The Objective
Hugo Pérez Ayán

PP, Vox y el futuro inevitable

«Hoy el debate político va de la decadencia de España en todos los planos: político, económico y moral. Va de un Estado que no está ahí cuando el pueblo lo necesita»

Opinión
PP, Vox y el futuro inevitable

Ilustración de Alejandra Svriz.

Todavía con la resaca de las elecciones de Aragón celebradas el pasado domingo, empieza a vislumbrarse con más claridad que nunca la nueva realidad que se abre paso en España. Vox crece sin parar, la izquierda con el PSOE a la cabeza se derrumba a mínimos históricos y el PP, aun resintiéndose ligeramente, se mantiene como claro partido de gobierno. No obstante, en el cuartel general de los populares no terminan de entender bien por qué es Abascal quien rentabiliza la debacle socialista. El cabreo, dicen. Puede ser, en parte. Pero hay algo mucho más profundo que se mueve bajo tierra, un verdadero movimiento de placas tectónicas que puede cambiar para siempre el panorama político español.

En el PP intuyen por qué crece Vox, pero aún no lo terminan de entender. Creen que su auge se debe al hastío de la sociedad española, que reclama más dureza, más contundencia y más decibelios en el debate público. Por eso, mejoran su presencia en redes, endurecen su discurso en materia de inmigración, se acercan a figuras como Vito Quiles… Y nada. Al menos aparentemente, nada de nada. El partido de Abascal sigue creciendo cada vez que se abren las urnas, batiendo todos los récords de su formación y aun de cualquier fuerza no bipartidista. Porque en realidad el crecimiento de Vox responde a algo más esencial: la percepción por parte de una porción importante del electorado de centro-derecha de que el PP no tiene proyecto ni credibilidad.

El PP es rehén de su propio pasado, de su falta de capital humano y de su liderazgo socialmente cuestionado. Y tal vez el PP pueda hacer ya hoy poco por revertir eso que, con todo, no les ha impedido volver a ser la primera fuerza política de España con unos resultados envidiables en muchos otros países de Europa. Tal vez sólo puedan aspirar a mantener su muy buen resultado de 2023 y esta vez sumar para gobernar. Porque, pese a la mala gestión de expectativas, el resultado obtenido el 23 de julio de aquel año fue un buen resultado. De hecho, fue el mejor desde 2011, mejor aún que el obtenido por Rajoy en 2016. Y aunque en Génova hayan llegado a fantasear con los 160 escaños o recuperar los 10 millones de votos que un día tuvieron, los tiempos han cambiado.

En 2023 esto aún iba de sanchismo o antisanchismo y ahí el PP se supo y se sabe mover muy bien. Insuflados de ayusismo y de derogación del sanchismo, obtuvieron unos resultados históricos en municipales y autonómicas. Pero hoy esto va de algo más. Hoy el debate político va de la decadencia de España en todos los planos: político, económico y moral. Va de un Estado disfuncional que no está ahí cuando el pueblo lo necesita. Va de brecha generacional, de boomers acomodados frente a una juventud sin futuro ante los retos de la vivienda, las pensiones o la inmigración. Y seguramente el PP no pueda capitalizar ninguno de esos movimientos sin impugnarse a sí mismo.

Para hacerlo, tendrían que cuestionar más que una mala gestión. Tendrían que apuntar directamente a las disfunciones del Estado y de las autonomías de las que ellos, en mayor o menor medida, también han sido o son partícipes. Porque la sensación de los españoles es que, tras años de gobiernos de uno y otro color, España se cae a cachos. Tendrían, además, que decirle a su principal masa de votantes, los boomers, que si gobiernan ellos van a tener que hacer renuncias por el bien de sus hijos y nietos. Y eso sus votantes no lo van a tolerar. El PP es poco creíble porque tiene parte de responsabilidad y porque es difícil creer que vayan a ser capaces de cambiar algo sin firmar su propia sentencia de muerte.

«Es la fuerza política más viva porque encarna la pulsión de la España que viene»

En cambio, Vox es una impugnación a ambas cosas. Es populismo y es fuerza generacional. Es hastío y a la vez es un halo de esperanza y orgullo nacional para cada vez más jóvenes que sienten que les están «robando» su país. Vox es hoy la fuerza central del debate político, en torno a la que gira el posicionamiento del resto de partidos, ya sea por oposición como por adhesión o diferenciación. Es la fuerza política más viva porque encarna la pulsión de la España que viene. La vitalidad de un partido se mide siempre, de alguna manera, por su capacidad para permear entre las generaciones más jóvenes, que son en definitiva las que están llamadas a heredar el país en el que han nacido. Y hoy es Vox quien claramente lidera ese empuje.

Durante años, cuando España iba bien, las nuevas generaciones iban engrosando las filas de PP o PSOE. Si se tiene mucho que perder, la opción racional es apostar por los partidos del sistema que garantizan estabilidad o, acaso, cambio gradual. Por tanto, lo mal que va España puede medirse en la fuerza que tienen los partidos «populistas» frente a la «élite». Así, desde 2011, el bipartidismo que representaba a una sociedad acomodada ha ido perdiendo apoyo. Primero fue con el auge de Podemos, que respondía a una crisis política y económica profunda, pero relativamente coyuntural. Ahora, el auge de Vox responde a una decadencia mucho más acusada y estructural. Cuanto peor esté España más fuerte estará Vox.

Esta ruptura entre partidos del sistema y partidos contra el sistema se podrá ver muy claramente en el próximo acto que celebrará que la Constitución de 1978 es ya la más longeva de nuestra historia. Solo PSOE y PP estarán presentes. La izquierda se ausentará porque no cree en España. Lleva sin creer en ella desde hace mucho. Y Vox se ausentará porque representa a los que ya no creen en el sistema. Y, si el cambio de gobierno pasa necesariamente por un entendimiento entre PP y Vox, ¿cómo conjugar entonces ambas cosas, continuidad y ruptura? Pues logrando encontrar el punto virtuoso. Entre la bunkerización y la revolución surge la opción reformista. Una reforma profunda que la España del 78 necesita para seguir viviendo.

Así, si el PP tiene poca credibilidad, Vox tiene poca experiencia. Y puede que la combinación ideal sea un Gobierno en el que el PP aporte la solvencia y Vox sea la palanca de cambio. El PP, además de fortalecer un proyecto político claro aunque limitado por sus propias restricciones internas, debe demostrarse como la parte profesional de la ecuación. Y ojo, que solvencia no es gestión gris. Es demostrar capacidad y preparación para asumir los retos de España. Vox, por su parte, debe decidir de una vez qué quiere ser de mayor y demostrar que verdaderamente les importa más entenderse con los populares para impulsar el cambio que superar a los de Feijóo. Este es el futuro al que nos dirigimos de forma inexorable y toca ahora a nuestros representantes decidir si esta vez estarán a la altura de la historia.

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