Sánchez en malas compañías
«Ya no podemos decir que Sánchez esté solo; le secunda toda la turba de los firmantes, medio discapacitados como la agasajada Santaolalla, pero sin sus tetas»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El prestigio de Pedro Sánchez cae a ojos vista y su aislamiento es cada vez mayor. El jueves pasado fue exquisitamente excluido de la cumbre europea que organizaron el canciller alemán Friedrich Merz y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Él terminó de arreglarlo cerrando por dentro la puerta de su chirona un par de días más tarde, al rechazar la disuasión nuclear que los países más adelantados de Europa ya están negociando y negándose al aumento del gasto militar. ¿Cómo no iba a rechazar la disuasión nuclear que sus pares más cualificados consideran imprescindible para conjurar el peligro Putin?
Sánchez es el único gobernante de la Unión que veta el uso de la energía nuclear para fines estrictamente civiles. Algunos de los 19 países que sí acudieron a la reunión del jueves explican lo que es obvio: los motivos ideológicos en las posiciones del Gobierno de España. Esto le pasa a él por pacifista y buena persona, parecen pensar sus correligionarios, porque el presidente «muestra unos valores y una manera de entender el mundo que ya no están de moda». Tiene cojones, Romanones, hacer tantos pujos para componer una imagen de modernidad para acabar en el infierno de los réprobos y antiguos. Resulta que todo el mundo ha girado a la derecha y nuestra izquierda se ha quedado sola agitando en la mano la banderita de la socialdemocracia.
Mucho me temo que esto no se lo arregla ni Tezanos que, pese a todo, sigue intentándolo a golpe de malversación de dinero público. El sondeo del CIS correspondiente a febrero atribuía al PSOE un aumento de su ventaja electoral sobre el PP en casi un punto desde las elecciones del 23 de julio. La suma de los votos del PSOE con sus cómplices de Sumar y Podemos aventajaría a una hipotética alianza de la derecha en 1,7 puntos. Eso sin contar con el 6,3% que la encuesta de Tezanos atribuye al PNV, EHBildu, Junts, ERC, Compromís y BNG y que lógicamente aumentaría la ventaja de la Coalición Progresista (COPRO) sobre una hipotética unidad de las derechas.
Si esto fuera cierto, dirán ustedes, Sánchez disolvería las cámaras de inmediato y convocaría elecciones anticipadas, pero quizá es que el pájaro confía en que las encuestas del CIS sigan en esta progresión hasta que al fin atribuyan a la COPRO una holgada mayoría absoluta.
¿Cada vez más solo y desprestigiado y al mismo tiempo cada vez más triunfador? No sé, no acabo de verlo. A los españoles nos pasa con este tipo algo parecido a la mujer a la que chivatean que su marido se ha estado beneficiando a todas las mujeres del barrio. «¡Qué horror!», dice la pobre, atacada por la vergüenza. «¡Y con lo mal que lo hace!».
El horror es que el caso Sarah Santaolalla lleva camino de desbancar en términos de actualidad nacional. La coña de Rosa Belmonte («mitad tonta, mitad tetas») habría sido perfecta si la hubiera formulado con un tono de voz más suave y no hubiese ofrecido disculpas por el enunciado. Las disculpas solo han servido para encocorarla más y considerarlas insuficientes. Y para articular un manifiesto «por una esfera pública libre de acoso, amenazas y odio» firmado por lo que los inspiradores consideran cientos de intelectuales, periodistas y juristas, en realidad un surtido pluridisciplinar de la purria sanchista.
Entre los abajofirmantes hay de todo: sedicentes periodistas que calificaban de «zorras» y de «cerdas» a colegas suyas de derechas, maltratadores y abusadores sexuales como Pablo Iglesias, exaltadores de tetas y pelotas de Otegi, como Jordi Évole, el director del medio que atribuyó dos deneís al juez Peinado, la dirigente valenciana cuyo marido abusaba de una menor tutelada, valiéndose de su manita inocente y a la que el Gobierno que vicepresidía hizo comparecer esposada ante el juez siendo víctima y con 14 años. Contra el odio, dice Pablo Iglesias que fue el creador de la consigna ‘politizar el dolor’ para rentabilizarlo y alcanzar el poder. También firmaba Ana Pardo de Vera, la hermanísima que confundió el Código Procesal Constitucional de Perú con la Constitución Española.
Entre toda esta chusma, sobresalen las firmas de tres directores de El País, una de las cuales lamento vivamente: me refiero a Jesús Ceberio Galardi, un tipo que me caía bien, aunque algo se torció en su ánimo al sentirse engañado por Aznar en la autoría de los atentados del 11-M. Ceberio sucedió a Joaquín Estefanía Moreira, que aún arrastraba secuelas de su militancia en el PTE a mi modo de ver, y Sol Gallego-Díaz, que había sido mejor escritora que directora. ¿Por qué has firmado semejante libelo en tan infame compañía? ¿Qué necesidad tenías?
Lo cierto es que ya no podemos decir que Sánchez esté solo; le secunda toda la turba de los firmantes, medio discapacitados como la agasajada Santaolalla, pero sin sus tetas.