The Objective
Antonio Agredano

Caída libre

«Somos parte de algo que nos es ajeno. La pelea política, el belicismo, la revancha. Cualquier nimiedad se convierte ahora en acontecimiento»

Opinión
Caída libre

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Todo tiene luz de probador», cantan Leiva y Robe Iniesta en Caída libre. Los días arrastran una pereza de años. Estoy esperando a un escayolista para que tape el agujero que un fontanero abrió en el techo de mi cuarto de baño. No encuentran el origen de la humedad. Lo he tapado con cartón y cinta americana. Cuando lo arreglen, vendrá otra cosa. ¿No lo notan también a su alrededor? Cierto hartazgo, malhumor y desesperanza. Todo en tonos pastel. Son siniestros esos colores. Peores que el gris. Sacar una entrada para un concierto se ha convertido en un trámite desagradable. Voy al supermercado con culpa. Mi piso se parece a todos los pisos. Mi vecino tiene un yorkshire que le ladra sus ausencias.

Somos parte de algo que nos es ajeno. La pelea política, el belicismo, la revancha. Hubo un tiempo de paz. Quizá breve. Cualquier nimiedad se convierte ahora en acontecimiento. Me arrepiento de haber escrito de Uclés y de Reverte. Me arrepiento de no haber elegido siempre la botella de vino más cara. Me arrepiento de muchos libros que leí y de muchas batallas que gané. Porque ganar siempre fue de horteras. Ojalá haber utilizado la mitad del tiempo que empleé en aprender con la guitarra las canciones de Nirvana en aprender a bailar salsa. He escrito muchas columnas gratis. A medios que luego dan lecciones de ética. ¿Qué iba a saber yo? Era joven y presuntuoso. «Debates deontológicos» llaman ahora a tratar de hundir a quien no es de su cuerda.

¿En serio no notáis esa pena al andar? La sensación de que cualquier felicidad vendrá seguida de un dolor inmenso. Que nos aterra el futuro. Las máquinas, las redes, las relaciones abiertas, los restaurantes de ramen. Con esos neones tan amenazantes. La nostalgia de cosas que jamás vivimos. Padres siendo más maleducados que sus hijos. Contar calorías. Acumular tote bags, colgarlas del pomo de la puerta de la cocina. Se quemó el Windsor. Se dejaron de vender libros de Taschen en el Vips. El tinte morado. Reírse de la calva de Nadal.

No sé ya lo que es bueno o es malo. Que todo pase tan rápidamente. Quién se acuerda ya del Lux de Rosalía y de las parejas de la Isla de las Tentaciones de hace dos años. Qué película ganó el Óscar a mejor película en el 2021. Vemos series como comemos pipas peladas, a puñados. ¿Os siguen regalando muñecos de Funko Pop? ¿Qué sientes al recibirlo? ¿Alegría o una extrañísima tristeza? Cercana a la asfixia. Porque así vamos por la vida. Como buzos con la escafandra rota. Dejamos de ir al gimnasio para no matar al que mira el móvil ocupando la máquina de cuádriceps.

Dejamos de hablar de las cosas para no escuchar regañinas, para no enfadar a la familia, para no sentirnos permanentemente juzgados. Es difícil posicionarse. No por miedo a la cancelación, que es vulgar y peregrina, sino por la legítima melancolía de no sentirnos ni siquiera escuchados, que es algo mucho más hondo y desconsolado. Hemos encontrado refugio en la soledad y en el silencio. Pero no estamos hechos para eso. Deberíamos ser júbilo. La sensiblería ha vencido a la incomodidad. Solo habla quien no tiene nada que perder, por eso, ya solo hablan los niños. O peor: ya solo hablamos como niños. Una lectora le dijo a una amiga novelista: «No me interesó tu libro porque la protagonista, la verdad, no tiene nada que ver conmigo».

«Los periodistas se creen activistas y los escritores sólo escriben de lo que la gente quiere leer»

«Difíciles son las cosas bellas», escribió Platón. Por eso llevamos bermudas. Por comodidad. Y nos hacen gracia las parodias políticas, como en otros tiempos. Ya saben. Canciones populares con letras criticando al Gobierno. Que refuercen nuestra visión del mundo. Y algunos monólogos de la radio acaban con un «qué vergüenza», para dejar claro que las ideas ya no son sutiles, sino que hay que atornillarlas. Hemos pasado del erotismo nacarado al porno aceitoso. Son los tiempos. Y los tiempos siempre hemos sido nosotros.

No sé a quién culpar de estos días de trenes parados y programas de televisión que no informan, sino que te dicen qué opinar. Y donde los lapsus se han convertido en argumento político. Y los periodistas se creen activistas y los escritores sólo escriben de lo que la gente quiere leer, y no al revés, como debería ser su cometido. Su responsabilidad. Incluso su placer.

Ya no sé nada de la vida. Era de esperar. Me inquieta lo que veo a mi alrededor. Como el parque acolchado de los bebés. Ya nada es afilado, ni peligroso, ni se permite la duda. Pasapurés. La cuchara haciendo el avión. No quiero cambiarlo. No sabría ni por dónde empezar. Por eso escribo. Para tratar de entender qué sucede. Como un niño que alza los brazos para que lo coja su mamá. Y lo achuche entre sus pechos. Y poder dormir allí, despreocupado. Con una plácida sonrisa en la boca. Ya no aspiro a nada más. Porque son tiempos extraños. Porque todo tiene luz de probador. Porque jamás duraron menos las palabras.

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