Novelerías reales
«En algún momento de su vida Jeffrey Epstein debió de decidir que a él —un perverso mayordomo de lujo y chantaje— no lo iba a olvidar nadie. Lo ha conseguido»

El novelista francés Renaud Camus.
Jeffrey Epstein es un personaje de Sade y Renaud Camus —el padre de la teoría del gran reemplazo—, un personaje de Tintín.
Renaud Camus vive en un castillo del siglo XV —más antiguo que Moulinsart— con sus libros y su colección de pintura contemporánea. Renaud Camus tiene el aspecto de uno de los científicos que viajan en el Aurora, el buque de La estrella misteriosa. Renaud Camus conoce Francia —su paisaje y geografía— a fondo; no en vano ha pateado —y escrito en sus voluminosos Diarios— el Hexágono entero. Renaud Camus es homosexual y se distinguió en algunas de las manifestaciones gay en el París de los 70. Renaud Camus publicaba sus libros en la prestigiosa P.O.L., pero un buen día decidió liarse la manta a la cabeza y empezó a autopublicarse: lleva años haciéndolo y este es un señuelo de su independencia, o de su apartheid voluntario. Había comenzado su deriva hacia el conservadurismo, que en Francia ha acumulado talentos de primer orden y, al fondo, la ilusión de regresar al Antiguo Régimen, antes de la Revolución, ese espejismo renuente que en el siglo XX tendió al mal. Tanto esa independencia como sus ideas lo mantienen en un lazareto intelectual, donde a veces es visitado por unos y por otros.
Renaud Camus es el padre de la teoría del gran reemplazo —la vieja población francesa, escasa en hijos y sustituida por la nueva, constituida por inmigrantes—, teoría adoptada y esgrimida por el periodista de Le Figaro y luego político conservador Eric Zemmour —candidato al Parlamento— y su novia Sarah Knafo —candidata a la alcaldía de París—. Zemmour era un brillante articulista y Knafo una mujer muy lista, de estirpe judía, como él. Esto no es anecdótico porque quienes los acusan de antisemitismo hacen el ridículo.
Renaud Camus siempre ha renegado del antisemitismo ante quien quiera escucharle y ha condenado todos los atentados amparados en el gran reemplazo, especialmente el que tuvo lugar contra judíos australianos que celebraban el Janucá. Porque a la sombra de su teoría se han acogido varios asesinos y descerebrados en Australia, EEUU y algún que otro país europeo, encantados de apretar el gatillo y sentirse justificados por hacerlo. Por supuesto, no han leído nunca a Renaud Camus y si se lo encontraran por la calle igual le daban una paliza por su atildado aspecto y maneras refinadas.
En España ha citado el gran reemplazo una líder de Podemos —en su caso desde el deseo: que los liberales sean barridos por los inmigrantes— sin saber tampoco quién es el padre de la teoría ni cuál su genealogía intelectual. Esto ha ocurrido al mismo tiempo que se publicaba en USA un ensayo que trata de cómo los radicales alemanes de los años setenta se hicieron amigos de los revolucionarios palestinos. O sea, cómo los terroristas de Alemania y Palestina trabajaron, ejem, juntos en campos de entrenamiento y otras cosas. Los de mi generación recordamos imágenes de aquellos adiestramientos y es más que posible —así se dijo entonces— que entre los adiestradores hubiera nazis refugiados en distintos países de Oriente Próximo.
«Lo que hay en Epstein es un Gatsby perverso y un Ciudadano Kane maligno»
También Hergé puso al malvado coronel Müller, de claro origen nazi, como jefe de policía en la comunista Borduria y lo mismo luego en países árabes. Sin olvidar al Gran Mufti de Jerusalén de los años 30 y su liaison con Adolfo Hitler, ambos —como aquellos izquierdistas alemanes y sus amigos de Al-Fatah— más antisemitas que los filisteos en la Biblia.
Pero vayamos al depravado Epstein. Quien no haya conocido el Antiguo Régimen —dijo Talleyrand— desconoce la dulzura de vivir. Y algo así debió pensar Jeffrey Epstein en su adolescencia, entre la lectura de Juliette y La filosofía en el tocador, las novelas del Marqués de Sade. Epstein encontró en el aristócrata encerrado en la Bastilla por inmoralidad, un espejo donde mirarse. Efectivamente, él y su ayudante femenina Maxwell podrían ser figurantes principales en las orgías de Sade. Y cuando creíamos que se reducía a eso, a perversiones de una novela del marqués o a un epílogo de la fiesta encapuchada de Eyes wide shut, resulta que lo que hay en Epstein es un Gatsby perverso y un ciudadano Kane maligno. ¿Quién puede más, el Gatsby con afición por las jovencitas o el Kane con más afición aún por el poder puro y duro? ¿O lo primero es una consecuencia de lo segundo?
Mientras los medios valoraban, sobre todo, el cariz delictivo de sus cacerías sexuales, ahora empieza la fascinación por el mundo tejido a su alrededor, que es complejo, extenso y parece, por los nombres incluidos en su expediente, bastante poderoso. El hombre ha resultado de la especie arácnida, capaz de tejer una tela donde ha metido a todos y tan bien metidos que ni muerto lo olvidan. En algún momento de su vida debió de decidir que a él —un perverso mayordomo de lujo y chantaje— no lo iba a olvidar nadie. Lo ha conseguido. Mientras, la exhibición de sus pecados y alianzas con distintas máscaras del poder es una forma de incitar a la toma del Palacio de Invierno y que el caos campe a sus anchas. Como si hubiera resucitado el espíritu del monje Calvino: hay que purificar con el fuego la putrefacción del mundo.