Vinieron las lluvias
«Si España deja de ser un secarral, ¿quiere eso decir que por fin vamos a ser, como los nórdicos, gente civilizada y responsable? Lo dudo»

Las aguas de la presa de Cantillana (Sevilla) revueltas tras las copiosas lluvias de esta semana. | Francisco J. Olmo (Europa Press)
Llevamos ya un mes o más que no para de llover en Madrid y hay inundaciones en Andalucía. Parece algo trivial comparado con las barbaridades políticas que soportamos, pero poco se sabe sobre la influencia de este fenómeno sobre el ánimo y el espíritu de los ciudadanos.
Cuando era joven viví varios años en la Gran Bretaña. Allí llovía todos los días, más o menos. Incluso en verano había una constante ofrenda húmeda que tenía los parques y jardines hechos una maravilla monumental. Ahora, por el contrario, hay calvas incluso en Hyde Park. Bien es cierto que habituados al pertinaz aguacero los habitantes de la isla eran más bien dejados y zarrapastrosos. Nadie se adonizaba para salir a la calle porque sabía que iba a acabar empapado y como un trapo. En especial, las inglesas eran un prototipo de desidia y solían lucir una cabellera de ministra de Hacienda. Quizás por eso figuraban como un ejemplo de elegancia mundial cuando acudían a una fiesta, tanto privada como las universales de Ascot y similares. Aprovechaban el descampe.
Yo pensaba, con esa ingenuidad que da la inmadurez, que los países con lluvia, los países verdes del norte, eran más inteligentes que los del sur. No solo en el continente, sino incluso en un lugar parecido a la España de secarral como es Italia, donde el norte no solo da pruebas de mayor inteligencia que el mafioso sur, sino que incluso habla distinto, con erres guturales de lo más sofisticadas.
Me lo explicaba a mí mismo pensando que, por tener que recluirse con mayor frecuencia en casa, pasarían más tiempo leyendo y pensando. Por añadidura, me decía yo, los duros inviernos del norte tienen a los ciudadanos encerrados en sus habitaciones, junto al fuego, o con aquellas estufas de gas a las que tenías que alimentar metiendo peniques sin pausa. Estarían todos leyendo con provecho a Orwell y a John Locke, pensaba. Delirios de adolescente, siempre tan crédulo.
Lo cierto es que no contaba con la peculiar inanidad de países realmente húmedos, como los monzónicos, de los que no había emergido en beneficio de la humanidad nada reseñable en siglos. Tampoco lo contrario, aquellos parajes desérticos que, por medio de la técnica y el ingenio, se convertían en prósperas civilizaciones, como el sur de los EEUU o el Israel de Golda Meir.
«Quizás si sigue lloviendo, no diez años, sino un siglo, aparezcan generaciones de españoles capaces de leer, estudiar, trabajar y esforzarse»
¿A qué se debe el cambio climático que ha traído novedades como la de que en Inglaterra puedan ahora cultivar viñas y en España toda suerte de frutos tropicales? Yo soy partidario de la teoría de la conspiración astral y creo que un imperceptible desvío del eje terrestre ha traído estos cambios, como ya los trajo en las épocas glaciares, de las que, por cierto, yo pillé la última. Recuerdo perfectamente el agua congelada en los alcores de los arbolillos que me llevaban camino del colegio.
Ahora bien, si España deja de ser un secarral, ¿quiere eso decir que por fin vamos a ser, como los nórdicos, gente civilizada y responsable? Lo dudo. Quizás si sigue lloviendo, no diez años, sino un siglo, aparezcan generaciones de españoles capaces de leer, estudiar, trabajar y esforzarse. Sin embargo, lo más probable es que sigamos viendo series de la tele española sobre la Guerra Civil que todos perdieron, pero algunos resentidos quieren acabar ganando, o las pantallitas del teléfono con sus gaitas y zambombas.
Eso sí, seremos igualmente incivilizados y gritones, pero iremos empapados. En cambio, es probable que los pueblos del norte, antes tan industriosos, se conviertan ahora en una especie de mexicanos sentados en el suelo protegidos del sol por un enorme sombrero y con una botella de tinto de Staffordshire al lado. James Bond se pasa a Cantinflas.