autor al que la izquierda ilustrada debería leer, percibió, y ya a finales del siglo pasado, la contradicción radical e insalvable que existe entre la defensa ideológica del Estado del Bienestar, por un lado, y el no establecimiento de estrictas barreras de entrada para la inmigración de bajo nivel formativo, por otro. Porque ambas pretensiones, simplemente, resultan incompatibles entre sí. Una economía desarrollada, verbigracia la norteamericana, puede funcionar sin mayores problemas con políticas de gran permisividad migratoria, pero siempre y cuando sus prestaciones públicas gratuitas resulten ser mínimas o casi inexistentes (algo que se acerca bastante, por cierto, a la realidad institucional de Estados Unidos).

Y un Estado del Bienestar fuerte, uno capaz de corregir las desigualdades más injustas que siempre genera el libre mercado, también puede resultar políticamente viable, sí, pero únicamente bajo la estricta condición de limitar al máximo la inmigración de bajo nivel formativo. Lo que no resulta posible, al menos en el mundo de la realidad material y tangible donde habitamos los mortales, es lo que desea la izquierda española, a saber: tratar de acceder a los estándares públicos de Noruega por el procedimiento de incorporar al sector privado ingentes cantidades de mano de obra oriunda de Pakistán y similares. Eso no existe. Y ya pueden razonar como quieran los hermanos Garzón, Irene Montero, Pepe Álvarez o el presidente Sánchez, que seguirá sin existir. Al cabo, no hace falta haber pasado ni un solo día por alguna facultad universitaria de Economía para comprender lo absurdo del argumentario oficial de la izquierda en relación con esta última regularización masiva de ilegales.

«No por casualidad Vox es ahora la opción electoral preferida tanto por los trabajadores desempleados como por los autónomos»

Y es que si algo define la filosofía profunda del Estado del Bienestar, ese algo no es otra cosa que la transferencia de rentas con origen en los de más arriba y en dirección a los de más abajo. Y justo por eso, porque la dirección de la transferencia colectiva de rentas, el principio básico sobre el que se basa el sistema, va de arriba hacia abajo —no de abajo hacia arriba— lo muy peregrino de pretender que el Estado del Bienestar saldrá reformado en sus pilares merced a seguir incorporando a más y más cientos de miles de inmigrantes pobres y sin cualificación profesional alguna. Postular tal quimera equivale a una solemne declaración de bancarrota intelectual, pero también a un suicidio político. No por casualidad, un centro demoscópico tan poco sospechoso de sesgos derechistas como el mismísimo CIS acaba de certificar que un partido de extrema derecha, Vox, resulta ser ahora mismo la opción electoral preferida tanto por los trabajadores desempleados como por los autónomos que perciben menores ingresos y, más en general, por el grueso de los encuestados que se reconocen a sí mismos dentro de la categoría de «pobres».

Nada remotamente parecido había ocurrido jamás a lo largo de toda la historia de la moderna democracia española. Y es que, como desde hace años viene ocurriendo en lugares como Francia o Italia, la izquierda representa cada vez más a los perfiles sociológicos cuyo paradigma encarna la siempre irritable Irene Montero (graduados universitarios que se reconocen en valores tolerantes; de mentalidad muy cosmopolita, refractaria casi por instinto a cualquier seña de identidad nacional, y ajenos en su desempeño laboral cotidiano a las ocupaciones de tipo manual donde predominan los inmigrantes).

Eso que queda de la izquierda en la nueva centuria viene a ser algo así como el partido de la baja aristocracia, la de los hidalgos, en el Antiguo Régimen. Nadie se extrañe demasiado, pues, ante esa acelerada huida de los sectores genuinamente populares de la población autóctona hacia las filas del populismo ultra. La izquierda quiere extinguirse. Y ya está a punto de conseguirlo.

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