Siempre nos quedará Marruecos
«Se habla mucho de la vuelta a los grandes poderes, con sus áreas de influencia, pero a España le vacila y chantajea un ‘pequeño poder’ autoritario y mucho más pobre»

Banderas de Marruecos.
Si rascas, siempre sale Marruecos. Esta semana, este periódico confirmó las sospechas del hackeo del móvil del presidente Sánchez: «Los servicios de inteligencia marroquíes aprovecharon una ‘ventana de oportunidad’ para aislar —mediante un dispositivo denominado IMSI-Catcher— y pinchar el teléfono presidencial durante una visita de Sánchez y el ministro Fernando Grande-Marlaska a Ceuta y Melilla», como escribe el periodista Pelayo Barro. Es una noticia gravísima, aunque quizá no tan grave como el insulto de Rosa Belmonte a Sarah Santaolalla en El hormiguero: la Corte Penal Internacional ha aparcado sus disquisiciones sobre el posible genocidio en Gaza para abordar esto con la seriedad que merece.
Ocurrió el 19 de mayo de 2021, en mitad de la crisis en la frontera (hay otros periodistas como Ignacio Cembrero que afirman que se produjo antes, entre octubre de 2020 y diciembre de 2021, y que el móvil del presidente estuvo comprometido casi 14 meses). De lo que no cabe duda es de que el culpable es Marruecos. En esas fechas, el Gobierno marroquí estaba indignado con el español por haber permitido que el secretario general del Frente Polisario (el movimiento de liberación saharaui), Brahim Ghali, enfermo grave de covid, fuera hospitalizado en España. Usó, entonces, la inmigración en la frontera como arma de presión y venganza. Pero la cosa no quedó ahí.
En julio de ese año, Marruecos pidió al Gobierno español que destituyera a la entonces ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya. Sánchez le hizo caso y nombró al actual ministro José Manuel Albares, que desde el principio mostró una servidumbre vergonzosa con el Gobierno marroquí. Es una situación delirante: un Gobierno débil y autoritario imponiendo con éxito la destitución de una ministra de un país democrático. Se habla hoy mucho de la vuelta a los grandes poderes, con sus áreas de influencia y su imperialismo, pero a España le vacila y chantajea un pequeño poder autoritario y mucho más pobre. Poco después de esa crisis migratoria y de la destitución de Laya, el Gobierno dio su célebre giro con respecto al Sahara Occidental, comprando acríticamente la postura marroquí y abandonando a la antigua excolonia. Mientras se producían estos cambios, el móvil del presidente estaba comprometido.
Coda 1. Esta semana, el ministro Albares ha demostrado unas maneras muy «marroquíes» con la prensa. Una periodista de Europa Press le reprochó que llevaba ocho meses sin atender a los medios. El ministerio se quejó a la agencia de noticias, que cambió a la periodista de su puesto (luego, tras las quejas de periodistas, rectificó).
Coda 2. No me di cuenta cuando la vi en su momento, pero en los créditos de Sirat, la película española de Oliver Laxe que está nominada a los Oscar, sale un agradecimiento al exministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos, ese gran lobbyista de la monarquía alauí, que ha recibido premios del Gobierno marroquí por ser un «gran amigo de Marruecos». Quizá esto explica por qué Sirāt, que está financiada en parte por Marruecos y cuyo director vivió en el país muchos años, es una película tan políticamente analfabeta, como explica esta estupenda reseña del crítico de cine Pablo Caldera: crea un conflicto ficticio en un lugar donde existe un verdadero conflicto desde hace décadas, y del que somos especialmente responsables los españoles.