The Objective
Anna Grau

Israel, la vergüenza de los «moderados» 

«Manuel Valls dejó claro que un francés mínimamente decente no templa gaitas ni se hace trampas al solitario con el antisemitismo como algunos políticos de aquí»

Opinión
Israel, la vergüenza de los «moderados» 

Ilustración de Alejandra Svriz.

¿Han tenido ustedes nunca un novio o aspirante a novio que, después de que se lo trague la tierra semanas enteras, sin dar señales ni pruebas de vida, de repente vuelve de entre los muertos con un WhatsApp y propone quedar como si no hubiera pasado nada, en plan «decíamos ayer»? Pues eso, más o menos, es lo que parece que intentan hacer algunos representantes de la presunta «moderación» política con el drama de Israel.

No me cansaré de decirlo: el antisemitismo no se crea ni se destruye, solo se transforma. No creo que haya ahora más del que había antes. Si parece que hay más, es porque una ultraizquierda dogmática, inflada de arrogancia, de hipocresía y de crueldad, ha decidido renovar sus votos antisionistas, utilizar más que nunca a Israel como uno de sus sacos de boxeo favoritos. Calentando la cabeza a sus acólitos para que griten como posesos «del río al mar» —es decir, que pidan sin tapujos borrar el Estado de Israel del mapa— mientras callan cobardes e ignominiosos, por no decir complacientes y cómplices, con las víctimas del terror propalestino en Gaza y de la represión en Irán. O con esos presos políticos de Venezuela que hasta ahora ni se reconocía que existieran…

El ex primer ministro francés y exmunícipe de Barcelona Manuel Valls pronunció hace unos días un vibrante, emocionante discurso en este sentido en un acto muy significativo y singular celebrado en la capital catalana para presentar la fundación Emet-Verdad, de la que es presidente honorífico. Junto a él, también como patronos destacados, el exalcalde barcelonés de Junts Xavier Trias y un senador socialista, Gabriel Colomer.

Emet-Verdad consiguió llenar el Saló del Tinell de Barcelona (que en tiempos fue sede de la Inquisición…) para lanzar un proyecto que no por llegar tarde, muy tarde, deja de ser ilusionante: una fundación destinada a combatir el nuevo y peligroso auge del antisemitismo. Desde posiciones eventualmente moderadas tanto a la derecha como a la izquierda.

Traducido al cristiano (valga la ironía): si la extrema izquierda le ha puesto la cruz a Israel, calificando de genocida no a quien perpetra genocidios sino a quien los sufre, y satanizando a un Estado entero, y si ante eso hasta ahora solo han reaccionado con contundencia y claridad los partidos considerados de extrema derecha, obviamente quedaba un hueco, tanto político como moral, que tarde o temprano clamaría al cielo. Tarde o temprano la gente le perdería el miedo a sumar dos y dos, a rebelarse contra la hipocresía canalla y mafiosa de las «flotillas humanitarias» pagadas con nuestros impuestos.

Urgía y urge actuar sobre todo en Cataluña y en Barcelona, tradicionalmente una de las partes de España menos propensas al hechizo antisemita, pero que en los últimos tiempos algunos se han empeñado en convertir en todo lo contrario. Rompiendo el hermanamiento de la ciudad con Tel Aviv, traicionando la letra y el espíritu del Proceso de Barcelona, llenando el espacio público de pintadas infames, boicoteando festivales de cine y negocios, acosando a los judíos catalanes, incluso a los niños que van a la escuela.

Ya era hora de que alguien más reaccionara. Por eso muchos quisimos estar en el Tinell para ver qué nos contaban los moderados que hasta ahora no estaban ni se les esperaba, que preferían mirar para otro lado, quién sabe si por tener otra agenda o por temer a los radicales de la cancelación. De incontables artistas y comunicadores que no hayan pasado por el aro «del río al mar».

«Está visto que hay países que tienen que demostrar cada día su derecho no ya a defenderse de los ataques, sino a existir»

La noticia de que esta fundación la iba a presidir —honoríficamente— Manuel Valls causó no poco revuelo. Valls ha hecho varias incursiones en la política catalana de esas que dejan huella, como cuando, tras ser el alcaldable de Ciudadanos por Barcelona, provocó la ruptura de la alianza y del grupo municipal para hacer alcaldesa a Ada Colau, paradójicamente la mayor antisemita del reino. Hay que decir que nada de esto impidió al señor Valls pronunciar en el Tinell un discurso magnífico. Hacía tiempo que no se escuchaban palabras así en entornos oficialmente bienpensantes: denunció sin tapujos lo que está pasando, acusó a los autoproclamados «antisionistas» de usar este palabro como una piel de cordero para disfrazar su antisemitismo de apariencia democrática, negó que haya excusa ninguna para ponerse de perfil y animó a todos los presentes a tener todo lo que hay que tener en estos casos. Valor. Integridad. Decencia.

Qué diferencia entre sus palabras y las de Xavier Trias de Junts o Gabriel Colomer del PSC, que parecían estar allí más para seguir nadando y guardando la ropa que para salvar la cara. Ambos dedicaron casi más tiempo a criticar a Netanyahu que a Hamás y a sus palmeros de aquí, perpetuando la cobarde práctica de igualar a víctimas y verdugos, en una palabra, de enredar. Está visto que hay países que tienen que demostrar cada día su derecho no ya a defenderse de los ataques, sino a existir. ¿Alguien se imagina pidiendo la eliminación de Rusia por estar en contra de Putin, o la de Estados Unidos porque no le gusta la política de Donald Trump? Pues eso es lo que pasa día sí, día también, con Israel. La democracia más sufrida del mundo. De nuestro mundo.

Oyendo a Manuel Valls y comparando su, insisto, impecable discurso, con el de sus compañeros de patronato, era difícil no darse cuenta de que, en algunos aspectos, África sigue empezando en los Pirineos. Manuel Valls es francés. Francia, a diferencia de España, sí estuvo en las dos guerras mundiales, sobre todo en la segunda, donde si por un lado tenían la heroica (aunque en la práctica muy minoritaria, ay…) «resistencia francesa», también hubo legiones de colaboracionistas y episodios vergonzosos como el del Velódromo. No hace falta ni siquiera remontarse al mítico caso Dreyfus, ni a las inmortales acusaciones de Émile Zola. Baste recordar que una de las glorias de la política francesa y europea, la gran Simone Veil, fue deportada junto a su familia en marzo de 1944 a Auschwitz, de donde no saldría hasta la liberación del campo de exterminio el 27 de enero de 1945. Allí murió su madre. Su padre y su hermano fueron asesinados en Lituania.

De todo se aprende, hasta del oprobio. Manuel Valls dejó claro que un francés mínimamente decente no templa gaitas ni se hace trampas al solitario con el antisemitismo como algunos políticos de aquí, que quieren «quedar bien» con los judíos, pero sin incomodar demasiado a los judeófobos. Esa ha sido y es la gran vergüenza, el profundo pecado original, de gran parte de la izquierda moderada catalana y española, esa que acusa a la derecha de ir de la mano de los ultras, mientras ellos se aparean sin complejos con gente como Arnaldo Otegi o Irene Montero. Aunque lo mismo podríamos decir de la derecha moderada e incluso nacionalista catalana que quieren hacer y decir lo correcto, pero no se acaban de atrever a ser firmes y consecuentes con ello.

Mientras los que van de mala fe tengan patente de corso y bula para todo, y los supuestos custodios de la buena fe lo sean con tantos reparos, pues va a ser verdad que hasta Manuel Valls, con todas sus contradicciones, parece un héroe.

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