The Objective
Fernando Savater

Elijan a su ogro

«Felipe González presidió nuestro país al frente de un partido que sigue ocupando hoy el Gobierno aunque ya no es fácil que lo reconozca ni la madre que lo parió»

Opinión
Elijan a su ogro

Ilustración de Alejandra Svriz.

Estamos ya casi resignados a recibir declaraciones insignificantes de políticos que también lo son. Los encargados (es decir, los que deberían haberse hecho cargo) de las últimas catástrofes técnicas, meteorológicas o ferroviarias no han intentado siquiera dar explicaciones racionales de ellas, limitándose a atribuirlas a los caprichos del azar o a la mala voluntad de sus adversarios políticos, pero sobre todo dejando claro que ni ellos ni sus putos amos tenían responsabilidad en el asunto. Los políticos más escuchados no son los que hacen análisis más inteligentes de la situación que vivimos, sino los que sueltan chorradas más llamativas o son peor hablados: nadie se fía de quienes parecen saber de lo que hablan. Al contrario, pronto un chiste pone a la opinión pública contra ellos. Los idiotas se ganan a la gente por razón de parentesco con ella, «qué tipo —o tipa— más salao, ¡tiene una mala leche!», parecen decir. Repasen la nómina de influencers en los medios audiovisuales, los que más seguidores tienen: parece que todos acaban de sacar las oposiciones a necios, como los de la famosa conjura. Como el único baremo que cuenta para encumbrar dictámenes intelectuales son los likes que los premian en las redes, es evidente que Gabriel Rufián se impondrá por goleada a Winston Churchill e Ione Belarra a Simone Weil o Jesucristo. No es que se crea a unos más que a otros, es que preferimos a los tontos porque nos divierten más con menos esfuerzo.

De modo que las declaraciones de un Felipe González tienen muchas cosas en contra, empezando por la personalidad de quien las profiere. Don Felipe es alguien históricamente importante, lo que basta para haberse ganado ayer o seguir consiguiendo hoy muchas antipatías. El estrambote más común de cualquier merluzo ante alguien relevante empieza así: «¿Qué se habrá creído ése?» Además, Felipe González presidió nuestro país al frente de un partido que sigue ocupando hoy el Gobierno, aunque ya no es fácil que lo reconozca ni la madre que lo parió, según dicho famoso de quien precisamente fue su vicepresidente en aquella travesía. Todavía hay muchas de las personas mayores —digamos de 50 para arriba— que votan al PSOE que creen que están votando a Felipe González. De ahí la importancia de que en una reciente entrevista el expresidente haya dicho que en las próximas elecciones generales (¿próximas?, ¿cuándo?), si el PSOE vuelve a presentar a Sánchez como candidato, él votará en blanco. Lo cual quiere decir que no se identifica con la actual directiva socialista, que pierde así un valedor importante, a pesar de que toda la plantilla haya sido unánime en renunciar a él como si se tratase de Satanás. «Ya no es un referente para nosotros», han coreado sincronizados. Pero claro, si el referente actual es Patxi López o la vicepresidenta Montero, la cosa pinta todavía peor para ellos a la mínima comparación.

Don Felipe ha dejado claro que votará en blanco. O sea que no votará a Sánchez, pero tampoco a nadie de la oposición. La mayoría de sus simpatizantes han comprendido este gesto («no se le puede pedir tanto»), pero yo discrepo de esa opinión: me parece que precisamente a él, un hombre político de primer nivel y no un votante sentimental, se le puede exigir algo más. Si el PSOE le parece ahora inútil y dañino para lo que antes sirvió, lo cual es una actitud lúcida y honrada, su obligación como hombre público es señalar a quienes se encuentran hoy en situación semejante la alternativa más razonable, o sea: votar al PP. Nada se parece tanto ahora al moderado PSOE de Felipe González como el PP de Feijóo. Y sería muy de agradecer que el propio González, sobreponiéndose a heridas narcisistas, lo reconociera de inmediato así. Lo opuesto es aquel artículo de risible memoria de Javier Cercas en El País, donde, tras haberse tragado —como aseguraba el sanchismo— que no habría amnistía para los golpistas catalanes, se sentía personalmente engañado por todo el gremio político y anunciaba que ya votaría en blanco hasta el fin de los tiempos (terrible decisión que le duró poco). Como esos maridos celosos y cornudos, que no se sienten engañados por su señora, sino por todas y juran aborrecimiento eterno contra el género femenino… «porque todas son iguales». Aquel articulito era bobo y a la vez fatuo, buena combinación quizá para Cercas, pero indigna de Felipe González.

En cambio, don Felipe acertó plenamente en otra de sus aseveraciones que despertó especial indignación en las redes, lo que siempre suele ser buena señal. Dijo que no se le ocurriría, tal como están las cosas, pactar con Vox «pero mucho, muchísimo menos con Bildu». Los de las redes, los enredados, echaron los pies por alto: ¡prefiere Vox a Bildu! Pues sí, señores, faltaría más. Hay una distancia como de aquí a Lima, como de Mozart a Bad Bunny. A Vox se le pueden achacar muchos errores (¡qué falta hace que los corrija!), pero a Bildu se le puede acusar de crímenes que ya no enmendará jamás. Cuando hace pocos días que se cumplieron 30 años de los asesinatos de Fernando Mújica o Francisco Tomás y Valiente, lo que cuesta creer —como dijo certeramente nuestro Rey— es que todavía haya alguien que no condene esas repelentes traiciones a la humanidad. Solo psicópatas políticos pueden justificarlos o incluso ufanarse de ellos, como la abominable Mertxe Aizpurúa y compañía. Vox es un partido político sumamente mejorable; Bildu no puede mejorar más que dejando de existir. Subrayando esa diferencia, Felipe González ha dejado en alto el pabellón de unos socialistas muy criticables, pero a los que aún no se debe confundir con la piara deleznable de los sanchistas. Dos ogros políticos hay ahora en España, Vox y Bildu, pero solo uno de ellos es antropófago. De modo que elijan ustedes a quién debemos rechazar más radicalmente.

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