Minifalda o burka
«Para la izquierda la falda mínima es una cosificación de la mujer, mientras que taparse la cara es una demostración de autonomía del género femenino islámico»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La izquierda prefiere que las mujeres vistan el burka o el niqab a que lleven minifalda. La incoherencia es típica del progresismo. Alegan que la falda mínima es una cosificación de la mujer, no un ejercicio de libertad, mientras que taparse la cara, incluso los ojos, constituye una demostración de autonomía del género femenino islámico. Es más, para esta izquierda, el uso de minifalda es viejuno y casposo, propio de «pollaviejas» del capitalismo patriarcal; mientras que la obligación de taparse la cara por motivos religiosos es una manifestación cultural retrofuturista, cyberpunk y muy moderna que no es necesariamente un símbolo de opresión.
Lo mismo pasa con los escotes generosos de ciertas tertulianas. Si la opinión que suelta la cabeza que está encima de los cocos es de izquierdas o afín al sanchismo, los implantes mamarios son una demostración de empoderamiento feminista. En caso contrario, si el busto de la comentarista es generoso de forma no natural, pero sus comentarios son «ultras», se considera un truco para captar la atención del público y colocar el mensaje fascista. En el ámbito musical sucede lo mismo: si una cantante proclama «No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas», se celebra como liberación femenina, pero si alguien responde que no producen miedo, sino alegría, se le acusa de sexualizar el cuerpo de la mujer.
Otro tanto ocurre con su proyecto para «deconstruir la masculinidad». Para la izquierda, el hombre está mal hecho y peor pensado. El varón —afirman— actúa y piensa de forma errónea, y el Estado tiene la obligación de prohibir sus actitudes y adoctrinarlos para resaltar su feminidad y anular todo rastro de lo que entienden por «masculino». Más aún: si un menor expresa su deseo de ser una niña, hay que facilitar, subvencionar y garantizar su transformación, mientras se educa al resto de los infantes en la idea de que el sexo es una imposición cultural. Curioso. El género, dice el progre, es una construcción social que debe desmontarse, pero el burka, ni tocarlo.
También resulta llamativo que el islam sea para las autoridades de izquierdas, como Pedro Sánchez, una fe a respetar y respetable, como sin duda lo es, mientras que el cristianismo sea un residuo inquisitorial, castrante y mentiroso. De ahí que se felicite el Ramadán, pero no la Navidad, la Semana Santa o cualquier otra festividad católica. Tampoco parece importar que hoy el cristianismo y el judaísmo convivan con normalidad con la homosexualidad y el lesbianismo, al tiempo que el islamismo lo castiga con la muerte en Palestina, Irán, Arabia Saudí, Yemen, Sudán, Mauritania, Afganistán, Nigeria, Somalia y otros lugares. Da igual: siempre habrá un tonto que censure a un país cristiano portando una bandera LGTBI y otra palestina.
De hecho, no hubo ni una sola manifestación de las asociaciones feministas para protestar por las violaciones, mutilación genital y tortura sexualizada infligidas a las mujeres israelíes a manos de Hamás. Sin embargo, las movilizaciones contra la llamada «violencia institucional» usando el caso de Juana Rivas empezaron en 2017 y terminaron el año pasado. Hubo concentraciones, pancartas, batucadas, declaraciones de políticos, campañas en redes en nombre de esa mujer e incluso un indulto gubernamental, pero pasaron olímpicamente de las israelíes ultrajadas. Esta contradicción, o hipocresía, ocurrió con el «Hermana, yo sí te creo» hasta que empezaron a salir los casos de abuso sexual en el PSOE, Sumar y Podemos.
«Al progresismo contradictorio le interesan más los problemas que las soluciones realistas porque su negocio es la bronca, no la paz»
La verdad es que la izquierda no quiere liberar a nadie, sino mandar. Judith Butler, la pensadora más influyente en el feminismo progresista, escribió que prohibir el burka es paternalismo y limitar la identidad religiosa. Incluso las mujeres que quieren eliminarlo, dice, responden a un patrón de dominación: el propio del feminismo colonial que piensa que las «blancas» son más listas que las «racializadas».
La solución, predica esta matriarca, es que las mujeres se liberen a sí mismas en una revolución de género contra el neoliberalismo patriarcal. Ajá. Es decir: nunca. En realidad, a este progresismo contradictorio y demagógico le interesan más los problemas que las soluciones realistas porque su negocio es la bronca, no la paz. No todas piensan así. Najat El Hachmi, marroquí, dice que el burka y el niqab son «masculinidad tóxica» porque tapan a la mujer en previsión de un hombre que «naturalmente» no controla sus apetitos sexuales.
El problema del burka y el niqab es que simbolizan una separación voluntaria que segrega comunidades y atenta contra la dignidad de la mujer. No debe prohibirse en el ámbito privado, faltaría más, pero sí en el público. El rostro —como escribió Roger Scruton— es el fundamento de las relaciones humanas y de la comunicación en una sociedad abierta, donde deben existir responsabilidad y confianza recíprocas. Cubrirse la cara dificulta el reconocimiento mutuo y aumenta la inseguridad. Además, el burka y el niqab comunican que la mujer debe taparse y el hombre no, lo que es contradictorio con los valores occidentales. Por ello, el Estado puede pedir unas condiciones mínimas para el uso del espacio público que incluyan no portar dichas prendas. Es, en última instancia, una cuestión de modernidad y de convivencia cívica.