Un cardenal a la deriva
«El cardenal arzobispo de Madrid se ha dejado llevar al huerto por Bolaños para ceder un templo a un Gobierno deseoso de apuntarse tantos ‘antifascistas’»

El arzobispo de Madrid, José Cobo. | Alberto Ortega (Europa Press)
No soy muy partidario de estar todos los días quejándonos de lo mal que van las cosas de este mundo, de que somos una sociedad sin valores o de que aquí ya no lee ni dios y cien cosas parecidas. En mi corazón albergo muchas dudas sobre esos diagnósticos, aunque los comparta en buena medida, pero un sucedido reciente me ha dejado muchas dudas de hasta dónde ha llegado la marea de este descenso a la vulgaridad y al despropósito.
Verán, como cristiano viejo, entendía que las cosas del Vaticano eran de una seriedad y un porte muy superior, cosa que se ve incluso en las películas en que se ha querido desmitificar el multisecular prestigio y la intensísima prudencia de los cardenales que gobiernan una Iglesia dos veces milenaria. Y en estas llega a mis manos una entrevista de don José Cobo, cardenal arzobispo de la archidiócesis de Madrid, con un grupito de periodistas, se supone que adeptos, en el que el cardenal trata de explicar como puede, y no puede nada bien, un desliz monumental en todo un príncipe de la Iglesia. El cardenal Cobo, aunque no parezca una lumbrera, se defiende de la firma de un extraño documento con otro cardenal más resabiado, el astuto superministro Bolaños. Sí, el mismo que quería colarse en el estrado de la fiesta de Ayuso, que lo ha llevado al huerto de su resignificación del Valle de los Caídos, aunque me temo que sin mayores efectos que para dejar bastante desairado a un cardenal imberbe y más verde que una mata de perejil.
Se entiende que el cardenal Bolaños quiera legitimar uno de los proyectos más arduos para este Gobierno desdichado que es, al parecer, su intento de convertir la basílica en un chiringuito de la reescritura histórica, dejándoles a los buenos monjes una especie de pisito con derecho a capilla. A veces se acusa a este Gobierno de tragar con lo que sea, pero en esto del Valle se comportan como el viejo topo, son insistentes, pero están ciegos. Como no son grandes canonistas han ido a ver si le colaban un gol al cardenal y este, que algún canon habrá leído en sus tiempos del seminario, ha debido de sufrir un lapsus momentáneo y se ha dejado llevar por el entusiasmo de acordar con un Gobierno tan simpático una propuesta que le parecía muy favorable para los pobres monjes sin reparar en que por muy cardenal que sea no está en condiciones de hacerlo.
Me temo que don José Cobo se ha debido de contagiar como sin darse cuenta, tal vez no llevaba mascarilla, de la habilidad del Gobierno para hacer lo que no puede hacer y ha dicho que él no iba a quedarse atrás y que firmaba lo que fuere menester, según él, para proteger a unos monjes amenazados de expulsión. O sea que Cobo ha firmado algo que no puede firmar, porque la abadía depende de su abad y solo del Papa, y lo ha hecho porque cree que este Gobierno es capaz de sacar a los monjes del Valle cuando ni siquiera es capaz de imaginar una ley medianamente decente para que unos okupas dejen la vivienda que han trincado y esta vuelva a manos de la ancianita a la que han dejado en la calle.
Cobo argumenta en plan grandón, como decimos en Asturias, que la diócesis de Madrid es una cosa muy grande y muy compleja, que lo de la abadía no pasa de ser una minucia y que él solo tiene competencias litúrgicas sobre los monjes y el Valle. Oiga, Cobo, pues si la cosa es así, ¿quién ha sido el genio que le ha aconsejado firmar un papel tan ridículo? Por cierto, que el papelillo de marras no sería tan insignificante si Cobo tuviese el poder que no tiene, lo que hace su firma doblemente chusca e inexplicable por completo.
«Lo que Cobo ha admitido en ese papel se carga milenios de una larga tradición de cuidado de la Iglesia con sus templos»
Lo que Cobo ha admitido en ese papel es bastante delirante y se carga milenios de una larga tradición de cuidado de la Iglesia con sus templos. Cobo acepta que se delimite el ámbito litúrgico protegido (altar y bancos adyacentes) y excluye de esa protección el resto de los ámbitos de la basílica, o sea como si el arzobispo de Burgos, visto que la catedral no está siempre llena, decidiese ceder un espacio tan polivalente para que se celebren actos sociales y culturales a demanda, como el Bernabéu, pero en plan eclesial.
Es sorprendente que Cobo pretenda excusarse en un apoyo Vaticano, que no sería razonable y del que no hay ninguna señal, para justificar un doble error bastante grueso, el primero ignorar cuáles son sus poderes, el segundo ceder un templo para que un Gobierno deseoso de apuntarse tantos antifascistas, consume uno de sus atropellos bajo amenaza a los pacíficos monjes del Valle. Pero hay más, es que Cobo da a entender en sus confidencias periodísticas que el recurso de los benedictinos contra el intento gubernamental de hacerse con el templo crea un problema, pero, por desgracia para Cobo, el recurso que los monjes han interpuesto no crea el problema: lo revela. Es normal que esté mosqueado, porque lo que ha quedado al descubierto es que ese recurso no ha sabido hacerlo Cobo, o no ha tenido los redaños para hacerlo.
La decisión queda ahora en manos de los jueces, que serán quienes diriman hasta qué punto el Gobierno tiene derecho a intervenir en la basílica, pero hay dos cosas seguras, que el documento Bolaños & Cobo es papel mojado y que ningún juez le va a dar a Cobo un poder que no tiene de acuerdo con la ley que rige la Iglesia y que Bolaños no conoce, pero que a Cobo debería sonarle. Solo cambiando previamente el Código de Derecho Canónico, y por posterior permiso del abad de los benedictinos o del propio Papa, habría base para ceder algo parecido a lo que Cobo parece haber admitido.
En su confesión ante los periodistas, Cobo se movió en un vaivén constante, afirmó haber puesto la mesa para que se sienten y hablen, al tiempo que reconoció que él no puede decidir y que lo sabía desde el principio. Pues bien, actuar con conocimiento previo de su falta de competencia no atenúa su responsabilidad: la agrava. Ha sido tal el cúmulo de contradicciones que Cobo pareció decidirse por aparecer como una víctima y cierto que lo acabará siendo, pero no de nadie sino de su escasa gravedad y de una no pequeña tontuna. No sé si el cardenal Bolaños se apiadará de él, pero me temo que en el Vaticano no se lleve mucho el premio al victimismo, sobre todo al de los que se equivocan y actúan con escaso seso.
Algunos cobistas tal vez piensen que el pobre cardenal estaba amparado por la autoridad de la Secretaría de Estado, pero es muy dudoso que haya tenido autorización de nada para recibir una carta y un anexo, firmarlo y devolverlo a vuelta de correo, y tampoco es razonable sospechar que el Vaticano siga estando en manos de personajes que actúan al buen tuntún y consideran a bulto los asuntos de la Iglesia y las relaciones con los Gobiernos, más cuando no hay que ser ningún lince para sospechar que las ganas de Sánchez y de Bolaños de prestarles cualquier servicio son perfectamente descriptibles. La gente común aprendemos de los errores, no sé si los príncipes de la Iglesia podrán seguir gozando de semejante privilegio, pronto se verá.