The Objective
Jorge Freire

Los hijos del «todo vale»

«Sea como fuere, a nadie podría sorprender que la contracultura que quiso abolir todos los vínculos produjera generaciones incapaces de sostener alguno»

Opinión
Los hijos del «todo vale»

Jóvenes rezando. | Freepik

Los padres, permanentemente reunidos en cónclave, se demoraban en sutilezas sobre la crianza dialogante. ¿Qué le quedaba a su prole, criada a los pechos de la tolerancia blanda y el benigno y gelatinoso «haz lo que sientas», si no reclamar linderos? La revuelta juvenil ya no se erguía contra la autoridad, aunque algunos, por pura inercia, siguieran empeñados en leerla así, sino contra el vacío.

Nadie lo vio venir, quizá porque su rebelión era el negativo exacto de la nuestra. Si antes se desobedecía para sacudirse el catecismo, ahora se desobedecía para cobijarse en él, como quien, sorprendido por un aguacero, se guarece en la iglesia solo porque allí hay techo. Así y todo, el fenómeno no resultaba del todo inédito. Ya en los sesenta se habló de la crisis de la autoridad: padres que, confundiendo libertad con deserción, renunciaban a la fatigosa tarea de transmitir su legado. Y así los jóvenes, recorriendo un camino sin mojones, concluían que la vida es un mojón.

Mete aquí la nueva estirpe que surge a la vista de todos: hijos radicales de padres blandengues. Mozos y mozas nacidos en hogares razonables, diáfanos, bien aireados, sin grandes tragedias ni mucho drama, que un buen día se hastían de tanta claridad y deciden buscar lumbre. Sus papás predicaban hedonismo y libertad, sin abdicar jamás de la ironía ni del cinismo, y los retoños exigían disciplina a palo seco, sin el menor asomo de chanza ni sonrisitas cómplices. La generación que tomó la molicie por virtud contempla ahora, con estupor y temblores, que el péndulo no admite punto muerto y que, abandonado a su albur, se arroja con violencia al extremo opuesto.

¡La generación que protagonizó la revolución sexual engendró, sin proponérselo, una camada de contrarrevolucionarios! Los papás peregrinaron a la India en busca de sí mismos y regresaron con un collar de cuentas, un par de anécdotas y una buena diarrea. Ahora los nenes, con el cilicio bien ceñido, se recluyen en el monasterio, no son antes hacer una higa al buenismo aguachilarlado de sus progenitores. ¿Quién dijo que la historia no tiene sentido del humor? Los padres derriban altares y los hijos acaban buscando las piezas entre los cascotes.

Coincidí con un joven sacerdote en un ciclo de conferencias poco después de que se estrenase Los domingos, celebrada película en que una hija de padres laicos y progresistas decidía clausurarse en un convento, y la historia de este muchacho me pareció aún más jugosa. Criado en un hogar acomodado, higiénicamente descreído, había pasado por un colegio laico, a prueba de santos. En un viaje de voluntariado a la India, calurosamente celebrado por los padres (¿qué mal podía acarrearle ayudar a los pobres?), algo dobló en su interior. De vuelta en Madrid, lo confesó a un amigo: «Me voy a operar, soy transexual». El otro quedó a cuadros y él, tras una pausa de eficacia teatral, remachó: «Que no, hombre, que me ordeno sacerdote». Convocó a sus padres y repitió la jugada, esta vez sin éxito. Su desconcierto fue tal que, de tratarse de una comedia de Alfonso Paso, bien podría haberse titulado Este cura no es mi hijo

Resulta inevitable acordarse de Las partículas elementales. Dos huérfanos sentimentales del 68 vivían a la husma de una trascendencia que se les escurría entre los dedos: uno se abismaba en el hedonismo compulsivo y el otro se refugia en la ciencia. Muchos se vieron reflejados en la novela de Michel Houellebecq. ¿Acaso los nietos del placer debían elegir entre el dogma y la desesperación? Sea como fuere, a nadie podría sorprender que la contracultura que quiso abolir todos los vínculos produjera generaciones incapaces de sostener alguno. 

En una conferencia titulada «Salir del siglo XX», incluida en su libro Intervenciones, afirma Houellebecq que nuestro presente está contenido en una novela de hace siglo y medio. Quizá sea cierto. En Los demonios, Dostoievski retrataba a los hijos que, educados en la duda amable del liberalismo, acababan abrazando el fanatismo político: donde los padres se entretenían en tertulias infinitas sobre el progreso abstracto, los hijos montaban células clandestinas, provocaban un incendio y daban matarile a un compañero para apuntalar la lealtad del grupo. Los padres, hijos de un dios menor, como rezaba aquel verso de Tennyson que inspiró un melodrama a insufrible, abatían dogmas al tiempo que sus churumbeles erigían ídolos nuevos, más inflexibles y más sangrientos. Será que cuando nadie transmite límites, alguien acaba imponiéndolos. Y casi nunca con delicadeza.

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