The Objective
Álvaro Nieto

Vito Quiles no tiene la culpa de lo que le pasa al PP

«El verdadero problema de los populares es de confianza. Una parte de los votantes de la derecha no se fía del partido. No se lo creen»

Opinión
Vito Quiles no tiene la culpa de lo que le pasa al PP

Ilustración de Alejandra Svriz.

¿De verdad alguien en su sano juicio pretende hacernos creer que miles de simpatizantes del Partido Popular cambiaron su voto a 48 horas del 8-F asustados por cómo fue el último mitin? Seamos serios: la culpa de que el PP haya perdido dos escaños en Aragón no es de Vito Quiles.

Quien piense así tiene una idea bastante penosa de cómo son los votantes del PP, porque con un candidato tan sólido como Jorge Azcón y una gestión tan estimable a sus espaldas, parece harto difícil que alguien decida poner en riesgo el futuro de Aragón por el simple hecho de que un veinteañero ‘tocapelotas’ aparezca a tomar unas cañas en el cierre de campaña de los populares.

Lo más probable no es que el PP se hundiese desde esa noche, sino que más bien ya estaba desfondado para entonces, por eso a sus gurús electorales no se les ocurrió mejor idea que llamar a Quiles, alarmados por los resultados de los trackings frente a Vox y en un último intento por animar al electorado más joven.

Obviamente, la estrategia falló, y el PP tendrá que reflexionar sobre por qué se le hacen tan largas las campañas y por qué casi nunca cumple las expectativas de las encuestas. Pero echarle la culpa a la supuesta radicalización del último mitin es tomar a tus propios votantes por idiotas.

La culpa no es de Quiles, entre otros motivos porque Aragón no ha hecho más que confirmar lo que ya vimos en Extremadura en diciembre: el PP tiene un problema, y no menor. Frente al peor Gobierno de la democracia, rodeado de escándalos de corrupción y acosado por la Justicia, los populares no consiguen capitalizar el hartazgo de una parte de la población, que prefiere echarse en brazos de Vox. Perder 13.000 votos respecto a 2023 pese a incrementarse en un punto la participación debería hacer saltar todas las alarmas en la calle Génova.

El PP lleva varios años deshojando la margarita de si debe buscar los votos por el centro (fronterizos con el PSOE) o más bien por la derecha (por el lado de Vox), y es probable que sea esa propia indefinición, que inevitablemente la gente de la calle percibe, la raíz de todos sus males. No saber con claridad quién eres, qué es lo que defiendes, cuáles son tus principios y valores y, lo que es peor, ir adaptándolos en función del territorio donde estés, traslada una imagen de inconsistencia y poca fiabilidad. Por no hablar de esa permanente obsesión por intentar agradar a los votantes (y opinadores) que jamás te votarán.

Digámoslo con claridad: el verdadero problema del PP es de confianza. Una parte de los votantes de la derecha no se fía del partido. No se lo creen. Por eso optan por votar a Vox: no porque le consideren capaz de gobernar mejor que los populares, sino porque prefieren que los de Santiago Abascal obliguen al PP a hacer lo que quieren que se haga.

Y tampoco olvidemos que las siglas de PP y PSOE son percibidas como tóxicas por los menores de 30 años, y eso va a ser muy complicado de revertir aparte de que la propia biología juega en contra de los populares: cada día que pasa pierden cientos de votantes (que van muriendo) mientras su principal competidor por la derecha suma nuevos apoyos (porque cumplen 18 años).

Alberto Núñez Feijóo tiene, pues, un enorme reto: que la gente le crea capaz de hacer lo que la mayoría quiere que haga. Recientemente, en una conferencia, una persona del público le preguntó a Cayetana Álvarez de Toledo por qué debía creer las promesas del PP… y esta, ante la imposibilidad de dar mejores argumentos para garantizar que cumplirán lo prometido, zanjó con un rotundo: «Créame». Y el problema es que ese «créame», aunque lo diga Álvarez de Toledo, para mucha gente es insuficiente porque, entre otras cosas, todos sabemos que ella misma es una figura muy discutida dentro del PP… y ni siquiera tenemos la certeza de que, llegado el caso, vaya a ocupar una tarea de responsabilidad en un hipotético gobierno de Feijóo.

Quizás parte de la solución esté en que el PP asuma sin complejos que no tiene más remedio que entenderse con Vox (y olvidarse de hacer equilibrios por si algún día puede pactar con los nacionalistas), no avergonzarse de los votantes de derechas y centrarse en ofrecer una alternativa clara de gobierno que satisfaga las ganas de cambio de la mayoría. Y generar ilusión, por supuesto, que en este momento debería ser el santo grial del PP.

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