Vox, el diablo en campaña
«Es Santiago Abascal, desde el otro extremo del espectro político, el que mejor capitaliza ese torrente de furia y mala leche que recorre el país»

Santiago Abascal, líder de Vox. | Eduardo Parra (Europa Press)
Álvaro Vargas Llosa publicó en 1991 un entretenido libro en el que relataba, casi como un desahogo personal, el fracasado intento de su padre de ganar un año antes las elecciones presidenciales en Perú. El libro, titulado El diablo en campaña, daba cuenta de cómo un outsider populista, un pionero de la antipolítica, como Alberto Fujimori, «cuyas propuestas de gobierno no pasaban de un puñado de frases dichas en negativo», había conseguido derrotar al cosmopolita, liberal y reformista Mario Vargas Llosa.
Desde entonces, la antipolítica ha prosperado tanto en el mundo que por dos veces ha hecho presidente de los Estados Unidos a Donald Trump y es la tendencia política que más crece en Europa y en toda Hispanoamérica, donde ya gobierna en países previamente devastados por la izquierda, como Argentina. En España, apareció hace una década de la mano de Pablo Iglesias, quien supo aprovechar la dura digestión de la catastrófica herencia económica de José Luis Rodríguez Zapatero, para convertirse en una alternativa real.
Sin embargo, en poco tiempo el electorado descubrió que detrás de sus airados discursos contra la casta, el capitalismo y el «régimen del 78», no había más que modos y usos autoritarios, además de todas las viejas recetas propias de la chatarra ideológica del comunismo. En consecuencia, los mismos ciudadanos que lo habían aupado lo devolvieron a la marginalidad política de la que había salido. En Aragón, donde Podemos llegó a tener 14 escaños (los mismos que ha obtenido Vox), acaba de convertirse en extraparlamentario.
Ahora es Santiago Abascal, desde el otro extremo del espectro político, el que mejor capitaliza ese torrente de furia y mala leche que recorre el país como un insufrible dolor de muelas. Pero para sus votantes, como ocurrió antes con Podemos, Vox es también lo nuevo, lo iconoclasta, el voto rebelde, la única respuesta que está a la altura de la repulsión que les provocan cada uno de los socios del Gobierno Frankenstein y los comportamientos políticos y personales de Pedro Sánchez.
Por eso, donde el Gobierno se afana en buscar conspiraciones derechistas, fascismo y fachosferas, la disciplinada tropa de Abascal quiere ver únicamente una cruzada, un proyecto de regeneración nacional, además de un desahogo electoral y hasta físico contra los ‘aprovechategis’ del PNV, la chulería del pichi Rufián, la xenofobia de Puigdemont, la escalofriante mirada de Mertxe Aizpurua o el achatarramiento progresivo de las infraestructuras y de las instituciones del país.
Es un espacio en el que compite duramente con el PP, todavía la fuerza dominante en ese campo, aunque para el dogmatismo voxero, a los populares, antes «derechita cobarde» y ahora la otra pata del «régimen corrupto del bipartidismo», les sobra moderación y les falta pureza ideológica. Su divisa es que todo lo que no es radical, frentista y maniqueo es impuro y está corrompido, de manera que la negociación y el pacto no son más que una vergonzosa muestra de debilidad.
Por eso, para ellos, Vox es la única garantía de salvar todo lo que odia y combate el Frankenstein: una identidad nacional española sin complejos, un contundente rechazo al feminismo institucional, el desdén a la tabarra del cambio climático, el recelo ancestral contra el moro (el «califato de Bruselas») y la expulsión de todos los inmigrantes que viven en España, incluso de los que han adquirido recientemente la nacionalidad española.
En la creación de ese clima de polarización colabora activamente Pedro Sánchez con anuncios como la regularización de medio millón de inmigrantes durante la reciente campaña electoral en Aragón y que tanto daño le ha hecho a su candidata, Pilar Alegría.
La inmigración es precisamente la viga maestra sobre la que descansa todo el andamiaje político de Vox. Abascal ha anunciado que si llega a gobernar, expulsará a 600.000 inmigrantes al año (2,4 millones en una legislatura), lo que supone mandar de vuelta a más del 5% de la actual población española.
No ha dicho, sin embargo, cómo va a hacerlo. Nadie sabe si tiene un plan o si es solo uno de tantos anuncios genéricos para excitar la bilis patriótica del votante. Tampoco si lo hará al modo norteamericano, creando un nuevo Servicio de Inmigración y Control de Fronteras, como el siniestro ICE, que parece entrenado para detener a niños de cinco años como Liam Conejo y asesinar a sangre fría a ciudadanos norteamericanos, aunque estos sean blancos y de origen anglosajón.
Pero esto es lo propio de los partidos protesta sin responsabilidades de Gobierno, que se pueden permitir el lujo de convertir la organización en una iglesia del pensamiento único y el discurso político en un catecismo de consignas morales y patrióticas, sin necesidad de mostrar resultados de gestión.
Ni siquiera está clara la posición de Vox sobre el modelo de Estado y la jefatura del Estado. Al igual que todos los socios independentistas del Frankenstein, también ha tomado la costumbre de plantar al Rey en todos los actos institucionales (12 de octubre, 50º aniversario de la monarquía o el reciente funeral por las víctimas de Adamuz).
Da lo mismo. Vox, como El diablo en campaña, vive en un momento dulce en el que haga lo que haga y diga lo que diga, todo le favorece. Está imbatible y subirá aún más antes de que empiece a caer. Corre con el viento a favor y lo que antes le penalizaba, ahora le impulsa y le premia. El pasado domingo en Aragón volvió a ser el gran triunfador de la jornada. En teoría, el gran derrotado fue el PSOE, aunque los populares se dejaron dos escaños, pero Vox no trabaja por el cambio y para desalojar a los socialistas, sino para asfixiar al PP con el afán de sobrepasarlo. This is the question.