El gran duelo de valores
«Hubo un tiempo en que a las personas se las medía por su integridad moral y la solidez de sus convicciones»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Recuerdo con simpatía aquella cita atribuida —erróneamente— a Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». Lo que durante décadas fue una boutade ingeniosa se ha convertido hoy en norma de conducta política, tanto a escala local como global, especialmente entre líderes populistas o con pulsiones autocráticas.
La frase describe con inquietante precisión al gobernante que acomoda su discurso a lo que el público quiere oír, o que lo moldea directamente para mentir sin rubor con el fin de alcanzar objetivos propios. Hemos transitado —casi sin darnos cuenta— desde una época en la que la palabra, el honor, la responsabilidad y la coherencia eran valores centrales, hacia otra muy distinta: la era del utilitarismo degenerado, o más exactamente, del seudoutilitarismo.
El utilitarismo, en su formulación clásica, es una teoría ética que evalúa las acciones por sus consecuencias. Pertenece a la familia del consecuencialismo y sostiene que la opción moralmente correcta es la que produce el mayor bien para el mayor número de personas, con independencia de su intención original. Recordemos a John Stuart Mill, cuando afirmaba que «las acciones correctas son aquellas que promueven la mayor felicidad para el mayor número», introduciendo así el bienestar y la equidad como criterios morales.
El problema surge cuando ese «bien colectivo» muta, en manos de ciertos gobernantes, en «bien personal», convenientemente camuflado como interés general. Se sacrifican valores, derechos y límites institucionales en nombre de un objetivo supuestamente superior que, en realidad, solo beneficia al líder, convertido en una suerte de personificación del país. El gobernante ya no sirve a la comunidad: se confunde con ella.
Así, la era de los valores —la del honor, la palabra dada, los principios no negociables— se desvanece. Hubo un tiempo en que a las personas se las medía por su integridad moral y la solidez de sus convicciones. Los valores guiaban la acción y cualquier desviación exigía justificación, debate y rendición de cuentas. La incoherencia se castigaba en las urnas. Los programas electorales no eran literatura decorativa, sino compromisos explícitos.
«Una cascada de falsedades termina por anestesiar a la sociedad, inoculándole una peligrosa incapacidad de reacción»
En la era del seudoutilitarismo, en cambio, se aceptan resultados opuestos bajo un mismo paraguas retórico. O bien se pasa el rodillo del programa electoral «caiga quien caiga», o bien se lo incumple sistemáticamente para satisfacer intereses propios, presentándolos como voluntad popular. El método es irrelevante: lo único constante es la autolegitimación del poder. El objetivo —perpetuarse, acumular influencia, alimentar el ego— justifica la mentira, el desprecio institucional, la traición a aliados y la demolición de principios. Todo lo demás son daños colaterales.
Es la política de los extremos mendaces, a veces con piel de cordero, donde los polos ideológicos acaban tocándose. Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad funcional. Una cascada de falsedades termina por anestesiar a la sociedad, inoculándole una peligrosa incapacidad de reacción. Cuando esa inacción se consolida —agravada por la falta de lectura, la pobreza de pensamiento crítico, el abandono de la espiritualidad como ejercicio de autoexigencia y la sustitución del criterio por el algoritmo—, el terreno queda abonado para cualquier tropelía.
Y, sin embargo, soy optimista. La historia no avanza en línea recta, sino de forma pendular. Volverán tiempos en los que la ciudadanía premie a líderes con principios, con códigos de honor y con respeto por las reglas del juego. Volverán la ética, la buena educación cívica, la separación de poderes y el respeto a la democracia liberal. Será una reacción —firme y necesaria— frente a los nuevos totalitarismos intelectualmente desnutridos que hoy nos rodean, del mismo modo que la sociedad reaccionó en su día frente a otros excesos ideológicos.
Porque, al final, los valores siempre regresan. Y cuando lo hacen, lo hacen con fuerza.