The Objective
Javier Benegas

Así comienzan las dictaduras

«En una democracia, el poder no señala periodistas; los periodistas señalan al poder. Invertir esa relación no es un descuido. Es una decisión política consciente»

Opinión
Así comienzan las dictaduras

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay gestos que delatan más que cien discursos. Señales que obligan a releer el presente a la luz de la historia. El reciente señalamiento de periodistas y medios de comunicación por parte de Pedro Sánchez, pronunciado desde la tribuna del Parlamento, pertenece a esa categoría de actos que no deberían ocurrir jamás en una democracia.

Lo que vimos no fue una crítica a una información determinada, ni siquiera una réplica airada. Fue algo más peligroso: nombrar, señalar, advertir. Convertir a periodistas concretos en objetivo político desde el corazón institucional del Estado. En concreto, a THE OBJECTIVE, dirigido por Álvaro Nieto, y al programa de televisión Horizonte, conducido por Íker Jiménez.

El escenario donde se produce el señalamiento no es un detalle menor. El Parlamento español no es lugar de tertulias, ni de mítines, ni un espacio para el desahogo. Es el lugar donde el Ejecutivo comparece para ser fiscalizado, no al revés. Cuando el presidente invierte los términos y señala a quienes lo fiscalizan desde fuera, el poder deja de sentirse observado y comienza a vigilar.

No es una exageración. El señalamiento es uno de los mecanismos más antiguos del autoritarismo. No es todavía censura, pero ya ataca la libertad. Ahí arranca el deterioro final, cuando el poder empieza a imponer el miedo sin necesidad de legislar. La advertencia, la velada amenaza, sustituye a la prohibición. La demonización reemplaza al castigo. El periodista todavía no es encarcelado, pero ya ha sido marcado.

La historia está llena de ejemplos. El totalitarismo soviético no necesitó cerrar todos los periódicos desde el primer día: le bastó con declarar qué voces eran «antisociales». El fascismo italiano de Benito Mussolini comprendió pronto que el control de la opinión era más eficaz que la represión directa. El régimen chino de Xi Jinping lo perfeccionó. En la dictadura china no hace falta prohibir; el periodista ha interiorizado el peligro. La Rusia de Vladimir Putin llevó esta lógica hasta su expresión más cínica: desacreditar primero, aislar después y silenciar al final con misteriosos saltos al vacío, envenenamientos radiactivos y suicidios inverosímiles. En todos los casos se reproduce la misma secuencia. El autoritarismo no empieza directamente con la mordaza, sino con el dedo acusador. No dice «cierra la boca», dice «ándate con cuidado».

«Cuando el poder se atribuye la capacidad de decidir qué discursos son legítimos y cuáles no, la pluralidad pasa a convertirse en amenaza»

Hannah Arendt ya nos previno de que el verdadero peligro no consiste solo en la represión visible, sino en la transformación del espacio público en un territorio vigilado. Cuando el poder se atribuye la capacidad de decidir qué discursos son legítimos y cuáles sospechosos, la pluralidad deja de ser un valor y pasa a convertirse en amenaza. En ese momento, la libertad queda mortalmente herida. Ya no hace falta prohibir la verdad: se vuelve peligrosa para quien la pronuncia. Se trata de desacreditar al mensajero. Y el señalamiento de Sánchez cumple exactamente esa función.

Aleksandr Solzhenitsyn fue aún más lejos que Arendt al denunciar que el primer triunfo del despotismo no es el silenciamiento a la fuerza, sino la colaboración pasiva. Como él mismo expresó: «Sabemos que mienten, ellos saben que mienten, ellos saben que sabemos que mienten… y aun así siguen mintiendo». Cuando este cinismo se normaliza, la libertad ya es una causa perdida.

Para el totalitario, el verdadero enfrentamiento no es entre ideologías, sino entre la vida en la verdad y la vida en la mentira. Y señalar a periodistas desde el Parlamento es una invitación descarada a abandonar la primera para instalarse en la segunda.

En el caso de Sánchez hay, además, aspectos especialmente inquietantes. No hace el señalamiento vestido de uniforme ni después de un golpe constitucional, sino vestido de civil y presentándose como garante del progreso, la tolerancia y la democracia. La historia está llena de gobernantes que, imbuidos de una falsa superioridad moral, acabaron imponiendo que cualquier límite a su poder era injusto, reaccionario o peligroso.

«El autoritarismo moderno se disfraza de responsabilidad, de justicia social, de defensa del bien común»

El autoritarismo moderno rara vez se presenta como tal. Se disfraza de responsabilidad, de justicia social, de defensa del bien común. No quema libros, estigmatiza autores. No clausura diarios, los convierte en objetivo político. No persigue disidentes, los señala para que otros hagan el trabajo sucio.

Con todo, lo más peligroso no es el gesto en sí, sino la tentación de aceptarlo como normal. De relativizarlo. De decir «no es para tanto». Esa es la antesala del deterioro definitivo de la democracia. El autoritarismo actual no avanza con tanques, sino con precedentes. Cada abuso tolerado se convierte en un escalón hacia el siguiente. Hoy se señala a unos periodistas. Mañana a otros. Pasado mañana, el silencio será presentado como síntoma de madurez democrática. Y cuando alguien pregunte en qué momento cruzamos la línea, ya será demasiado tarde.

Da igual la justificación. En una democracia, el poder no señala periodistas; los periodistas señalan al poder. Invertir esa relación no es un error ni un descuido. Es una decisión política consciente. Y como tal debe ser denunciada y juzgada.

Pedro Sánchez, en su loca huida hacia delante, ha decidido mirarse en un oscuro espejo, uno en el que otros líderes, antes que él, se reconocieron como imprescindibles, incomprendidos y moralmente superiores. La historia, sin embargo, no suele ser muy considerada con quienes neutralizan la crítica con amenazas, ni confunden poder con verdad.

Aquí no hay lugar a interpretaciones alternativas. Señalar periodistas desde el Parlamento no es una muestra de fortaleza, sino de inseguridad. No es liderar. Es intimidar. No es un desliz democrático. Es un claro síntoma autoritario. La libertad de información no se defiende cuando resulta elogiosa ni cuando se adapta como un guante al relato oficial. Se defiende cuando es inconveniente, cuando molesta, cuando desestabiliza al poder. Hoy molesta. Y por eso ha sido señalada. Esa es la noticia. Y también la advertencia.

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