The Objective
Manuel Fernández Ordóñez

El activismo de los imbéciles

«El mensaje de estos grupos es muy claro, aunque no lo digan en voz alta: si no te sometes a mi causa, destruiré tu estilo de vida»

Opinión
El activismo de los imbéciles

Activistas ecologistas.

Hay un tipo de activismo absolutamente inmoral, que proviene de la maldad, de la estupidez y probablemente de ambas. Gente que va de salvadora del mundo y no son más que cobardes aprendices de terroristas, refugiados en un ecologismo radical de izquierdas que boicotea, asalta, destroza y siembra el terror, para luego envolverse en un lenguaje grandilocuente con el objetivo de convencerte de que lo suyo es amor por la tierra.

La noche del pasado 3 de enero, Berlín aprendió una lección que muchos europeos han olvidado por exceso de bienestar. La electricidad no es un servicio accesorio, es el suelo bajo los pies. Es lo que sostiene nuestro bienestar, nuestra calidad de vida y nuestro confort. Los enemigos del progreso lo saben y eso fue lo que buscó un grupo de fanáticos que decidió que la política climática se hace mejor con terrorismo que con argumentos.

No fue una sentada. No fue una de esas protestas con batucada y aroma a sobaco sin depilar que te hace llegar tarde al trabajo. Fue un sabotaje premeditado contra la infraestructura crítica de un país. Dejar barrios enteros sin luz en pleno invierno no es un gesto simbólico, es cruzar la línea que separa la convivencia del caos. Semáforos apagados, hospitales en emergencia, transporte interrumpido, comunicaciones tumbadas, comercios que no abren, calefacciones que no funcionan… y mucho sufrimiento.

La pirueta mental del ecologismo radical es la siguiente: se presenta como defensor de buenas causas, pero termina jugando con las vidas ajenas como si fueran accesorios de su relato. La gente le sobra; los seres humanos son virus que exterminar. El anciano que se queda sin calefacción estorba. La familia que no puede calentar agua estorba. El paciente crítico en un hospital estorba. El trabajador que no puede abrir su negocio también estorba. Y como estorban, se convierten en daños aceptables. No te lo dicen así, claro. Lo envuelven en retórica, lo endulzan con palabras nobles. Pero el resultado es el mismo. En Berlín falleció una anciana de 83 años por hipotermia al quedarse sin calefacción. Malnacidos. 

Después viene el segundo acto, si cabe más repugnante. El comunicado. La moralina. La disculpa selectiva. A los vulnerables, «lo sentimos». A los ricos, el exterminio, porque «ya no podemos permitirnos a los ricos» y tenemos que poner fin «al estilo de vida imperial». Eso escribieron, literalmente. La basura sandía, verdes por fuera, rojos por dentro. Marxismo disfrazado de conciencia ecológica. El mundo dividido entre buenos y malos. Y los malos ya no son ciudadanos, son enemigos contra los que cualquier barbaridad se vuelve justificable. Dejaron a 45.000 hogares sin luz en medio de una nevada y con temperaturas bajo cero. La abuela que murió de frío ni era rica ni llevaba ningún estilo de vida imperial.

Estos miserables infames dicen odiar el sistema, pero en realidad viven muy bien en él (y muy probablemente, de él). ¿Acaso no se los imaginan sentados en el sofá Chester de una cafetería vegana de Berlín, redactando un manifiesto y dándose palmaditas en la espalda mientras beben matcha latte orgánico con espuma de leche de soja ecológica? ¿De qué clase social creen ustedes que han salido esos individuos que se pegan con pegamento a monumentos históricos o arrojan pintura a famosas obras de arte? Hay que vivir holgadamente para poder andar por el mundo haciendo el imbécil.

¿Qué clase de movimiento pretende salvar el planeta generando odio hacia la propia idea de salvarlo? Cada sabotaje alimenta el hartazgo de la gente normal, refuerza el cinismo y da munición. El ciudadano al que has obligado a pasar frío durante cuatro días no sale convertido en un apóstol del clima. Sale enfadado, desconfiado, dispuesto a no escuchar ni una palabra más sobre objetivos climáticos, aunque sean razonables. Y ese veneno lo inoculan, precisamente, los que dicen defender la causa. Demostración irrefutable de que su causa, en realidad, es otra.

Ningún tipo de cambio duradero se construye así. Una transición energética, tampoco. Se construye con inversión, tecnología, redes robustas, planificación, seguridad de suministro, almacenamiento, respaldo, digitalización, eficiencia, mercados que funcionen y reglas estables. Es un trabajo lento, a largo plazo, nada sexy y con pocos aplausos. Por eso no cuadra con los bolcheviques de mercadillo ni con ese fanatismo que necesita adrenalina, espectáculo y exhibicionismo mientras cree, por alguna suerte de trance chamánico, estar derribando el sistema capitalista.

No han derribado ni van a derribar nunca nada. Lo único que hacen es recordarnos lo vulnerables que somos cuando alguien decide jugar con las infraestructuras críticas. Y esa vulnerabilidad debería llevarnos a dos conclusiones muy simples. La primera, que estas acciones violentas deben ser perseguidas con toda la contundencia del Estado de derecho. La segunda, que hay que desenmascarar el discurso que las legitima, ese que utiliza el medioambiente para agitar el resentimiento y convierte la política climática en una guerra moral permanente, con el único fin de regresar a los más abyectos periodos de nuestra historia.

Cuidar el medioambiente es una tarea noble. Precisamente por eso conviene protegerlo de quienes lo usan como excusa para sus planes autoritarios. El mensaje de estos grupos es muy claro, aunque no lo digan en voz alta: si no te sometes a mi causa, destruiré tu estilo de vida. Si aceptamos ese chantaje, vamos a terminar viviendo a oscuras mucho antes de que nos dejen sin luz.

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