The Objective
Antonio Elorza

Vox y Sánchez: una causa común

«Sánchez y Abascal coinciden: hay que evitar a toda costa que la derecha constitucional gane de verdad las elecciones. Y la pinza se aprieta cada vez más»

Opinión
Vox y Sánchez: una causa común

Ilustración de Alejandra Svriz.

Con mayor razón que en Extremadura, las elecciones aragonesas no deben ser leídas solo en función de sus resultados cuantitativos, sino también en los tendenciales. Más aún cuando en cada consulta se están midiendo las previsiones de cara al momento decisivo de 2027. Una vez adoptado este punto de vista, la lectura de los datos obliga a una serie de correcciones para los principales partidos.

Por eso cabe justificar un diagnóstico provocador: el acierto, por no decir triunfo de Pedro Sánchez. En absoluto sustentado en los votos y escaños obtenidos, sino por el éxito logrado mediante su estrategia respecto de la oposición y del propio Partido Socialista. Nunca buscó ganar. El Gobierno sabía de sobra que un fuerte retroceso era inevitable, no solo por el declive que acusan las encuestas a escala nacional, sino por el hecho de que Aragón es particularmente sensible a los efectos de la «singularidad» financiera otorgada a su vecino.

Por añadidura la candidata, Pilar Alegría, era el mejor representante, la imagen más descarada, si se quiere, de esa política contraria a los intereses regionales. Con ello resultaba invalidado el efecto favorable del ministro que sacrifica su carrera nacional por atender a su tierra. En tales circunstancias, dando por descontado el retroceso, este ha sido importante, pero no catastrófico. Puede ser recuperable a medio plazo, como en la década anterior. Vox se acerca bastante al PSOE, si bien está aún lejos de ese sorpasso, que hubiera sido realmente desmoralizador.

Pedro Sánchez sabía que no podía vencer en esta partida, y ha insistido en el juego que viene desarrollando desde 2023: el verdadero enemigo es aquel que amenaza su posición de poder, y este no es Vox, sino el PP. Para comprobarlo, no hay más que seguir la abrumadora convergencia reciente en las declaraciones y los juicios sobre todos y cada uno de los aspectos de la vida política, tanto del coro ministerial como del mediático, incluida la misma noche de domingo. Que no se desvíe un disparo: la diana es el PP. Hasta los politólogos de calidad, pero de servicio, olvidan la cuestión ferroviaria, para centrarse en Móstoles.

La maquinaria de descalificación ha funcionado a tope. De antemano, por si la victoria del PP fuera insuficiente, se procede a desechar  toda justificación para convocar elecciones de comunidad al impedir Vox la aprobación de presupuestos, como si eso fuera irrelevante y resultase posible gobernar sin ellos en una comunidad, al modo de Sánchez en Madrid. Ha sido, dicen, un simple intento de prepotencia que ha fracasado. Así que lo esencial, para el coro del Gobierno, no es la debacle socialista, sino el fracaso del Partido Popular.

«En el discurso sanchista lo importante es servirse de Vox como la referencia constante de identificación negativa contra el PP»

No ha de existir la menor duda: el PP es el Mal, y específicamente el Mal político, pero un Mal vacío,  al ser llevado siempre a identificarse con Vox. A partir de este punto, curioso viraje: Vox como tal nunca es el objeto de descalificación ni de  crítica. No existe en el discurso sanchista, porque lo importante es servirse de la formación de Abascal como la referencia constante de identificación negativa, satanizadora, contra el PP. Es un juego de billar, donde se apunta en apariencia a Vox en todo momento, pero para golpear a la derecha conservadora. Esta pasa, insistimos, a carecer de contenido político, pues se reduce a ser la máscara de Vox. Y el remedo de oposición «progresista» a la ultraderecha tiene por último efecto la exaltación acrítica de Vox como verdadero protagonista. Los resultados están ante nosotros.

Y no solo cabe registrar el ataque unidireccional del Gobierno. Estamos ante una pinza, porque desde que Vox se ha llenado de autosatisfacción al recibir el aval de Trump, dejó de ser un incómodo aliado para la derecha mayoritaria, conservadora, aun cargado ostensiblemente de menosprecio («la derechita»). Ahora aspira de modo inequívoco a su sustitución. Hay antecedentes directos de ese propósito logrado en Francia y algo parecido apunta con Chega en Portugal. El agravante aquí es que por lo visto hasta hoy, Santiago Abascal no piensa en un enlace entre radicalismo en la forma y modulación en objetivos y tácticas, el fortiter in re, suaviter in modo de Giorgia Meloni en Italia, o del tándem Le Pen/Bardella en Francia. Está más cerca de una actitud a lo Matteo Salvini, rotunda, intransigente y privada de matices, sin modulación ni en la definición de objetivos, ni en la política de alianzas.

Es la consecuencia lógica de que Abascal haya elegido una estrategia bien simple, y que de momento le va bien para capitalizar el cabreo, como es costumbre decir. Se presenta a las cámaras como el mefistofélico Espíritu que Siempre Niega, con gesto de severo rigor, en torno al núcleo duro de denunciar la inmigración desnacionalizadora, pero también en otros aspectos de primera importancia: antifeminismo, condena del aborto, rechazo de la ecología, antieuropeísmo. Revisionismo a fondo de la Constitución. El círculo se cierra con el choque con la Iglesia y el distanciamiento de la monarquía. La negación lo informa todo y permite saltar por encima de la adhesión a Trump, pese a una política arancelaria que tan mal encaja con los intereses españoles. Es una derecha profunda, satisfecha de haberse conocido como tal más allá del posfranquismo y de progresar como antisistema.  

Sánchez no ha necesitado hablar, y claro, no iba a hacerlo con los resultados de Aragón en la mano. Lo ha hecho en su nombre Abascal, que a diferencia de Pilar Alegría, ni siquiera ha reconocido por un momento que el PP haya ganado las elecciones en Aragón. Solo las ha ganado Vox, al que le han ido ciertamente muy bien las cosas, pero no las ha ganado. Desde esa fusión de error deliberado y egolatría, anuncia reiterar el planteamiento ya fijado para Extremadura, al exigir que se cumplan en la totalidad sus condiciones, asumiendo aspectos claves (inmigración), porque según dijo para Extremadura, «no se fía del PP».

«El PP es un siervo de Vox, según  Pedro Sánchez, y un siervo de Pedro Sánchez, según  Vox»

De forma simétrica al discurso sanchista, la razón de ser de Vox no es ya un requerimiento de seriedad política, para convertirse en una alternativa absoluta, sin concesiones, a la supuesta política coincidente de PSOE y PP. Basta que el partido de Feijóo piense en asistir con el gobierno a un acto sobre víctimas, o que acepte un diálogo sobre subida de las pensiones, para resultar denunciado como traidor a unas esencias que al parecer solo Vox guarda.

Como consecuencia, desde ángulos opuestos, Sánchez y Abascal coinciden: hay que evitar a toda costa que la derecha constitucional gane de verdad las elecciones, poniendo en práctica su política. Y golpe a golpe, elección autonómica tras elección autonómica, la pinza se aprieta cada vez más. Una bendición para Pedro Sánchez. Correlativamente, la aplicación sistemática de la política del Muro, en los términos descritos, lleva a reproducir la vía francesa de futuro acceso al poder para Vox.

Así que el PP es un siervo de Vox, según Pedro Sánchez, y un siervo de Pedro Sánchez, según Vox. Parece obvio que los populares debieran tener todo el interés del mundo en escapar a ese doble cerco. Por eso, atendiendo al punto de vista exclusivo de los resultados electorales, una solución consistiría en lo que puede llamarse el ayusismo —no idéntico con la política de la presidenta—, es decir, comerle el terreno a Vox asumiendo sus planteamientos de mayor calado en la opinión pública, desde el neoliberalismo extremo en economía a la también extrema política contra la inmigración. Irse hacia el centro sería suicida, se insiste desde ese mismo ángulo y estas páginas. Siempre en términos electorales, de trasvase de votos, cabe admitir que la propuesta resulta atractiva a corto plazo.

Lo es menos dada la deriva trumpista de Vox, convertido en eficaz formación atrapalotodo del descontento. Para derecha pura y dura, ya están los de Abascal, y todo intento de disfraz puede acabar en fiascos semejantes al fichaje de Vito Quiles. Y sobre todo porque para derecha e izquierda en España lo fundamental no debiera ser la ventaja obtenida en una captación inmediata de votos, sino la restauración del equilibrio político hoy roto en nuestro país, aunando crecimiento y corrección de la desigualdad. Una conjunción que lograron realizar dos presidentes tan distantes entre sí como Felipe González y José María Aznar.

«Lo que falta en el PP de hoy no es un giro hacia la derecha o hacia el centro, sino un esfuerzo de imaginación y rigor político»

En esta dirección, lo que falta en el PP de hoy no es un giro hacia la derecha o hacia el centro, sino un esfuerzo de imaginación y rigor político hasta ahora ausente. En todas las crisis por las que hemos ido pasando en el último bienio, siempre ha estado bien claro lo que rechaza el PP de la política de Sánchez, y eso es necesario, pero no suficiente. En todos esos casos faltó una definición concreta de lo que debiera haberse hecho, una explicación que diera a los ciudadanos confianza en sus propuestas, en su competencia política. Sin olvidar la revisión de su propio comportamiento, el de la dirección central o de sus gobernantes autonómicos.  

La lamentable experiencia de la dana, al mostrar la incapacidad de la dirección nacional del PP para explotar a fondo la inhibición de Sánchez, para liberarse a tiempo de Mazón, para establecer su propio balance de lo ocurrido ante la opinión pública, ha sido un buen ejemplo de por qué el Partido Popular es vulnerable a las descalificaciones de sus adversarios y de sus problemáticos aliados. También de porqué su primacía política tiene como principal base el creciente rechazo de los ciudadanos españoles a la gestión de Pedro Sánchez, sin que ello suscite el menor entusiasmo, pensando en una llegada de Feijóo a la Moncloa. Parafraseando a Unamuno, podrá ganar hasta entonces elecciones parciales, pero difícilmente gobernará a partir de 2027. Pedro Sánchez y Vox cuentan con ello.

Eso sí, siempre en el caso de que las cosas no se precipiten con las elecciones de Castilla y León, donde la posición del PP es más débil, y tendrá que sufrir el asalto de un Vox ya fuerte y de la descalificación global por el PSOE a cuenta de los incendios. Hemos visto cómo no ha funcionado la llamada por Azcón a consolidar lo ya logrado, cuando hasta hoy la gran baza del PP reside en transmitir la confianza en que, solo o no, es la única fuerza política que puede derribar al sanchismo. Y como Vox seguirá presionando a fondo para erosionar esa pretensión, un grave revés electoral supondría el principio de su fin. La No Santa Alianza de Vox y Sánchez habría triunfado, pudiendo ambos soñar un futuro en que se encuentren al fin solos.

Publicidad