The Objective
Antonio Caño

Por qué quieren callar a Felipe González

«El caudillo socialista ha dado orden de caza y captura hasta acabar con su reputación y su memoria»

Opinión
Por qué quieren callar a Felipe González

Ilustración de Alejandra Svriz.

Los ataques contra Felipe González no son nuevos. Hace ya diez años fui testigo directo del boicot que un grupo de estudiantes —no más de 100 o 200— hicieron a un acto en la Universidad Autónoma de Madrid en el que iban a hablar el expresidente del Gobierno y Juan Luis Cebrián. Por cierto, era la misma universidad en la que 30 años antes ETA había asesinado a Francisco Tomás Valiente, crimen al que González aludió entonces para recordar que los enemigos de la democracia han tratado siempre de acallar por la fuerza la voz de quienes la defienden.

Porque de eso va esta campaña contra González, que nadie se equivoque: del peligro que su voz representa para quienes hoy están quebrando las instituciones democráticas mediante su acción política. Tras el episodio al que me refiero en la Autónoma, el PSOE de entonces utilizó afirmaciones parecidas a las que yo estoy escribiendo ahora para defender a su dirigente histórico contra los ataques que en ese momento recibió de Podemos y de los partidos independentistas. Recuerdo muy bien que tanto los líderes de Podemos como los representantes de Junts, que entonces se llamaban de otra forma, coincidieron en calificar a González de «provocador» y «traidor».

Diez años después, González dice cosas muy similares a las que decía por aquella época y que le merecieron los escraches de los radicales. González alertaba por entonces del auge del extremismo, de la división entre los españoles, defendía acuerdos de Estado entre los principales partidos para proceder con las reformas necesarias en nuestro sistema político y condenaba sin paliativos el independentismo catalán —entonces, en pleno auge— como un intento de destruir la España constitucional. Si se molestan en escuchar al Felipe González de diez años atrás, comprobarán que decía esencialmente lo mismo que hoy y molestaba casi a los mismos.

Lo que ha cambiado en esta década no es él. La diferencia con los ataques a González de antes y de ahora es que antes su partido lo defendía y ahora se suma a los hostigadores. ¿Por qué ese cambio? Es muy sencillo. Se le pueden dar muchas vueltas, pero en realidad es muy simple. Lo que ha ocurrido es que al frente del PSOE está hoy un personaje con vocación de arrollar a todo y todos los que se interpongan en su poder absoluto, y González es un tipo con agallas que ha decidido no permanecer en silencio mientras eso ocurre. No es un problema político. Que se sepa, el PSOE no ha cambiado su ideología ni ha introducido reformas en sus programas políticos que expliquen que hoy resulte tan irreconocible a ojos de quienes eran socialistas o votaban por ese partido diez años antes. No es un problema político. Se trata simplemente de que el partido ha acomodado todos sus principios y hasta su propia supervivencia a las necesidades personales de Sánchez. Y González ha decidido no permanecer en silencio mientras eso ocurre.

Y como cada presencia pública de Felipe González deja en evidencia esa realidad, el caudillo socialista ha dado orden de caza y captura hasta acabar con su reputación y su memoria. Lo que incluye liquidar también el buen nombre de aquellos que puedan servir de testimonio de una época más decente, aunque ya estén muertos, como es el caso de Javier Lambán. ¿O alguien cree que eso se le ha ocurrido a Óscar López?

«Lo que incluye liquidar también el buen nombre de aquellos que puedan servir de testimonio de una época más decente, aunque ya estén muertos»

Se aduce contra González que él tuvo tanto poder como Sánchez y que de igual manera moldeó el PSOE a su gusto. De entrada, no es cierto. González tuvo que hacer frente a corrientes muy poderosas dentro del PSOE y encontró la oposición tenaz del partido a muchas de sus decisiones, entre otras razones, porque González, desde que llegó al Gobierno, siempre consideró prioritaria esa labor y puso las necesidades de España por delante de los intereses del partido.

Incluso en el peor de los errores que se le achacan, si es que fue un error, no lo cometió por interés personal o partidista, sino asumiendo un enorme riesgo y poniendo en juego toda su credibilidad como gobernante en pos de lo que entendía como una imperiosa necesidad de la nación. A un político se le pueden perdonar errores cuando cree actuar al servicio de su país. Lo que es imperdonable es poner a un país al servicio de un político.

Un estadista es consciente de que la tarea de Gobierno exige a veces el sacrificio de la fama propia para favorecer los intereses de la mayoría de los gobernados. Un oportunista y un miserable hacen exactamente lo contrario. Y a González se le podrán criticar muchas cosas, y entiendo a quien objete algunas de sus decisiones. Pero lo que no se le puede reprochar es falta de honestidad y coraje para saber siempre cuál debía ser su posición. Primero, sacando a su partido del pozo del marxismo para convertirlo en la fuerza socialdemócrata que ahora están destruyendo. Después, para emprender las reformas necesarias para poner el país al día, muchas de ellas, como la liberalización de la economía, contrarias a su propia filosofía política. Ahora, para poner en juego su autoridad moral en defensa de las ideas que impidan un retroceso de España hacia el enfrentamiento y el autoritarismo.

Pregunta con frecuencia Sánchez a sus colaboradores —y se lo preguntará sin duda ante el espejo— cómo pasará a la historia. A lo mejor tiene suerte y la historia es tan estúpida que acaba hablando bien de él. Eso es lo de menos. Lo grave es que ese sea el único afán de un líder político. Aquí estamos hablando de dos. Comparen el ejercicio de narcisismo que nos ofrece a diario uno de ellos con el sacrificio del otro al hacer declaraciones incómodas cuando podía estar calladito, aplaudiendo como todos las ocurrencias del puto amo, recibiendo homenajes semanales en las agrupaciones del PSOE y entrevistas constantes en TVE y en algún periódico que se ha olvidado de él. Y votando por su partido, claro, que el partido es sagrado.

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