The Objective
Nicolás Redondo Terreros

Pero todo sigue igual

«El objetivo del siniestro gabinete de Sánchez es engordar a Vox en detrimento del PP y fortalecerse él, usurpando discurso y votos a los partidos de extrema izquierda»

Opinión
Pero todo sigue igual

Ilustración de Alejandra Svriz.

Siendo yo el autor de este artículo, podrían esperar que concentrara todas mis reflexiones en los resultados electorales del PSOE en Aragón. Pero una dedicación excesiva a las lamentables vicisitudes electorales del PSOE de Sánchez daría como resultado una visión muy incompleta de los retos de la izquierda y de los problemas de España, además de mostrar una nostalgia narcisista de la que yo estoy curado. Sería banal, innecesario y equivocado, por ejemplo, si me detuviera mucho tiempo en el error que supuso la designación de una candidata, que ha demostrado más sus limitaciones según ha ido reduciéndose el ámbito de sus responsabilidades. Sería equivocado definir esa nominación como un error, porque forma parte de la estrategia de Sánchez, que imponía a ministros en las Secretarías Generales desde el Gobierno, y no era con la insana voluntad de competir con los adversarios, sino con la intención de controlar la organización del partido socialista. Y esto ya lo denuncié cuando Sánchez impuso a Morant en la Comunidad Valenciana, a Montero en Andalucía o al ínclito Óscar López en Madrid. ¿Alguien en su sano juicio puede creer que Óscar López tenga posibilidades de competir con Ayuso?

En Aragón ha sucedido, con mayor gravedad, lo mismo que en Extremadura. Con mayor gravedad porque ya no pueden lamentar que un candidato no sea el adecuado según su criterio, como hicieron con Gallardo. El argumento de que no ha tenido tiempo para dar a conocer a la candidata es ridículo si tenemos en cuenta la sobreexposición mediática de Pilar Alegría, debido a su cargo de portavoz del Gobierno de Sánchez. Por otro lado, suele suceder que es mejor que no se conozca al candidato para mantener las expectativas. En Aragón no hay disculpas posibles. El resultado no es de Alegría, es de Sánchez. No se debe a las limitaciones de la candidata: ha sido una impugnación clara e incontestable a Pedro Sánchez. En estas elecciones se certifica que el PSOE de Sánchez es cada día que pasa un partido más ensimismado, más arisco, más airado y más soberbio.

Es una quimera, producto de una querencia hacia el pasado enfermiza y nostálgica, pensar que el PSOE tiene remedio a corto o medio plazo. Lo demuestra la ausencia de debate crítico, de reacciones internas ante lo que ha sucedido en Extremadura y en Aragón e inevitablemente ocurrirá en Castilla y León y en Andalucía. Si pareciera demasiado rotunda esta afirmación, solo tendríamos que recurrir a las contestaciones destempladas, ofensivas y carentes de rigor intelectual que siguieron a las declaraciones de Felipe González. Se echa a González a los infiernos mientras se defiende a quien se convirtió en un firme defensor de un dictador, sin saber todavía si lo hizo por estupidez ideológica o por razones crematísticas. En este tiempo es más aceptable pactar con Bildu que llegar a acuerdos de Estado con el PP. En este tiempo, los valores de igualdad no valen nada; ni la nación, ni la historia del PSOE… Todo se compra o se vende según necesite el sumo sacerdote.

Sánchez, a pesar de todo lo que se ha dicho, de todas las críticas, ni siquiera ha hablado de los resultados electorales. Él sigue su camino, su estrategia y esta pasa, aunque parezca un calvario, por la derrota en las elecciones autonómicas; y eso, supongo que nadie lo duda, lo está logrando con brillantez. Desde hace un año, el objetivo del siniestro gabinete de Sánchez es engordar a Vox en detrimento del PP y fortalecerse él en la izquierda, usurpando discurso y votos a los partidos de extrema izquierda, en un remedo de la peripecia política que encumbró a Mélenchon en Francia. El único problema es que lo están haciendo tan brillantemente que el partido de Abascal ya compite con el propio PSOE… Es lo que tienen esos aprendices de brujo: saben cómo empezará pero nunca cómo terminará.

La legitimación de quienes boicotearon desde la Vuelta ciclista a España, la confusión voluntaria entre Netanyahu e Israel, la posición, solo de fotografía, respecto al esfuerzo económico en defensa, ese combate ridículo con el presidente de EEUU, la conversión en el justiciero universal contra los dirigentes de las grandes tecnológicas mundiales —postergando en todos estos casos los intereses nacionales a sus necesidades personales— son las etapas de la fabricación de ese liderazgo de extrema izquierda populista, más artificial que sus poses, pero, probablemente, igual de eficaz.

Como el objetivo de volver a ser presidente en la próxima legislatura es imposible, engordando a Vox, consigue, además de hacer creíble entre los suyos el peligro de la extrema derecha, que el PP tenga unas mayorías precarias que le hagan muy difícil gobernar y siempre dependiendo de Abascal. Porque Vox, sujeto lógicamente a su propia dinámica, no renunciará a que en España suceda lo que ya ha ocurrido en otros países: que la extrema derecha compita con la derecha, una vez inutilizada la izquierda. Con el PP sin mayorías sólidas y Vox aumentando su peso electoral, el gabinete siniestro piensa en una próxima legislatura convulsa socialmente y con una fuerte radicalización política, lo que haría imposible un periodo estable de cuatro años… luego él podría volver.

Esas son las circunstancias reales. La gravedad no reside ya en el PSOE, abducido por el populismo de Sánchez como el partido republicano estadounidense lo está desde hace años por Trump, sino en la España democrática del 78, y en ese marco los mohínes estéticos, las florituras versallescas, las inhibiciones, más estéticas que éticas, sobran. Se trata de decidir si una generación entera decide intervenir activamente o se contenta exclusivamente con admoniciones que les salven. Yo pienso que cada uno, con sus ganas, con la intensidad que crea conveniente, desde donde considere más oportuno y acorde con su biografía, debe comprometerse. Ortega, Pérez de Ayala y Marañón en el 31 del siglo pasado decían: «No hemos sido ni somos políticos. Nadie pretenda, pues, que nuestros actos, palabras y modos coincidan con los usados por quien se ocupa profesionalmente de la política. Salimos de nuestras ocupaciones para actuar… Convencidos de que es hoy, para todos, labor inexcusable». Indicaba que su ayuda era con la reflexión y el razonamiento.

Sabemos de los magníficos discursos de Ortega en las Cortes republicanas —¡Dios mío, si se le comparara con cualquier portavoz de hoy en día!—, sabemos de sus sinsabores tempranos, pero aquel manifiesto anterior a la proclamación de la República fue determinante. Nosotros, desde nuestras circunstancias, y sabiendo qué papel queremos y desarrollemos en el futuro, hoy, en el presente, debemos ejercer toda nuestra influencia para intentar impedir que suceda lo que demasiados están deseando que suceda. Recuperar la palabra, hablar de los retos más que de nuestra historia, proponer más que lamentarnos, defender la historia de España, el valor de la nación, la necesidad de políticas de reformas acordadas y recordar que en España las esperanzas y las ilusiones pasadas tuvieron mucho que ver con los acuerdos políticos.

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