Las urnas ponen a Sánchez en su sitio
«Despejado el humo de la propaganda y el relato artificial, los ciudadanos reprueban la política de Sánchez y le muestran la puerta de salida»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Cuando desaparece el relato y nos enfrentamos a la realidad de la voluntad de los ciudadanos, Pedro Sánchez comprueba hasta qué punto su liderazgo es hoy indeseable. Cuando nos olvidamos de propaganda, de artículos en inglés y de batallas espurias con Elon Musk, Sánchez se ve obligado a mirar hacia unos resultados electorales que le indican con total claridad la puerta de salida. Su candidata —y nunca ese posesivo respondió más a la realidad— obtuvo un resultado humillante para el socialismo en esa región, el peor en su historia.
Tampoco fue una buena noche para el Partido Popular, que retrocedió con respecto a su posición de salida y que también tiene que hacer frente a partir de hoy a una realidad indisimulable y compleja: el incontenible ascenso de Vox. El partido de extrema derecha fue indudablemente el gran triunfador de la jornada, aunque a su éxito hay que ponerle más matices de los que la izquierda aplica con intención de distraernos de la hecatombe socialista. Vox ha tenido un excelente resultado, sin duda, pero está aún muy lejos de poder gobernar y, si bien es cierto que el PP tiene que contar con Vox, no lo es menos que Vox no puede ir a ningún lado sin el PP.
El que realmente está sin ninguna posibilidad de formar gobierno es el PSOE. Por encima de cualquier otra interpretación, este resultado supone un tremendo castigo para Sánchez, que protagonizó desde el primer momento la campaña con la designación como candidata de una de sus más estrechas y representativas colaboradoras, Pilar Alegría, y que ha condicionado con sus políticas de los últimos años la orientación del voto.
Los aragoneses han girado claramente a la derecha, como es lógico cuando el objetivo es penalizar a un partido de izquierdas, pero no parece que se trate tanto de un movimiento ideológico como de una rotunda reprobación de la gestión del Gobierno de Sánchez. Más que optar por políticas conservadoras —de hecho ni siquiera Jorge Azcón puede considerar esto un éxito personal—, los votantes se pronunciaron ayer contra una política que se hace en Moncloa y que otorga privilegios constantes a Cataluña en detrimento de las demás comunidades españolas, que impulsa una regularización masiva de inmigrantes sin someterla al necesario debate en el Parlamento y con las administraciones autonómicas y locales, que descalifica las críticas tachándolas de fascistas y que deteriora los servicios públicos sin que jamás nadie asuma la responsabilidad.
No es, por tanto, que los aragoneses se hayan hecho de repente mayoritariamente de derechas, sino que no soportan ya más la conducta de la izquierda y la extrema izquierda en el poder. Razones muy parecidas a las que explicaron hace un par de meses la debacle socialista en Extremadura y que se repetirán con toda probabilidad a lo largo del año en Castilla y León y Andalucía. Lo mismo ocurriría, por cierto, si Sánchez respondiese al mensaje que estas elecciones autonómicas expresan y convocase elecciones generales en España.
Los españoles quieren votar. Y quieren votar para echar a Sánchez. Ayer, en una oportunidad en la que las elecciones regionales aragonesas no coincidían con comicios locales ni generales, la participación fue inusitadamente alta, como prueba de que los ciudadanos ansían que su mensaje contra el presidente del Gobierno se escuche de forma concluyente, sin paliativos.
Puede decirse, como se hace, que el PP no ha podido obtener un resultado que le permita gobernar sin Vox, que en realidad se ha complicado la vida en Aragón porque su socio inevitable de la extrema derecha es ahora más fuerte. Todo eso es verdad, pero es secundario. Estas elecciones se convocaron principalmente para desgastar a Sánchez, que está adherido al poder en contra de la evidencia de su impopularidad y de su minoría parlamentaria. Ese es y debe ser ahora el objetivo principal del PP: encontrar la forma de desalojar a Sánchez.
En el camino y después se va a encontrar, por supuesto, con el obstáculo de Vox, un partido que tiene tan poco respeto por las instituciones democráticas como el propio Sánchez y que no va a dudar en recurrir a toda demagogia y recurso populista para aumentar la polarización y hacer cada vez más estrecho el espacio de una fuerza de centroderecha.
Esto representa un enorme peligro para el PP y para la democracia española, pero las elecciones de ayer no lo incrementaron. Azcón podría haber esperado al plazo reglamentario para convocarlas y seguramente el resultado de Vox habría sido el mismo o tal vez superior.
El PP no ha encontrado aún el antídoto contra Vox. El plan con el que Feijóo llegó a Génova de ocupar el centro y arrinconar a Vox en el extremo no ha acabado de funcionar. La tentación de invadir el espacio natural de Vox para reducir sus posiciones electorales es de alto riesgo y puede acabar favoreciendo un renacimiento socialista. Es un dilema difícil que quizá el PP no pueda resolver ni en unos días ni en unos años.