The Objective
Ricardo Cayuela Gally

Cuba, autopsia y esperanza

«La violencia es un riesgo real tras décadas de agravios; una transición negociada es el único antídoto»

Opinión
Cuba, autopsia y esperanza

Bandera de Cuba.

Cuba vive una crisis energética y humanitaria sin precedentes. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses cortó en seco todos los envíos de petróleo venezolano a la isla. México, que había enviado crudo por decisión política de Andrés Manuel López Obrador, mantenida por Claudia Sheinbaum, suspendió esos envíos en enero ante la presión directa de Trump. Como resultado, el país, que no puede comprar petróleo en el mercado internacional por carecer de divisas, no recibe crudo en absoluto. La electricidad, el transporte, el bombeo de agua, la producción industrial —de por sí precaria— y los servicios básicos están paralizados tras décadas de deterioro. Sin energía no hay abasto ni movilidad: la vida cotidiana está detenida y la emergencia humanitaria es total. Un país normal ya habría estallado. Pero en Cuba el control del régimen sobre la sociedad es absoluto. Desde los fusilamientos en La Cabaña supervisados por el Che hasta hoy, la disidencia enfrenta muerte, cárcel o exilio. No es retórica: pintar un lema contrario al gobierno puede suponer siete años de prisión por el delito de «propaganda contra el orden constitucional» y manifestarse en las calles, hasta 20 años por «sedición», como demostraron las condenas ejemplarizantes tras las protestas del 11 de julio de 2021. 

La demografía refleja como pocos indicadores el fracaso de la revolución. Antes de 1959, Cuba era un país receptor de población. Migrantes de todos los rincones del mundo —españoles, judíos, libaneses— encontraban en la isla una nueva patria. La población local crecía a ritmo sostenido. Muchos demógrafos estiman que Cuba debería rondar hoy los 16 millones de habitantes. Sin embargo, no llega a diez millones según cifras oficiales y, de acuerdo con estimaciones independientes como las de Juan Carlos Albizu-Campos, estaría un millón y medio por debajo. Ni una guerra produce semejante devastación demográfica. Además, quienes huyen son los jóvenes y los mejor formados, agravando el colapso interno.

La dependencia energética y económica nace con la revolución. El Estado expropió empresas de todos los tamaños, eliminó la iniciativa privada y concentró la producción y la distribución bajo control estatal. En 1968 fueron expropiados incluso los pequeños comercios familiares. El tejido económico quedó destruido. Por eso resulta ridícula —aunque eficaz como propaganda— la explicación del embargo estadounidense de 1962 como causa del colapso. El embargo fue una consecuencia lógica de las expropiaciones sin compensación de empresas legalmente instaladas y, además, no formó parte central del discurso oficial hasta los años noventa, tras la caída del Muro de Berlín y la pérdida del subsidio soviético.

Antes de 1959, Cuba no era un país idílico ni justo, ni Batista un demócrata, ni el turismo estaba libre de mafia. Pero tampoco era el prostíbulo de Estados Unidos ni una colonia dependiente del azúcar. Era un país rico, diverso y complejo, una potencia regional bajo una dictadura política. Cuba era el mayor exportador mundial de azúcar, pero también de tabaco; exportaba carne, café y frutas, era autosuficiente en alimentos básicos y tenía más vacas que habitantes. Según la FAO, en 1957 era el mayor exportador de alimentos de América Latina en proporción a su tamaño. Exportaba además bienes industriales: neumáticos, ron, textiles. Su vitalidad económica se reflejaba en la cultura.

La Habana era una capital cultural de Hispanoamérica, puntera en música, radio, televisión y revistas. Tenía más de trescientos cines. Publicaciones como Bohemia, Orígenes y Carteles promovían la crítica y la experimentación. Algunos autores de esa edad de oro —Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Eliseo Diego, Dulce María Loynaz, Cintio Vitier, Fina García Marruz— permanecieron en la isla, pero otros se exiliaron desde el inicio, como Lydia Cabrera o Gastón Baquero, o vivieron un exilio interior, como Virgilio Piñera o Lezama Lima. La obra de quienes se quedaron se empobreció: sin crítica libre, sin competencia editorial y sin público, todo quedó concentrado en instituciones estatales como la Casa de las Américas, vitrina cultural y aparato de propaganda, sometida a censura, como el caso Padilla mostró al mundo. Las generaciones siguientes repitieron el ciclo de censura o exilio: Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas. El alimento básico del artista es la libertad.

La música prerrevolucionaria mostraba el mismo dinamismo. Rita Montaner, Benny Moré, Arsenio Rodríguez, Compay Segundo y Cachao hicieron de Cuba una potencia musical global. Existía industria discográfica y escenarios. El talento no estaba limitado por la raza: Celia Cruz apareció en anuncios televisivos, algo impensable para una mujer negra en los Estados Unidos de los cincuenta. El ocio nocturno era competitivo: Montmartre, Sans Souci, El Palladium, Casino Parisien, La Barraca, China Town o el Club Capri disputaban público y talento. El Tropicana destacó por mérito propio, impulsado por la competencia. Tras la revolución, todo desapareció; el Tropicana sobrevivió como escaparate estatal, petrificado. Décadas después, Buena Vista Social Club mostró al mundo la potencia que Cuba había sido y lo que pudo haber sido. La Nueva Trova, surgida sobre esas bases culturales, ilustra cómo incluso talentos extraordinarios se degradan cuando se entregan a la propaganda política.

Cuba fue un peón voluntario de la URSS durante la Guerra Fría. Fidel Castro explotó su posición geográfica y obtuvo un subsidio soviético que superó con creces el Plan Marshall. El problema no fue el dinero, sino el modelo. Con ese excedente, y a veces sin el aval de Moscú, Cuba exportó su sistema autoritario a América Latina, debilitando democracias incipientes, alimentando conflictos violentos y polarizando el continente durante décadas. Luego, Hugo Chávez sustituyó a los rusos con el petróleo venezolano. Es imprescindible un libro blanco sobre la intervención cubano-venezolana en la región.

Esta hora cero exige sangre fría. Las transiciones duraderas requieren pactos con sectores del régimen anterior. La violencia es un riesgo real tras décadas de agravios; una transición negociada es el único antídoto. El exilio debe aceptar un protagonismo injusto de los represores, y el régimen debe saber que Numancia no es opción. La reconstrucción es posible: hay capital esperando, seguridad jurídica y libertad de mercado mediante. El talento cubano, dentro y fuera, es excepcional; en una generación puede reconstruirse lo destruido en tres.
La revolución fue un fracaso colosal, una máquina de dolor y propaganda. Aun así, hay esperanza. Marco Rubio entiende que una Cuba libre es estratégica. Mike Hammer, jefe de misión estadounidense en La Habana, es un interlocutor hábil. Falta alguien del otro lado. España, que gobernó la isla durante cuatro siglos y mantiene vínculos profundos, hoy no está ni se la espera.

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