Tanizaki, el imperio de las sombras
«En el libro de relatos ‘Cuatro casos criminales’, el escritor japonés asombra y desasosiega al lector llevándolo hasta los abismos interiores de los personajes»

Junichiro Tanizaki en 1951. | Wikimedia Commons
En 1933, Junichiro Tanizaki (1886-1965) publica un breve ensayo bajo el título de El elogio de la sombra (Siruela, 1994) que advierte de una profunda diferencia en cuanto a la percepción de la luz y la sombra en torno a la belleza. Elogio, por cuanto es en los claroscuros, no en la luminosidad resplandeciente —tan querida al concepto de belleza en Occidente desde la Antigua Grecia— en donde se encuentra el ser, al menos en la tradición japonesa, al otro lado de la percepción de la realidad, en la sombra, lo que ensombrece y alumbra, tenue y misteriosa, una mirada hacia las cosas enriquecida, mágica.
Como ejemplo de los que aparecen en el ensayo, tomemos uno, los trajes del teatro Nō, un escenario deslumbrante en medio de la inquietante oscuridad de sus personajes. El espacio vacío. Lo que se proyecta en la imaginación del lector, del espectador. La belleza como un imponente claroscuro.
La obra literaria de Tanizaki, de manera especial la narrativa, compuesta de novelas y relatos hoy le sitúa entre los clásicos de la literatura japonesa y, desde luego, mundial. Valgan solo dos ejemplos, de tantos, como son La llave (1956, Muchnik, 2002, Siruela, 2014) y Diario de un viejo loco (1961, Siruela 2014) de notable influencia en tan grandes escritores nipones como fueron Yukio Mishima y Yasunari Kawabata.
La editorial Satori publicó el pasado año una recopilación de cuatro relatos de Tanizaki, Cuatro casos criminales (Satori, 2025, traducción de Rumi Sato y Prólogo de Marta Marne), que contienen y reúnen la quintaesencia de su interés por la novela policial o de detectives. Son cuatro casos de una perturbación interior desquiciante que atraen la atención del lector. En los cuatro casos, más cercanos al abismo que a la cordura, los personajes que aparecen surgen de esas sombras descritas como modulaciones de la realidad, como huecos de una realidad soñada, como estigmas de unas psicologías grotescas unas, terroríficas otras. Son relatos góticos con atmósfera japonesa, mejor, con características japonesas.
Uno se limita a leerlos con el asombro, el desasosiego y la admiración. Sin más. Otros sabrán más de Tanizaki, a uno le queda la mera lectura. Ambientes claustrofóbicos, visiones extrañas, conversaciones inquietantes, tramas enrevesadas sumamente inteligentes que brindan al lector la oportunidad de seguirlas y aventurarse a descifrar el desenlace. De los Cuatro casos criminales, el segundo que compone el volumen, Por el camino es un desafío al lector, un reto al avezado experto en Conan Doyle y un curso de introducción a esas características japonesas, por lo que tiene de recordarle al lector occidental cómo en Extremo Oriente, Japón, China, Corea, Vietnam, el camino más corto entre dos puntos es el círculo (quizá concéntrico o quizá la espiral).
«Lo relevante es cómo alcanza a fundir en un mismo texto la presencia occidental con la más genuina tradición japonesa»
En el imprescindible Prólogo, Marta Marne recuerda. «La influencia de los escritores occidentales en la Era Meiji fue más que notable, pues la apertura de Japón tras dos siglos de aislamiento impulsó la modernización de su literatura y permitió a los escritores japoneses incorporar y reinterpretar fórmulas extranjeras que ampliaban sus posibilidades narrativas». Traductor, Tanizaki conocía muy a fondo la obra de Poe, y sentía muy cercana la estética de poetas como Baudelaire, y escritores como Gustave Flaubert y Oscar Wilde.
Lo relevante es cómo alcanza a fundir en un mismo texto esta presencia occidental con la más genuina tradición japonesa, desde la vertiente narrativa, como subraya Marne en este aspecto, Tanizaki «adaptó el Genji Monagatari de Murasaki Shikibu al Japón contemporáneo, una experiencia que inevitablemente se filtró en su forma de escribir». Es decir, si estos nombres algo indican en el estilo de Tanizaki es que su búsqueda literaria, su creación de ficción le otorga una especial atención al estilo. El suyo es sumamente directo, se ha escrito, elegante, sin duda, logra crear en el lector lo anhelado: una atmósfera real e irreal a base del juego y el orden de las palabras. Buscadas, cuidadas, mimadas, y así alcanzar una prosa tan singular como ecléctica. El atractivo de la trama, sería un buen ejemplo en el relato El ladrón, donde combina con un recurso, que años más tarde utilizaría, y de qué manera tan innovadora para Occidente, Agatha Christie en El asesinato de Roger Ackroyd.
Léanlo, no terminarán de asombrarse. El gótico, no se sabe si flamígero, del libro se encuentra en el titulado El caso del baño Yanagi o se le va de las manos o es puro surrealismo antes de su tiempo. Todo en él, salvo el arranque, es delirante, una pesadilla que se cuenta como quien te comenta el tiempo que hizo ayer. Esa tensión entre la razón y lo irracional, la presenta Tanizaki como un hecho rutinario, he ahí su capacidad de llevar al lector hasta los abismos interiores de los personajes. Algo similar ocurre en el que cierra el libro, Diablos a la luz del día, otro ejercicio al límite, otra perversión cuyas sombras, psicológicas y físicas recrean la belleza, siniestra y delirante, en una oscura cámara de sombras y terror.