The Objective
Jorge Mestre

Sanchecizar España

«Ningún tirano gobierna solo. Siempre conquista primero a una parte de la sociedad. Y cuando se quiere reaccionar, ya no queda sociedad, solo público»

Opinión
Sanchecizar España

Ilustración de Alejandra Svriz.

Sanchecizar España es algo más que gobernar mal. Es gobernar transformando el marco mental del país sin que se note el cambio de decorado. No es un golpe, es una deriva. No es un decreto, es una atmósfera. No es la imposición, es la costumbre. Así se sovietiza una sociedad moderna: poco a poco, con palabras amables, causas nobles y enemigos cuidadosamente seleccionados.

Sanchecizar España es convertir un país en un relato con goteras. Nada se arregla, pero todo se explica. Nada funciona, pero todo «se está trabajando». Y si alguien pregunta, se le ofrece un culpable: la derecha, la ultraderecha, el juez, la fachosfera, el algoritmo… o la lluvia. La lluvia es el nuevo sabotaje reaccionario.

Los trenes son el ejemplo perfecto. Andalucía, casi incomunicada por ferrocarril, como en los años ochenta. El Talgo eterno, el bocadillo envuelto en papel de plata y la resignación como política pública. La alta velocidad ha mutado en velocidad ideológica. Se mueve rápido el discurso, no la locomotora. Y comparece el ministro incapaz de comprometer una fecha para recuperar el servicio normal. No hay plazos. No hay responsabilidades. Hay explicación.

¿La causa? El cambio climático. Lo dice solemnemente el Gobierno, como quien revela un misterio teológico: que las infraestructuras fueron concebidas con «parámetros pretéritos». Curioso fenómeno este del clima. La vía se rompe justo donde los usuarios llevaban años avisando de que algo no iba bien. Qué puntería tiene el CO2.

Y si no es el clima, es Rajoy. Mariano Rajoy como fantasma con mando a distancia. Rajoy como responsable universal del óxido, la maleza, el mantenimiento ausente y hasta del pitido triste de los frenos. Ocho años de sanchismo con récord de recaudación fiscal, récord de deuda, récord de fondos europeos… y la herencia sigue fresca como el pan del día. La herencia, en la España sanchista, no prescribe.

Porque sanchecizar es también un estilo. Una forma de hablar en la que cada frase suena a discurso histórico aunque trate de tapar una fuga de agua. Una solemnidad permanente, como si cada rueda de prensa fuera la firma de la Constitución y no la enésima prórroga de un problema que nadie se atreve a resolver porque no da votos apretar un tornillo.

«Jóvenes que pueden abortar o tomar decisiones irreversibles sobre su cuerpo, pero no interesa que accedan libremente a las redes»

Y cuando no se gobierna, se regula la conversación. Llega la batalla contra los «bulos». El Gobierno que más ha retorcido el lenguaje se erige en árbitro de la verdad. El mayor propagador de consignas dispuesto a combatir la desinformación. Es como poner al pirómano al frente del parque de bomberos y pedirle el parte de incendios.

Después, la siguiente pieza. Prohibir las redes sociales a los menores. Puede haber debate, claro. El scroll infinito es una tragaperras emocional. Pero Sánchez no habla de salud mental juvenil. Habla de algoritmos, control, rastreo, responsabilidad penal de plataformas, su cruzada contra el llamado «salvaje Oeste digital».

Ahí aparece la contradicción que delata la intención: los jóvenes pueden abortar o tomar decisiones irreversibles sobre su cuerpo, pero no interesa que accedan libremente a las redes. ¿Por qué? Porque la juventud es hoy uno de los grandes caladeros de voto crítico con el poder. La generación que ha pasado de entonar el Bella ciao a desconfiar de los que mandan. No se trata tanto de proteger a los menores como de administrar lo que ven, lo que oyen y, sobre todo, lo que pueden llegar a pensar.

Sin embargo, el ciudadano real —el del alquiler que sube, la compra que duele, el tren que no sale— no entra en la épica. Eso es prosa. Y aquí han venido a escribir el guion.

Sanchecizar España es también una psicología: confundir resistir con gobernar. Aguantar como programa. Sobrevivir como ideología. Cada crisis es una oportunidad… de polarizar. Sin enemigo, no hay relato. Sin relato, se oye la realidad.

Es avanzar hacia el comunismo sin llamarlo comunismo: tutelarte, cuestionar la patria potestad, desacreditar a los jueces, blanquear a delincuentes útiles, pactar con independentistas y herederos políticos de ETA, y presentar todo ello como progreso. Gobernar solo para una parte del país y llamarlo democracia avanzada.

Y mientras tanto, los casos de corrupción orbitan alrededor del poder y del partido gobernante. Familiares, entornos, rescates dudosos, empresas fantasma. La respuesta siempre es la misma: victimismo, ataque al juez, señalamiento del mensajero. La pregunta se convierte en delito.

Lo más inquietante no es el método. Es el aplauso. Que haya gente dispuesta a tragarse las consignas a cucharadas soperas, a repetir el argumentario como si fuera pensamiento propio. A justificar cualquier cesión, cualquier mentira, cualquier atropello institucional, siempre que venga envuelto en palabras bonitas.

La historia es clara al respecto. Ningún tirano gobierna solo. Siempre conquista primero a una parte de la sociedad. La seduce, la convence, la intoxica. Y cuando se quiere reaccionar, ya no queda sociedad, solo público.

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