The Objective
Jasiel-Paris Álvarez

El fin de la izquierda transgénero

«Los “delitos de odio” tienen que ver con el desprecio manifiesto hacia las “personas trans”, lo cual es muy distinto a la crítica razonada contra el “trans-generismo”»

Opinión
El fin de la izquierda transgénero

Ilustración de Alejandra Svriz.

En la España de la ley trans, dramas reales como la disforia de género y sus terribles consecuencias se convierten en un sainete que ocupa redes sociales y tertulias televisivas. Desde aquel debate sobre rudos militares que decían sentirse mujeres hasta un vídeo viral de una mujer trans llorando por la negativa de los hombres «cis» a interactuar con «penes femeninos». Todo triturado en otro típico fenómeno de polarización: ambos bandos se creen moralmente superiores y consideran al otro poco menos que satánico. Todos acaban perdiendo no ya la masculinidad o feminidad, sino la más elemental humanidad. Unos acusan a otros de «tránsfobos» y los otros a los unos de «machorros con peluca» (o, peor aún, sin ella).

Uno de los episodios más característicos ocurrió hace unos años, aunque ya nadie se acordará en estos tiempos de sobredosis mediática. Fue el caso de la canaria Emma Colao, que nació como hombre biológico para ser mujer trans. Pero una mujer trans no hormonada ni operada. Cosa seguramente preferible a la mutilación que se ha hecho tendencia entre jóvenes de medio Occidente, pero que tiene como contrapartida una cierta disonancia cognitiva entre la identidad femenina y una apariencia en ocasiones hipermasculina: calvicie, mandíbula prominente, vozarrón o sombra de barba. 

En esta comprensible confusión fue sorprendido el presentador, Ibán Padrón, que en un primer momento creyó que la invitada de nombre «Emma» seguramente no se correspondía con la (varonil) imagen que entraba en pantalla, un tipo de error habitual en las conexiones en directo.

Nadie debiera dudar que Emma Colao pasó un momento incómodo, agravado posteriormente en redes sociales. Allí fue fácil encontrar comentarios sobre «lo que tú eres de verdad», «lo que tú nunca serás», o «lo que llevas entre las piernas». Tal actitud no sería permisible ni aun en el caso radical de que se redujese el fenómeno trans a «problemas de salud mental»: nadie despertaría bruscamente al sonámbulo ni retaría al suicida. Aquella actitud no tiene nada que ver con defender la verdad, sino con practicar la maldad.

Los «delitos de odio» (en los que se especializaba Emma Colao) tienen que ver con el desprecio manifiesto hacia las «personas trans», lo cual es muy distinto a la crítica razonada contra el «transgenerismo» (una doctrina totalitaria que busca reescribir el lenguaje y la Historia, censurar el pensamiento y la expresión, atropellar los derechos de mayorías y de «colectivos vulnerables» —mujeres, niños u homosexuales—). Es fácil pasar por alto a los verdaderos culpables (en la alta política, los gigantes mediáticos, la multinacional farmacéutica) y cebarse con quienes son solamente víctimas que no han escogido su condición y merecen un respeto fundamental, cuando no incluso un esfuerzo extra de comprensión y generosidad por parte de los demás. Ocurre lo mismo con el fenómeno migratorio, donde muchos criminalizan al mena sin hablar contra los empresarios explotadores, las mafias de traficantes y las élites corruptas de países exportadores.

«Los transactivistas (y gran parte de la ‘nueva izquierda’) harían bien en renunciar a esta perspectiva odiocéntrica»

Pero no se puede llamar «odio» a cualquier error (como el sucedido con Emma Colao), ni tampoco al humor o a la simple discrepancia. Las sociedades tradicionales se fundamentaban en el amor, las modernas sociedades liberales se han fundamentado en la indiferencia de unos respecto a otros y, hoy, la sociedad posmoderna busca fundarlo todo en el odio. Para ellos el mundo sería una intersección de odios, «fobias» que van de la transfobia a la xenofobia y que hay que regular consagrando «leyes de odio» que tipifiquen qué personas pueden odiarse direccionalmente (por ejemplo, un racializado sí puede hacer chistes racistas, una mujer trans sí puede odiar a una mujer feminista radical) y qué colectivos pueden odiarse íntegramente (por ejemplo, los cishetero).

Los transactivistas (y gran parte de la «nueva izquierda») harían bien en renunciar a esta perspectiva odiocéntrica.  Emma Colao debió «hacerse cargo» de que el equipo de un programa de televisión que quiso contar con ella en primer lugar no albergaba unas intenciones «tránsfobas». Nada le hubiera impedido a Emma Colao descargar la culpabilidad de las espaldas de los trabajadores del programa, comprendiendo la relativa normalidad de un error de ese tipo y teniendo la posibilidad de hacer pedagogía «sin víctimas», hablando brevemente al público sobre por qué son habituales las confusiones en torno a las personas trans y qué se puede hacer al respecto. Pero parece haber algo preferible y especialmente gratificante para los transactivistas (y gran parte de portavoces de la «nueva izquierda») en la humillación del otro, en señalar un carácter «aberrante» en los demás ante el cual presumir de una virtud superior. Por eso Emma Colao decidió hacer la peor interpretación posible del incidente, detenerse a comentarlo, calificar la actitud del presentador como «aberrante» y «castigar» al programa cortando la conexión para posteriormente subirlo a redes sociales con la intención del señalamiento público.

Si alguien pregunta qué es la «cultura de la cancelación», que clave su pupila en la de Jimmy Fallon cuando entrevistó a RuPaul en la televisión estadounidense. Al definirle como «drag queen», RuPaul fingió montar en cólera, repitiendo el término en voz alta con el característico timbre de una minoría ofendida. Todo formaba parte de una broma: «drag queen» le parecía poca cosa, cuando era la «queen [reina] del drag». Pero los breves segundos antes de darse cuenta del juego de palabras pasaron para Fallon como una eternidad. Pocas veces ha podido documentarse tan vivamente el terror en el rostro de un hombre. No el temor a ofender genuinamente a alguien, sino el temor a las consecuencias. Ya hemos dicho que la nueva sociedad que están construyendo no se basa en el amor por los demás, sino en la «fobia» (que significa «odio», pero también «miedo»).

Aquel momento histórico de la tele yanki y nuestro incidente de la tele canaria fueron reveladores del poder otorgado a los autoproclamados inquisidores de la «identidad de género» o la «teoría queer» (y otras complejas teologías que van desde el «especismo» hasta la «teoría crítica de la raza»). Este poder es tanto más cruel en cuanto se dirige primeramente contra los «aliados» que intentan de buena fe atravesar sus campos minados de tecnicismos, anglicismos y neologismos (desde «cuerpos gestantes» hasta «penes femeninos»), en que el más leve error suele equivaler a la más grave ofensa. Como la inquisición originaria o el yihadismo en nuestro tiempo, se ceban con sus propios correligionarios. ¿Qué nos espera a los apóstatas?

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