Vox y lo podrido
«El crecimiento de Vox no es un accidente ni una gamberrada electoral. Estamos ante el síntoma de un sistema que cada vez más gente percibe como ofensivo o agotado»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El resultado electoral en Aragón está dejando al descubierto un fenómeno que no se puede obviar: el crecimiento de Vox como manifestación de un rechazo. El análisis clásico lo interpreta desde el gesto de rasgarse las vestiduras. Alude a los «riesgos» que supone el crecimiento de un partido «ultra» para la democracia liberal, y hace hincapié en lo de siempre: la gente vota mal y el PP se equivoca. En suma: nos dicen que es más grave sostener que el sistema no funciona que admitir que realmente está averiado.
El asunto es que el modelo seduce cada vez a menos ciudadanos. No les gustan los partidos sistémicos, ni sus políticas, ni sus medios de comunicación. Desconfían de lo que leen, ven y escuchan porque piensan que detrás hay un interés en que nada cambie. Ese es el problema. El votante medio piensa que la política real es la que vive, no la que le cuentan. Por eso, oír a los analistas acomodados afirmar que ese voto está poniendo en riesgo el sistema resulta todavía más seductor. Esos periodistas y ensayistas que escriben con desprecio contra el vulgo «ultra» son, a ojos de los despreciados, parte de un sistema que consideran podrido.
No entienden que se demonice el populismo pero no el electoralismo. El votante no distingue una cosa de otra. O peor. Desprecia más que los partidos sistémicos compitan con ofertas electorales de «gratis total», o ataquen a las redes sociales y a los tecnoligarcas, cuando los trenes de España se caen a pedazos. No entienden que se quiebre el imperio de la ley para hacer política; es decir, no comprenden que se abran las puertas a quienes violaron la ley para entrar en España, o se otorgue la amnistía y el indulto a los que dieron un golpe de Estado en Cataluña. Tampoco comprenden que la igualdad ante la ley se rompa según el territorio de residencia, el lugar de procedencia o los genitales que se posean.
La desafección ha crecido, además, con la gestión de los desastres naturales o inducidos por la negligencia política. La sensación es que a los dirigentes no les importa la gente. Recuerdan que con la dana de Valencia todos los dirigentes fallaron: unos no estaban, y los otros se encontraban más preocupados en votar en el Congreso a los cargos de RTVE que en mandar recursos del Estado a las zonas afectadas. Lo mismo ha pasado con la tragedia de Adamuz.
Las imágenes de María Jesús Montero braceando para colocarse en la foto junto a los Reyes han alimentado más el sentimiento antisistema que el infierno fiscal de su Gobierno. Los sistémicos no entienden que son contraproducentes las imágenes de candidatos saludando a viandantes que en realidad son militantes del partido, o cuando aparecen posando como si fueran gente normal. Estas patochadas viejunas chirrían tanto como esos mítines ante una feligresía que ríe las gracias y aplaude cuando lo indica el regidor.
«La división es clara: sistema sí o no. Ya no se trata ni de izquierdas o derechas; ni siquiera es algo solo centrado en España»
La gente no es idiota. Tampoco los que votan a Vox. Puede ser que vean bien pactar con Feijóo para enterrar el sanchismo, pero el próximo muerto que quieren ver pasar es el PP. Lo ven como parte de un sistema que ya no quieren. Esta es una realidad que podemos admitir o simplemente rasgarnos las vestiduras en medio del hundimiento. La división es clara: sistema sí o no. Ya no se trata de conservadores, liberales o socialdemócratas, ni de izquierdas o derechas; ni siquiera es algo solo centrado en España. Este es un fenómeno global, lógicamente. No se puede vender que vivimos en un mundo hiperconectado y al mismo tiempo reducirlo todo a una cuestión local.
Pasó el tiempo del supremacista moral que considera que el rebaño es pastoreable con más gasto social y una buena comunicación. Quedaron fuera de juego los que exigen mejor adoctrinamiento en las aulas y la prohibición o control de las redes sociales. Es tarde para eso. Viven en otro mundo. El caso de Portugal es significativo: han tenido que unirse todos los sistémicos para hacer frente al antisistema, que ha superado el 30% de los votos. De hecho, en España también hay quien sugiere que el PSOE facilite al PP el Gobierno en Aragón para evitar que Vox ponga en «riesgo» el sistema.
El crecimiento de Vox no es un accidente ni una gamberrada electoral. Estamos ante el síntoma de un sistema que cada vez más gente percibe como ofensivo o agotado. Si la respuesta o el análisis acomodado se limitan a la indignación moral o a la criminalización de su votante, no hacen más que alimentar esa desafección y reforzar la creencia de que el sistema está podrido. Quizá llegó el momento de cambiar las cosas.