The Objective
José Luis Pardo

La tetera rota y la paradoja del mentiroso

«Lo contrario de esta lógica de la poesía es cuando se da una serie de explicaciones portentosas para construir un relato cuyo fin es impedir que vea la luz la verdad»

Opinión
La tetera rota y la paradoja del mentiroso

Ilustración de Alejandra Svriz.

A menudo suponemos que nuestros antepasados de la Antigüedad y del Medievo eran más inocentes (si queremos alabarlos) o más ingenuos (si queremos denigrarlos) que nosotros, porque creían en prodigios y maravillas que la modernidad ilustrada ha desterrado tanto del mundo físico, regido por las leyes de la naturaleza descubiertas por la ciencia, como del mundo social, que obedece a las reglas del derecho por cuyo cauce discurre la política. Una de las razones de esta errónea imagen de nuestros predecesores (errónea porque todos los hombres se hacen ilusiones muy parecidas y comparten los mismos grados de lucidez y de tontuna) es que, como observó Walter Benjamin, en esas historias de magias y milagros los hechos portentosos se narran sin precaución, explicación ni justificación alguna, de la misma manera que se describe el agua que mana de la fuente o el paso fatigado del buey en la faena del arado. Y eso nos da a nosotros la impresión de que nuestros ancestros consideraban la existencia de demonios, brujas y ángeles de la guarda como fenómenos ordinarios y corrientes. Pero claro está que no es así.

Los fundadores de la estirpe de Homero saben que lo extraordinario, a diferencia de las atracciones de feria, solo puede contarse sin alharacas ni aspavientos y, sobre todo, sin explicaciones, porque la explicación cancela el asombro y el terror y nos oculta lo excepcional, que es justamente lo que no se deja explicar. Y este saber no solo es patrimonio de los grandes narradores del pasado, sino que aquellos que en nuestros días han heredado su arte, pese a ser conocedores de las leyes de la naturaleza y cumplidores de las del derecho, obran con la misma discreción y sencillez cuando tratan con lo maravilloso, aunque ahora la poesía sea un género literario. 

Uno de los maestros de este género en nuestra lengua, José Ángel Valente, me contó su primera visita a las hermanas Zambrano (María y Araceli) cuando vivían en los dominios franceses de los montes del Jura. Después de describirme una serie de detalles del ambiente cotidiano en el que se vivía en la casa, añadió que le insistieron para que subiera al piso superior, en donde se amontonaban los numerosos miembros de la corte felina que siempre acompañó a las dos mujeres durante su exilio tras la Guerra Civil; pero él se negó en redondo. Sin gesto alguno que delatase un sentido figurado o falta de seriedad, confesó que sabía que, si cruzaba el umbral de la sala llena de maullidos, quedaría inmediatamente convertido en gato, porque aquellos aparentes animales no eran sino todos los hombres embrujados y reducidos a la felina condición que, incautos, habían subido a la estancia superior para ya nunca más poder escapar de ella ni recobrar su figura humana.

Otro poeta de nuestro tiempo, Félix de Azúa, me relató una escena de cuando, en su condición de director del Instituto Cervantes de París, recogió en su hotel al mismo Valente para acompañarle a recibir un galardón que se le había concedido en la capital francesa. Cierto es que Valente acababa de salir de una operación a corazón abierto y quizá estaba todavía confuso. El caso es que, cuando consiguió subirle al taxi, Azúa tuvo con Valente la siguiente conversación (que el primero reprodujo ante mí sin la menor intención de broma o exageración):

Perdóneme, joven, ¿me ha dicho usted que se llama…?

Félix de Azúa

—Muy bien. ¿Y yo me llamo…?, —dijo el premiado, como quien pregunta la hora.

Ninguno de los dos tuvo que hacer antes de su relato advertencia alguna sobre la diferencia entre la realidad y la ficción, entre el sentido recto y la metáfora o entre la literatura y la vida, porque es precisamente esa ambigüedad la que se precisa para que se abra paso lo extraordinario como una evidencia insólita. Y así también, sin cautelas acerca de la distinción entre lo religioso y lo laico, entre los creyentes y los agnósticos, entre los fieles y los infieles, con la misma discreción y la misma sencillez, fue como Liliana Sáenz de la Torre dijo el 29 de enero pasado en Huelva que los fallecidos en el accidente ferroviario de Adamuz duermen ahora en los brazos de la Virgen y que es una madre que los quiere quien los mece en su regazo. Para asentir a esa imagen no hace falta ser cristiano, ni ingenuo ni inocente, sino únicamente no ser un mal nacido. No es que sea verdad, es que no puede ser una mentira.

Lo contrario de esta lógica de la poesía es lo que ocurre cuando, con toda suerte de alharacas y aspavientos, pero con mucha peor intención que en las atracciones de feria (porque en estas últimas el engañado paga gustosamente por serlo y disfruta del embuste), se da una serie infinita de explicaciones portentosas y extraordinarias, a veces incompatibles entre sí, para construir un relato que solo tiene como finalidad impedir que vea la luz una verdad incómoda. Tal es la impresión que producen las prolijas comparecencias del ministro de Transportes sobre el mentado accidente ferroviario. Él mismo nos dio la clave para interpretar su discurso al comparar la red ferroviaria con una tetera rota, pensando sin duda en uno de los chistes favoritos de Freud. Se trata en él de un hombre al que un amigo le presta una tetera, y tiempo después se la devuelve rota. Al ser recriminado por el dueño, se defiende diciendo: «Primero: nunca me prestaste una tetera; segundo: te la devolví intacta; y tercero: ya estaba rota cuando me la prestaste». 

O, lo que es lo mismo: primero, el accidente fue un hecho «raro», «extraño», que quizá no ha ocurrido nunca antes, una novedad desconocida, quién sabe si extraterrestre o climática; segundo, envuelta en semejante halo de presunta complejidad, la causa tardará mucho en conocerse, y es incluso posible que nunca se llegue a conocer; y tercero, en cualquier caso, la responsabilidad es del Partido Popular. Claro que, para decirlo todo, la elección de la tetera rota por parte del ministro también puede deberse a que es un objeto que permite evolucionar a los Pokémon.

Con todo, no es este el ejemplo más vistoso de ese procedimiento antipoético: la misma apariencia de complejidad técnica infinita rodeó las explicaciones que recientemente dio la ministra de Hacienda sobre un sistema de financiación tendente a la ordinalidad imperfecta de asimetría controlada y población ajustada, como una muy bordada cortina de humo tras la que ocultar el inconfesable cupo catalán. Y aún más henchidas de jerga jurídica estuvieron las fantasmales justificaciones que, en el mismísimo BOE, adornaron primero los indultos y después la amnistía a la carta para desmentir las condenas de los tribunales a los secesionistas catalanes y derogar retrospectivamente el artículo 155 de la Constitución, llenando sus preámbulos con la retórica hueca de la reconciliación, la pacificación y la desinflamación.

«Tras jurar solemnemente decir la verdad, confiesa que sus victorias políticas se debieron a un pacto secreto firmado con el diablo»

Pero probablemente la muestra más original de esta forma de enterrar la verdad bajo una cháchara falsamente cargada de buenas intenciones o disfrazada de excusas incomprensibles fueron las diferentes, sucesivas, incoherentes e imposibles «explicaciones» que sobre el espectral aterrizaje de Delcy Rodríguez en el aeropuerto de Barajas en 2020 ofreció otro ministro de Transportes que acudió a recibirla. Si alguna vez se consiguiera desenlazar la madeja que ha mantenido en el poder al actual presidente del Gobierno durante los últimos ocho años, este hilo sería, seguramente, el que desenredaría toda la trama.

Pero no nos engañemos: lo más probable es que ese ovillo nunca se desanude y que quienes aspiran a conocer la verdad sobre el caso acaben reunidos en torno a la mesa camilla de Cuarto milenio. Así pues, para alcanzar las razones de ese desvanecimiento de la verdad hemos de recurrir de nuevo a la poesía. En concreto, a un relato de Edward John Moreton Drax Plunkett, decimoctavo Barón de Dunsany y más conocido literariamente como Lord Dunsany, titulado Declarado bajo juramento, sobre el que hace mucho tiempo llamó mi atención Martin Gardner, pero haciendo que su protagonista sea, en lugar de un jugador de golf milagrosamente incapaz de fallar un golpe, un expresidente del Gobierno que promete iluminar todos los puntos oscuros de su mandato y desvelar el secreto de su éxito.

Tras jurar solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, confiesa que sus victorias políticas se debieron a un pacto secreto firmado con el diablo para asegurárselas. Una solución que no resulta demasiado inverosímil para el caso que nos ocupa, dada la condición de los socios, aliados y comparsas del Gobierno. Preguntado finalmente por lo que tuvo que concederle al diablo a cambio de sus triunfos electorales, responde: «Él extirpó de mí, para siempre, la capacidad de decir la verdad». Acabáramos.

Publicidad