The Objective
Antonio Elorza

Tiempo de destrucción

«Los ataques a González y Lambán no son solo la expresión de una visión política cerril y antidemocrática, sino un signo amenazador para el sistema constitucional»

Opinión
Tiempo de destrucción

Ilustración de Alejandra Svriz.

La intervención de Pedro Sánchez en el Congreso resultó del todo inútil en cuanto a su objeto declarado: informar sobre la catástrofe ferroviaria. Fue todo un ejercicio de lo que en él es habitual, autobombo y descalificación del otro, sin que aportase sobre el tema nada más de lo ya sabido, la rotura de la vía, eso en la última réplica, cuando nadie podía ya responderle. Y nada menos que presentando el descubrimiento temprano como mérito de su Gobierno. El orden de presentación de los factores sí alteraba el producto en esta perfecta maniobra de intoxicación política.

Había empezado con la cortina de humo, una investigación aún no terminada por el Gobierno, que lo aclarará todo, y la increíble declaración de orgullo ferroviario a escala mundial. Sabe que las cifras están disponibles para negarlo: no le importa. La primera réplica, frente a las críticas, desplegó la artillería pesada, no solo ya descalificando como es habitual a la oposición, con el PP en primer plano, sino con una auténtica declaración de guerra, enviando a los populares al infierno. Y en la tercera, el autoelogio final, con la proclamación del acierto constante del Gobierno, solo enturbiado por el fallo de unos «protocolos» en el examen de las vías. Las víctimas supervivientes y sus familiares, al parecer bien atendidos, pueden quedarse satisfechos. Todo un hallazgo al despersonalizar totalmente la responsabilidad y también una muestra de miseria moral. Otras víctimas, las de ETA, deben pensar lo mismo al tener noticia de la liberación efectiva del líder etarra Txeroki, condenado a cientos de años, por iniciativa de los peones vascos de Sánchez. Otro protocolo.

La culpa fue, pues, de los «protocolos», y una vez revisados estos, imperará para siempre la total seguridad ferroviaria frente a todos los bulos con que la extrema derecha (PP, más Vox, más Alvise) quiere envenenar a la opinión pública. Sánchez ha logrado saber quién es el responsable último, y no es obviamente Puente, sino los medios fabricantes de bulos, entre los cuales destaca uno: éste.                   

En su libro La construcción del enemigo, el psiquiatra Enrique Baca pone de relieve la propensión del agresor a presentarse como víctima, un rasgo habitual en el combativo modo de hacer política de Pedro Sánchez. Solo que en esta ocasión, la gravedad de la catástrofe en Ademuz, unida a la debacle electoral sufrida por el PSOE en Aragón, más el buen resultado del enmascaramiento posterior de esta última a costa del PP, le han llevado a dar una última vuelta de tuerca a su estrategia.

La confrontación política ha sido sustituida definitivamente por el ataque a muerte dirigido contra el adversario convertido en enemigo. Todas las líneas rojas han sido traspasadas, desde el recurso compulsivo a la mentira y la supresión de toda realidad que le incomode, a una violencia verbal orientada a presentar a la oposición, y singularmente al PP, como expresión del mal absoluto. Por ello nada que digan merece siquiera ser rebatido. En los campos de las palabras y de los valores, solo les corresponde el aniquilamiento.

«Sánchez siempre encuentra una coartada para eludir el compromiso con un problema real»

Para la política exterior, son mezcladas falsedades y medias verdades. Su intervención en la conferencia de Múnich probó hasta qué punto el cinismo es para él la norma. Dice estar con Ucrania, pero no habla de agresión de Putin y escapa rápido a la socorrida Cisjordania, borrando la centralidad de Ucrania y con olvido de la matanza de Irán. Sánchez siempre encuentra una coartada para eludir el compromiso con un problema real, fingiendo además ser el campeón de la solidaridad. Nada sobre la amenaza de Putin para Europa, poniéndose de hecho a su lado, con la condena del rearme nuclear. Hace falta, dice, «un rearme moral», lo que, tal como lo ha puesto en práctica al gobernar, suena ya tan a humor negro como la oferta rufiánica de liderar la izquierda en España desde el separatismo. El esperpento es lo nuestro.

Es el mismo juego pendular entre qué tan bien le sirvió en 2024 para encubrir el apoyo implícito a Maduro en Venezuela. Apoya firmemente la seguridad europea, pero paga el mínimo. Lo suyo es el canto al Sur, pero no dudará, si le viene bien, en boicotear por debajo Mercosur, dadas las «dudas» (sic) de nuestros agricultores. A una Europa en serias dificultades, solo le faltaba tropezar con un demagogo como Sánchez que le lea la cartilla, andando siempre con el pie cambiado en nombre del nacional-progresismo. De Sumar a Podemos pueden estar satisfechos. Lo único positivo es que en Múnich ha hecho un autorretrato de su «europeísmo».  No va en otra velocidad, sino contra.

La carga de profundidad estuvo reservada en el Congreso para el PP sobre política interior en general, y sobre Ademuz en particular. A sangre y fuego verbales. Ni una sola respuesta razonada a las críticas, ninguna explicación sobre qué pasó en las elecciones de Aragón, tampoco significativamente ninguna crítica dirigida en concreto contra Vox. La aplicación del Muro por Sánchez desemboca aquí en la Gran Mentira: PP. Vox y Alvise son la misma cosa. Sin duda, por constituir la principal amenaza, el PP sobrepasa la condición de enemigo principal y recibe la mayor acusación como chivo expiatorio, portavoz de la reacción y de la falsedad. La mendacidad agresiva pasa a ser la seña de identidad, tanto de su actitud política como de su razonamiento (o mejor, de sus respuestas despreciativas y de la brutal descalificación resultante).

La convivencia política se ha roto, por iniciativa consciente de Sánchez, frente a las fuerzas constitucionales, y en este aspecto Vox lo es en su comportamiento parlamentario, a pesar de la excomunión que ha sido lanzada por el presidente. Como contrapunto, ha sido muy ilustrativa la defensa abierta del PCE a cargo de Sánchez, contra quienes equiparan su posición con la de Vox. La falacia en la argumentación de Sánchez es palmaria: frente a quienes le advierten que tiene poco sentido satanizar al PP por su alianza con Vox, cuando el PCE totalitario forma parte de la coalición gubernamental. Sánchez recuerda la contribución del Partido Comunista de España a la transición democrática y olvida cuidadosamente que el actual, el de Enrique Santiago, ha recusado aquella evolución hacia la democracia. Es un partido marxista-leninista, defensor de la dictadura del proletariado, habiéndose comprobado ya su rotunda actitud prorrusa sobre Ucrania. Una trampa más.

«El comportamiento de Sánchez en el debate prueba que su único objetivo consiste en aniquilar al adversario»

Obviamente, si Sánchez no cierra los ojos ante lo que eso representa, ni ante la anticonstitucionalidad practicante del independentismo, ni ante el legado de crímenes sin arrepentimiento que arrastra Bildu, la satanización de la alianza PP-Vox carece de sentido. Pero ello no obsta para que deje de lado estas pequeñas objeciones ante el Congreso para proseguir su guerra interminable contra el PP.

El comportamiento de Sánchez en el debate prueba que no solo se ha acabado la vieja cortesía parlamentaria, sino que su único objetivo consiste en aniquilar al adversario. De ahí que insista una y otra vez en que el destinatario de las mismas es colectivo: «los ciudadanos». A quienes se le oponen, los desprecia y explícitamente subraya que no se dirige a ellos. Siempre ha tratado de ignorar el papel del Parlamento, como lo hacen sus ministros -tantas veces, banco azul semivacío-, y lo que le importa es lograr la independencia de sus planteamientos de cara a la calle. Por eso evita contestar nunca a nada. Y la bronca resulta inevitable, con el efecto no menos inevitable de provocar el desprestigio del parlamentarismo y de la democracia entre la población.

Una visión radicalmente negativa acaba imponiéndose. ¿Por qué se enfrentan así estos tipos? ¿Qué tengo yo que ver con ellos? La abundante literatura reciente sobre el rechazo de los ciudadanos al sistema, en busca de causas ajenas al que tenemos, lo cual está bien, pero ignorando las endógenas, es una consecuencia de tales preguntas. En nuestro caso, el noli foras ire es de rigor, porque, a diferencia de otros países y de otras áreas del planeta, las cosas no van tan mal en la vida de los españoles como para vernos sumidos en la crisis del presente.

Desde Montesquieu, sabemos que un sistema político no es solo un agregado de instituciones y normas, y que el espíritu de las leyes desempeña un papel definitorio. A la luz de los recientes acontecimientos, cabe diagnosticar una degradación imparable de nuestra democracia, hasta el punto de que, tanto institucional como anímicamente, en la conciencia colectiva, estamos desandando el camino tomado en 1977.

«Las pensiones son una necesidad, pero el empleo joven y la vivienda también, y por demografía, los viejos tienen ventaja»

No solo los logros de la Transición carecen de continuidad actualmente, sino que, tras quedar lejos los años de crecimiento y consolidación democrática de lo que Ortega y Gasset hubiera llamado una época kitra, en el último cuarto del siglo XX, hemos entrado en una época Kali, de crisis y disolución. Estamos de lleno en un tiempo de Destrucción.    

Solo en la economía, la crisis parece hoy contenida, si bien ofreciendo un problema estructural de muy difícil resolución. Hemos pasado de la vieja lucha de clases a un nuevo crecimiento de la desigualdad, en el cual ha entrado en juego el conflicto intergeneracional, con las viejas cohortes, los llamados boomers, en posición de privilegio respecto de las jóvenes generaciones. De ahí los recientes estallidos de la generación Z, y en España, como en Francia, el giro de los jóvenes trabajadores hacia la extrema derecha. Las pensiones son una necesidad, pero es que el empleo joven y la vivienda también lo son, y por demografía, los viejos tienen notable ventaja.

Por lo demás, las tendencias a la disgregación resultan innegables en España por causas políticas. El gobierno Frankenstein, para sobrevivir, tuvo que pagar crecientes peajes, a independentistas catalanes y vascos, solo para sobrevivir, llegando en el idioma a vulnerar la Constitución y anunciando el fin del régimen de justicia fiscal, ya afectado por los conciertos económicos (Euskadi, Navarra). El Poder Judicial ve amenazada su autonomía y el Ejecutivo domina ostensiblemente sobre el Legislativo. La tendencia dictatorial del presidente tiene como contrapartida la debilidad del Gobierno, condicionado siempre por independentistas y, en menor medida, por sus aliados antisistema. Vive sin presupuestos, mientras ejerce a fondo el monopolio en el control de la opinión.

Las derrotas en elecciones de comunidad no implican, sin embargo, el fin de un gobierno dispuesto a todo para sobrevivir, incluido el apoyo implícito a la extrema derecha frente a la constitucional. Aquí y ahora, las sucesivas elecciones amenazan ya una posible mayoría de la derecha en 2027 con predominio PP. En cuanto a la juventud, se mueve ante todo por motilidad, por expectativas de movilidad social ascendente, y la misma hoy está bloqueada. Ya no es una juventud utópica, a lo 68, sino cargada de malestar, como corresponde a una evolución económica desfavorable para ella.

«La misma tendencia que impulsa a una agresividad permanente contra la oposición, la desencadena contra la disidencia en el PSOE»

En tales circunstancias, y dada la concepción del poder rigurosamente dictatorial de Pedro Sánchez, la bunkerización de su partido resultó inevitable. La misma tendencia que impulsa a una agresividad permanente contra la oposición, lógicamente correspondida, la desencadena contra toda disidencia en el interior del PSOE. Los recientes ataques, con visos de linchamiento el primero, uno contra la crítica expresada por Felipe González y otro contra un líder ya muerto, culpable de racionalidad, Lambán, no son solo la expresión de una visión política cerril y antidemocrática, sino un signo amenazador para el sistema constitucional en el futuro. Cobarde ante la discusión política abierta, Pedro Sánchez calla y deja el trabajo sucio para sus sicarios.

El PSOE va camino de una conocida profesión de fe: «El Partido es un instrumento totalitario al servicio de la autocracia de Pedro Sánchez». Prietas las filas. Estamos casi ahí, para desgracia del sistema democrático y del propio socialismo.

La espiral de violencia es hasta ahora verbal. Puede bien pasar a física. Sería un nuevo escalón de bajada al infierno. Y llegados a este punto, es preciso insistir en que, entre los responsables de que la vía de la democracia sufra una rotura irremediable, hay Uno situado por encima de todos, que empuja en esa dirección por simple ansia de poder personal. Al punto al que han llegado las cosas, la eliminación política de su caudillaje debiera ser el objetivo asumido por todo ciudadano demócrata.

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