José Martí en un mundo multipolar
«Trump mira a su patio trasero y descubre que a estas alturas, 34 años después de la caída de la Unión Soviética, sigue habiendo dictaduras comunistas»

Ilustracion de Alejandra Svriz
José Martí se embarcó hacia Cuba en 1895 con la certeza de que debía impulsar la independencia de su país, que aún era una colonia española, para no ser independizado a la fuerza por Estados Unidos. Había vivido en Nueva York durante casi quince años y sabía que los yanquis tenían ambiciones imperiales sobre el Caribe. Su intuición le decía que los cubanos debían anticiparse a los yanquis, que debían darle un impulso renovado a la campaña independentista que con intermitencia había empezado en 1868, y conquistar su soberanía antes de que Estados Unidos se las arrebatara. Martí murió precipitadamente en el campo de batalla, y por eso no pudo ver cómo su vaticinio se hacía realidad. En 1898, la guerra hispanoestadounidense lanzada por William McKinley supuso la conquista de Puerto Rico y el dominio militar de Cuba, que cesó en 1901 después de que en la Constitución cubana quedara estampada la Enmienda Platt, una cláusula que convertía de facto a la isla en un protectorado estadounidense.
Estos hechos del pasado han cobrado rabiosa actualidad porque William McKinley, famoso por su agresiva política arancelaria y su imperialismo en el Caribe, es el referente de Trump. A los presidentes vivos que asistieron a su posesión de enero de 2025 los despreció; para McKinley, en cambio, tuvo palabras de admiración. Es el modelo que Trump tiene en mente cuando entabla una arbitraria guerra comercial con el mundo y cuando mira a su patio trasero y descubre que a estas alturas, 34 años después de la caída de la Unión Soviética, sigue habiendo dictaduras comunistas. Si en 1898 el pretexto fue el colonialismo español, en 2026 ha sido el narcotráfico y el despotismo de izquierdas. Venezuela ha sido el primer experimento de este regreso al monroísmo decimonónico. Puede que en la Constitución venezolana no haya quedado impresa una enmienda Platt, pero en la práctica se ha convertido en un protectorado como lo fue Cuba hasta 1934. Todo esto con el raro añadido de que su cúpula ejecutiva sigue siendo comunista y chavista. Aún no sabemos si Trump aprovechó el desencanto que la dictadura producía en toda la región para democratizar el país o para controlarlo. A juzgar por la manera en que se refiere a Delcy Rodríguez, a día de hoy Trump es el mayor legitimador del chavismo en América Latina.
Estamos como en 1890, con la diferencia de que no hay un Martí que esté alertando a los cubanos sobre lo evidente: o se democratizan o los democratizan, con las consecuencias sobre la soberanía que eso puede traer. Tanto Claudia Sheinbaum como Gabriel Boric, que se han mostrado solidarios con la penosa situación por la que atraviesan actualmente los isleños, deberían entender que en este contexto, con un Trump hambriento y necesitado de conquistas geopolíticas, lo mejor que podrían hacer por los cubanos no es enviar ayuda humanitaria, sino abrir ese debate. La izquierda democrática debería ser la que dé el golpe en la mesa y señale lo evidente: que ya es suficiente, que el castrismo no ha dejado de degenerar en autoritarismo y miseria desde el día uno, y que ya llegó a un punto de colapso y de crueldad total.
La inflexibilidad del régimen ha convertido a Cuba en un país paupérrimo, sin energía, sin alimentos, sin divisas, sin medicamentos, sin agua potable, sin producción, sin atención sanitaria; un país totalmente vulnerable y dependiente en el que la ayuda humanitaria no es más que un paño tibio que crea nuevas servidumbres. Ahora tendrán que ser Chile y México, como antes lo fueron la URSS o Venezuela, quienes sigan alimentando la máquina despótica para que perdure un día más. De poco sirve esa dinámica. La verdadera solución pasa por lo que Armando Chaguaceda llama «solidaridad democrática», una acción colectiva y transnacional que defienda y restaure las libertades, que demande la apertura del régimen y su democratización, algo que en el caso de Cuba solo será efectivo si comparece la izquierda no autoritaria, las instituciones culturales, las ONG y quienes en algún momento se mostraron solidarios con la isla.
Lo que está en juego es la soberanía, el problema que tanto obsesionó a Martí en el siglo XIX. La Cuba castrista puede volver a ser la Cuba de la enmienda Platt, a menos que una transición democrática deje sin una excusa a los Estados Unidos. Ante las muchas incertidumbres que deja la aventura trumpista en Venezuela, quienes se dicen amigos de Cuba deberían contemplar esta posibilidad. José Martí lo habría hecho; ojalá lo hagan Lula, Boric y quienes tienen influencia en la izquierda continental.