Citas memorables y el poder de los idiotas
«Puente ha demostrado ser un auténtico idiota, en el sentido original de la palabra, el de quien solo piensa en sí mismo, como su jefe, y le importan un rábano los demás»

El filósofo José Ortega y Gasset.
«Las ideas van muriendo en los recodos de la historia como mueren las especies zoológicas». Recordaba yo esta frase de Ortega y Gasset, escrita en su juventud cuando estaba inicialmente fascinado por el despertar del socialismo, al que no tardó en renunciar. La escribió en un artículo publicado en El Imparcial, periódico ligado a su familia, en elogio del fundador del Partido Socialista (Pablo Iglesias), y de un reciente éxito electoral suyo. Corría por entonces el mes de mayo de 1910, año decisivo para la historia y la vida del gran filósofo. Fue cuando se casó con Rosa Spottorno, y ganó también la cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid, vacante por la defunción de Nicolás Salmerón un par de años antes. Este había sido ministro en la Primera República y presidente del Poder Ejecutivo de la misma durante poco más de cinco meses. Dimitió por negarse a firmar unas penas de muerte contra militares que apoyaron el movimiento cantonal.
En la fecha en que publicó la mencionada frase, Ortega creía que el socialismo era una ciencia, «no una utopía ni una grosería», capaz de ofrecer solución a los problemas políticos de la época. Pero en ese mismo artículo, al hablar de la importancia de las ideas en política, él mismo advertía de su previsible evolución: «Encienden revoluciones, informan los códigos, guían los corazones perplejos durante algún tiempo; luego pierden su energía plasmante, se embota su capacidad de hostigar, desaparecen como fuerzas sociales».
Las ideas en política, como en cualquier otra actividad humana, no triunfan necesariamente, y me atrevería a decir que solo lo hacen en muy raros casos. Pero no han de lograrlo en ninguno cuando en realidad no existen. El deterioro de la clase política en las democracias, incluidas las más avanzadas, la mediocridad de sus gestores, el exceso de la avaricia de muchos y la desvergüenza de su comportamiento plantean serios interrogantes sobre el futuro del sistema mismo, enfrentado a un cambio civilizatorio de colosales dimensiones. Y por remedar la clásica definición de nuestra historia, un nuevo fantasma recorre Europa: la desaparición y el agotamiento de los partidos progresistas democráticos, sustituidos por el aventurerismo ineficiente e indeseable de un puñado de ambiciosos aficionados. Con la consecuencia ya apuntada: desaparecen como fuerzas sociales capaces de modernizar la convivencia.
Al margen de los chascarrillos, las injurias, y las gilipolleces que nos regalan algunos protagonistas de la actual gobernación de España, en el poder o en la oposición, la pregunta frecuente en las tertulias de nuestro país es sobre cuál será el futuro previsible que aguarda al partido fundado por Iglesias (me refiero al auténtico, no a la copia). La fulgurante desaparición de los partidos socialdemócratas europeos, donde solo el laborismo británico y el desvergonzado sanchismo parecen resistir por el momento, justifican la pregunta. No es cuestión baladí que un porcentaje creciente de antiguos electores de izquierda, incluidos los comunistas, hayan decidido progresivamente apoyar a formaciones de la extrema derecha, presente o compañera en el poder de varios países de la Unión Europea. Y es una tendencia en aumento.
El modelo europeo de Estado del bienestar, del que sus ciudadanos nos sentimos tan orgullosos, fue inicialmente un invento alemán y se consolidó tras la guerra mundial gracias al entendimiento y el turno en el poder de dos partidos centrales: la democracia cristiana y la socialdemocracia. Sobre ambas se construyó una estructura capitalista cuyos excesos y desigualdades trataban de paliarse mediante medidas de protección, leyes fiscales, acuerdos sindicales y mejoras educativas. La globalización del capitalismo financiero y los excesos del neoliberalismo económico fueron el primer importante aviso de que el modelo podía fracasar.
«Es más que preocupante la deficiencia intelectual de unos políticos que atienden al relato antes que a la búsqueda de la verdad»
El envejecimiento de la población, la necesidad de la mano de obra inmigrante y las desigualdades, violencias y hambrunas al sur del Mediterráneo son condicionantes añadidos que suscitan crecientes dudas y temores en las clases medias europeas, abandonadas en gran medida por los partidos centrales. En este marco, la irrupción de la sociedad digital, el retraso de nuestro continente en la carrera tecnológica, y la ausencia del pensamiento crítico y complejo suponen un ambiente envenenado para el desarrollo y futuro de las jóvenes generaciones, que además han dado la espalda a la cultura del esfuerzo.
La Transición española, desacreditada y traicionada por el sanchismo, el zapaterismo y los independentistas irredentos, fue un ejemplo de colaboración y acuerdo entre las formaciones centrales de la política y una auténtica reconciliación entre perdedores y ganadores de la guerra civil y sus herederos. Para el PSOE, la renuncia formal al marxismo que Felipe González propuso (y rehusó encabezar el partido hasta que este la aprobó), constituyó un hito histórico de modernización y progreso para el propio partido. Por eso hoy es más que preocupante la deficiencia intelectual de unos políticos que atienden al relato antes que a la búsqueda de la verdad. Primero reinterpretando lo peor de nuestro pasado en nombre de la llamada memoria democrática.
Quienes la promueven son culpables o ignorantes, porque la memoria es infiel: «No solo borra y confunde, sino que, a veces, inventa para desorientarnos». Así lo expresaba en una crónica, Desde el mirador de la guerra (1938), Antonio Machado, recordando la admiración que le produjo a sus 13 años un discurso del propio Pablo Iglesias al que asistió casualmente en el Retiro. El cajista de imprenta que fundó el PSOE y se carteaba con Engels fue un temprano seguidor del marxismo, pero su elocuencia y su comportamiento democrático merecieron la admiración de quienes, a derecha e izquierda, no pensaban como él. Entre otros, además de los ya citados, Gregorio Marañón y Miguel de Unamuno.
Traigo a colación estas citas al tiempo que contemplo los debates y comparecencias de nuestros políticos tras el desgraciado accidente de los trenes. No me asombra, pero no dejo de lamentarlo, el oportunismo a derecha e izquierda a la hora de adjudicar responsabilidades y culpas y la miseria moral, política e intelectual de muchos de los protagonistas. Sánchez fue responsable de no declarar la emergencia nacional a consecuencia de la dana, para luego salir huyendo despavorido ante la violencia verbal de los damnificados, abandonando además al jefe del Estado; Mazón un desvergonzado explícito, sin decencia ninguna, a la hora de no explicar y hasta ocultar su comportamiento y ausencias durante la tarde de la tragedia; incluso Feijóo claudicó durante meses a las exigencias o conveniencias del electoralismo partidista protegiendo al presidente de la Generalitat sin obligarle a dimitir ni abrirle una comisión gestora en el partido.
«Los responsables políticos del desastre, dada su incompetencia, no se sienten para nada concernidos y la culpa es de los demás»
Pero todos los récords los ha batido el ministro Puente, adulado y defendido sin matices por el presidente del Gobierno. El responsable de Transportes ha demostrado ser un auténtico idiota, en el sentido original de la palabra, el de quien solo piensa en sí mismo, como también su jefe, y le importa un rábano lo que suceda a los demás. Pero también en el más popular, que sirve para designar a un tonto, tan engreído que no solo es incapaz de reconocer sus errores, sino que presume de haber hecho las cosas muy bien. Para desternillarse de risa. En el relato de estas dos desgracias existe un común denominador: los responsables políticos del desastre, dada su incompetencia y falta de rigor en el empleo, no se sienten para nada concernidos y la culpa de lo sucedido es en cualquier caso de los demás.
Muchos electores y militantes del Partido Socialista deberían reflexionar sobre esta deriva hacia el naufragio que las políticas de sus dirigentes y sus agradecidos o remunerados colaboradores vienen consintiendo desde que el partido perdiera las últimas elecciones generales. Por mi parte decidí escribir estas reflexiones después de leer un encomiable artículo de un socialista que piensa, al igual que otros muchos, pero que permanecen silenciosos por el momento. Me refiero a Manuel Cruz, merecedor de ser citado junto a los otros eximios intelectuales que menciono en esta pieza. En su nota reclama una actitud más valerosa y coherente de muchos socialistas que callan pero no apoyan. Critica por lo mismo que se pueda considerar que forman parte de un mismo bloque progresista las fuerzas nacionalistas e independentistas; y señala que si el sistema democrático está en peligro «no parece que quienes mejor nos pueden ayudar a defenderlo sean los que perpetraron un (tan fugaz como ridículo) golpe de Estado en 2017, violentando la legalidad vigente».
Los entusiastas del relato, remunerados en la Moncloa o en algunas redacciones obedientes, no cesan de cancelar a los mejores pensadores de nuestro país. A cambio, sus jefes contratan expertos e influencers que les traten de garantizar la permanencia en la política y en algunos de sus negocios. En definitiva, somos víctimas del poder de los idiotas. Y ya Marta Nussbaum nos recuerda que el propio Sócrates «en una democracia adepta a la retórica, acalorada y escéptica ante la argumentación, perdió la vida por su compromiso con la mayéutica». Es decir, el diálogo con los otros. Si permitimos que esa historia se repita, las víctimas seremos todos.