The Objective
Jorge Mestre

¿Qué quiere Vox?

«La pregunta no es si Vox quiere poder. Claro que quiere. Hasta la asociación de vecinos de Villaconejos quiere poder. La cuestión es qué poder le renta más ahora»

Opinión
¿Qué quiere Vox?

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay una escena muy española que explica mejor la política que cualquier tratado de ciencia política: dos tipos echando un pulso en la barra de un bar… mientras el camarero sigue poniendo cañas y el partido de la tele continúa como si nada.

Así está la derecha española: mucho pulso, mucho gesto, mucho teatro de fuerza.

La pregunta no es si Vox quiere poder. Claro que quiere. Hasta la asociación de vecinos de Villaconejos quiere poder. La cuestión es otra, más incómoda y más real: qué tipo de poder le renta más ahora mismo.

Porque gobernar ensucia. Gobernar es meterse en la cocina: grasa, humo y siempre algo que se quema. Y luego hay que dar la cara. Explicar por qué tal chiringuito no se ha cerrado en 48 horas, por qué las subvenciones a los sindicatos no desaparecen por decreto y por qué el BOE sigue pariendo políticas de género aunque uno haya prometido dinamitar medio Estado.

Y eso desgasta. Eso enfría la épica. Eso convierte al azote en gestor, al látigo en contable y al mitin en rueda de prensa.

En cambio, crecer desde la oposición es gloria bendita. Es espada limpia. Es decir «yo no trago» mientras es otro el que firma. Es mantener el traje planchado mientras el PP suda en la cocina y se quema con la sartén.

Por eso la inestabilidad, que antes daba mala fama, ahora cotiza al alza. El bloqueo ya no es un fracaso: es un gesto de firmeza. El no constante es medalla. Y si hay repetición electoral, mejor: otra vuelta al ruedo, otra oportunidad de crecer a costa del vecino torpe.

«El votante de centroderecha está pidiendo una cosa muy básica: ‘Oiga, échenme a Pedro Sánchez de la Moncloa y ya luego hablamos de Montesquieu’»

Mientras tanto, el Partido Popular juega a ser el adulto en una guardería incendiada. Alberto Núñez Feijóo habla de centralidad, de responsabilidad, de Estado. Y suena muy bien… en un seminario de verano de constitucionalistas. Pero en la plaza pública de 2026, donde se vota con las tripas y se decide con el cabreo, eso suena a misa de doce y a homilía sin feligreses.

El votante de centroderecha medio no está pidiendo un tratado de filosofía política. Está pidiendo una cosa muy básica: «Oiga, échenme a Pedro Sánchez de la Moncloa y ya luego hablamos de Montesquieu». Primero la llave, luego la teoría del Estado.

Ahí Vox tiene olfato. Sabe que el enfado es combustible. Que el votante cabreado no quiere matices, quiere martillo. Y que cada vez que el PP duda, negocia o explica demasiado, suena a profesor de instituto intentando calmar a una clase que ya ha tirado las sillas por la ventana y se ha llevado la puerta.

Por eso el tono se ha disparado. Basta oír ciertas intervenciones, donde la política ya no es debate sino un concurso de lanzallamas verbal. Da igual el fondo. Lo que importa es quién incendia más rápido el plató. El mensaje es claro: cuanto más grueso, más puro pareces. Cuanto más innegociable, más auténtico… aunque luego no gobiernes ni una comunidad de vecinos.

Y eso tiene premio.

Porque mientras unos hablan de mayorías, acuerdos y presupuestos, otros hablan de traición, de rendición, de invasión y de expulsión. El volumen sustituye al argumento. El puñetazo en la mesa sustituye al reglamento. El decibelio reemplaza al dato.

Así que, ¿qué quiere Vox?

Quiere crecer. Quiere que el PP se desgaste gestionando lo poco que puede y justificando lo que no puede. Quiere ser el que siempre pueda decir «yo lo habría hecho de otra manera». Quiere llegar fuerte al día en que el poder central esté a tiro. No llegar manchado por concesiones autonómicas, sino con la épica intacta, el discurso sin rebajas y la parroquia convencida de que nunca se arrodilló. Ni siquiera para atarse los cordones.

Mientras tanto, el pulso sigue. PP y Vox midiéndose como dos tipos en la barra, uno con la servilleta doblada, otro con la vena hinchada. Y detrás, la maquinaria real —la burocracia, la inercia del Estado— avanzando como un tren que no mira por la ventanilla mientras los viajeros discuten el color de los asientos.

Vox quiere gobernar, sí. Pero cuando gobernar le rente más que la pose. Cuando el poder no huela a sudor de gestión, sino a victoria limpia de foto y titular. Cuando pueda entrar sin parecer uno más de «los de siempre».

Hasta entonces, seguirá jugando al límite. Porque en esta política de hoy, donde la pureza cotiza más que la eficacia, a veces sale más barato no tocar poder… que tocarlo y mancharse.

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