The Objective
Marcelo Wio

El espejo es implacable

«Transfieren al oponente sus instintos no tan inconscientes, aunque sí inconsistentes con la democracia: el prejuicio como ideología, el impulso totalitario»

Opinión
El espejo es implacable

Ilustración de Alejandra Svriz.

Uno ve lo que al sujeto le desborda. Pero somos incapaces siquiera de imaginar aquello que cada cual ve ante el espejo: quién es uno cuando no tiene las leves coartadas de lo social, del bullicio, de las hilachas de una justificación de asentimientos o de conflicto. Uno sin nadie más que uno, sin los gestos y reacciones que busca su verborrea rabiosa.

Qué verán, pues, las Irenes Montero, los Iglesias, los Pedro Sánchez de la vida; qué verá en la intimidad un Zapatero; y sus correveidiles, sus aduladores. Qué miedos, qué vergüenzas, envidias; qué precariedades de la confianza, qué primordiales pulsiones. 

Ni más ni menos que aquello que proyectan en el supuesto enemigo —aquel que no acata, que no se somete a sus caprichos devenidos en cosmovisión—: la reproducción cabal del reflejo de sus implacables espejos privados.

Transfieren al oponente, creyendo fabricar un ideal negativo para postular su superioridad moral, sus instintos no tan inconscientes; aunque sí inconsistentes con la democracia: el prejuicio como ideología, el impulso totalitario, el sustrato retrógrado.

Como en las culturas políticas y sociales occidentales el prejuicio, y todo lo que este trae aparejado, es visto de manera negativa, interpretado como un obstáculo anacrónico, Rafael de Brito y Berenice Carpigiani postulaban en La psicodinámica del prejuicio: revisión bibliográfica que se puede lograr expresar libremente el prejuicio adaptándolo a las normas sociales.

No hace falta mucho más que un eslogan repetido y arrojado contra las acciones y el discurso del rival. Incluso, sobre el silencio. «Facha». «Casta». «Machista». «Sionista». Apenas añadirles a continuación otro término que funcione como aumentativo y explicativo: «asesino», «capitalista», «opresor». Y repetirlo hasta el cansancio; llenar de ruido el inconsciente colectivo con la imparable regurgitación de agravios, difamaciones y delirantes mistificaciones. Esto es, convertirlo todo en una sustitución del argumento, de la razón: meras cortinas de humo, polarizaciones y engaños convenientes.

Continuando con Brito y Carpigiani, citaban el trabajo A justification-suppression model of the expression and experience of prejudice), donde se apuntaba que «una justificación es cualquier proceso psicológico o social que puede servir como una oportunidad para expresar prejuicios genuinos sin sufrir sanciones externas o internas».  

Esto es, ejemplificado por Montero o Belarra, y Podemos y tantos a la izquierda de la izquierda —apenas a la siniestra junto a la ultraderecha—, cómo el antisemitismo es tal oportunidad: a lomos del ancestral odio, se persiguen devaneos absolutistas; se apoyan tales regímenes, se busca su calor «amigo».

Y aquí, precisamente, en esta justificación de las dictaduras, en su admiración juvenil, en su relación de, tantas veces, conchabada complicidad, delatan, para quien no quisiera verlo antes, el reflejo del espejo. Porque estas torpes transferencias evidencian, como un fondo de ojo, precisamente aquello que los sujetos creen esconder tan eficazmente detrás del reflejo especular: los acuerdos inconfesables, la bolsa opulenta, la idea perversa, la ambición desmesurada, la bajeza sin subsuelo, las primordiales, y tantas veces violentas, vehemencias que los gobiernan.

Es el momento de, como cuando el protagonista de la película American Splendor se miraba por la mañana frente al espejo, el público debería decir aquello de, «bueno, ahí tenemos una decepción segura», cada vez que Montero, Iglesias, Belarra, Sánchez, Marlaska, Bolaños, Rufián, Díaz, Zapatero, y tanto mediático mimo del poder, dicen los mismos engaños, las mismas proyecciones. Esas falsedades que, como en la novela La isla de los pingüinos, de Anatole France, utilizadas como pruebas, como acusaciones fraudulentas, porque son más valiosas que las verdaderas porque trasladan «a las mentes a un mundo ideal y las alejan de la realidad que, en este mundo, ¡por desgracia!, siempre es imprecisa». El mundo de la proyección y el beneficio de quienes las postulan.

Una proyección que se transforma en lo que Thomas Sowell denominaba la «visión de los ungidos»: una visión, predominante de nuestro tiempo que ofrece «un estado especial de gracia para quienes creen en ella. Quienes aceptan esta visión no solo se consideran correctos desde el punto de vista factual, sino también moralmente superiores». De manera que los «ignorantes», los «herejes», deben ser identificados claramente como grupo. 

En eso llevan los últimos años. En eso siguen. Porque eso son. El espejo, el sujeto, el reflejo y la proyección están a la vista. 

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