Una victoria que sabe a derrota
«Feijóo busca votos en un caladero donde solo hay pirañas, y lo más gracioso es que se extraña cuando sale del agua sin un dedo»

Feijóo y Azcón. | EP
Lo de Aragón no ha sido una noche electoral, ha sido un episodio de The Walking Dead en el que, mientras el cadáver del PSOE, pala en mano, cavaba con dedicación y aseo su propia tumba, la torpeza y el amateurismo electoral del PP han logrado lo impensable: devolverles a la vida gracias a una radicalidad impostada, irracional y, sobre todo, importada desde Madrid; es decir, ajena a los modos políticos aragoneses.
Un Partido Popular (protagonista de una campaña estratégicamente mal planteada, técnicamente anticuada y con un fin de fiesta directamente bochornoso) que debería tratar de tragarse lo antes posible una victoria tan insípida que dan ganas de mandarla de vuelta a la cocina para que el cocinero le ponga un poco de chile habanero. Una victoria que sabe a derrota.
Y es que después del fiasco de Extremadura (en el que, recordemos, María Guardiola logró un 43% de voto, 10 puntos más que Azcón), festejar el gatillazo del PP de Aragón producido mientras el país supuestamente clama por un cambio es como celebrar que has empatado a cero en casa contra una Ponferradina que, además, jugaba con nueve.
Un resultado basado en una estrategia de factura netamente madrileña y que es de una brillantez que asusta: han decidido desgastar a Pedro Sánchez a base de alimentar a un competidor que les tiene más ganas que el propio PSOE. Sí, el fiasco de los socialistas es una realidad demoscópica, pero es que el PP está rompiendo el cántaro ese que iba tanto a la fuente para que sea Vox quien se beba el agua.
Abascal se ha plantado en 14 escaños y ahora mismo se está fumando un puro mientras contempla el mapa. Tras el éxito de Extremadura y el subidón maño, ¿por qué iba a dejar de insultar a los candidatos del PP? Al revés: el hostigamiento y la humillación se han convertido en su deporte nacional, y el PP es ese sparring que, tras recibir un gancho de derecha, le da las gracias al agresor y le pregunta si necesita una toalla.
Mientras en Francia o Alemania o Portugal la derecha seria, la de verdad, se aplica desinfectante cada vez que la extrema derecha se acerca a menos de 100 metros. Aquí el PP es preso del síndrome de Estocolmo y hace cucamonas a personajes como Vito Quiles, creados para acabar con ellos; es decir: mientras que en Europa la derecha levanta cordones sanitarios frente a la extrema derecha, en España el PP les pone alfombra roja, incienso y un poquito de vaselina.
Es desternillante —por no decir lacrimante— ver a Vox desmarcarse con propuestas cada vez más salidas de una distopía de serie b mientras el PP corre detrás de ellos, con la lengua fuera, intentando atraer a un votante que hace años que los considera «derechita cobarde». Feijóo busca votos en un caladero donde solo hay pirañas, y lo más gracioso es que se extraña cuando sale del agua sin un dedo.
Si el plan maestro para las próximas paradas en Castilla y León y Andalucía es seguir siendo el felpudo oficial de Abascal, que alguien le avise a Feijóo de que los felpudos no suelen acabar sentados en el sillón presidencial.
Aragón ha hablado, y lo que ha dicho es que el PP, a pesar de ser el partido más votado, ha sido el gran perdedor de estas elecciones y debe abandonar de forma inmediata la improvisación y el amateurismo en sus campañas electorales si quiere llegar con solvencia a la Moncloa.